Martes 12 de Noviembre 2019

AGUA BENDITA

Por: Jose Maria Marquez Vigil 26-11-2018

Cuando era un chaval, incluso durante mi adolescencia y juventud... ¿Como podía ser tan asquerosamente escrupuloso? No podía aceptar que otra persona tocara mi vaso o mi plato, incluso a veces que me tocaran a mi... Una especie de Jack Nicholson en modo neurótico-obsesivo...

No es que haya cambiado muchisimo, porque el que tuvo retuvo, pero el paso primero por la Mili, luego por Calcuta y Africa, el ser padre de cinco mocosos, y tantos otros Másters que la vida te va poniendo, te inmunizan poco a poco frente a cierta gilipollez...

Aún recuerdo esa piscina abarrotada de militrochos en gayumbos verdes saltando alegremente recién llegados de una marcha de 20 km. Por mucho calor que hiciera en el Campamento de Cáceres, antes hubiera aceptado el fusilamiento que compartir ese charco inmundo (al que, por cierto, me tiraría ahora, “ya vacunado”, feliz de la vida...). Al igual que la llegada a Calcuta, que se fue convirtiendo en una segunda mili cuando paseaba por esas calles entre basura, al tocar enfermos o leprosos, bañar y limpiar heridas infectadas, quitar gusanos de esas heridas incluso con un peine para poder quitar más... La verdad es que no era ningún héroe, porque la cara de asco se me notaba a distancia. En cambio no parecía preocuparle demasiado a Manolo, mi compadre, al que conocí en Calcuta, ni a Maaike, mi mujer, a la que conocí poco después en Malawi (y sigue aún aguantándome).

Como digo, llevo ya mucho camino andado y alguna lección aprendida, pero... Cuando el otro día llegué al paraíso de Kamwenge, el Hospital, Escuela y Centro para chic@s con discapacidad que construímos en Uganda hace una década, el abrazo de Ambros gritándome “Pepe” mientras me duchaba, no me produjo una sensación inicial de agrado. Por supuesto es una maravilla ver a un chico con parálisis cerebral severa demostrando tanto afecto y entusiasmo e incluso pronunciando mucho mejor su inglés, pero voy a viajar por numerosas misiones, no tengo tiempo para lavar, ¡y me estaba dejando “mi bonita camisa” llena de babas! ¡¡Qué estúpido puedo ser a veces!! Por supuesto enseguida puse las cosas en su sitio... ¡No son babas! “A mi me lo hicisteis” retumba en mi cabeza, ese pasaje del Evangelio que tanto le gustaba a la Santa de Calcuta... Como en aquella otra ocasión los pies del Maestro, era ahora mi propia camisa la que estaba siendo perfumada con agua bendita. A la noche siguiente cogí el autobús nocturno, y al encaramárseme encima el pasajero de al lado neutralicé nuevamente mis tonterías recordando ese otro episodio vivido en ese mismo autobús hace ya varios años y relatado también en esta bitácora ( http://www.bitacoradeperegrinos.net/noticias/view/390 ).

Unos días después, ya en Juba, Sur Sudán, celebramos el domingo de Jesucristo Rey del Universo. Mientras escucho Sus palabras: “Mi Reino no es de este mundo”, pienso en esa doble vara de medir... ¡Su Reino es verdaderamente mucho más grande! Si ambicionamos poder en la tierra, someter a los que nos rodean, empacharnos con comilonas, encerrarnos en burbujas asépticas como la de Michael Jackson, operarnos todas las arrugas como tantas famosas, egoísmo, barreras, miedos, asco, superioridad, clasismo, racismo... Verdaderamente perdemos el tiempo. Pero jugando la otra liga, la del otro Reino, la del agua bendita, la del amor al prójimo... ¿Podemos también excedernos? Concluía inicialmente que no, hasta que me encontré en la Iglesia con la hermana Amala...

Lo que para mi era una prueba de amor al prójimo, este viaje a Sur Sudán, era para ella unas vacaciones... Pero aunque es verdad que gracias a Dios me he encontrado con una tregua que parece que están respetando de momento en el conflicto sursudanés, esto no se parece precisamente a Marina D'or. Aunque bien mirado... El conflicto aquí enfrenta a dos tribus, Nuer y Dinka, y no me parezco mucho a ninguno de los dos. Pero en República Centro Africana, de donde ha venido Sister Amala unos días a descansar, el objetivo de los fundamentalistas son precisamente los cristianos. Hace unas semanas quemaron vivos a dos sacerdotes, y hace unos meses se produjo una masacre en una iglesia mientras celebraban la santa misa dominical. Y así me encontré diciéndole a la hermana Amala lo mismo que me decían mis hijas cuando venía yo a Sudán del Sur: “Es muy peligroso. No tiene sentido. Volveros a otra de vuestras muchas misiones hasta que se tranquilice la situación”. Y ella me contestaba, como ya me podía haber imaginado: “No podemos dejar a los cristianos de allí. Tenemos que ayudarlos. Dios proveerá. Sus ángeles nos acompañan”.

No me queda muy claro si las que, como Amala, pertenecen al otro Reino, pueden exagerar también su “ciudadanía” de dicho Reino, aunque si ocurriera una desgracia, ella lo va a vivir como un Martirio en su acepción más sagrada, y así va a salir ganando siempre. De momento me está pidiendo que vaya a visitarla. ¡A ver cómo lo explico en casa, o cómo la digo que no!

 

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