Miércoles 23 de Octubre 2019

AL FIN LOS SABRAS HAWKING

Por: Jose Maria Marquez Vigil 16-03-2018

"¡Dios no existe! Soy ateo". Probablemente se trata de una de las más populares sentencias del recientemente fallecido Stephen Hawking.

Vaya por delante mi admiración a un hombre de su inteligencia, a esa persona que consiguió superar su discapacidad y que logró esquivar aquella sentencia de muerte que le concedió tan sólo unos meses de vida hace ya más de 50 años.
Pero Stephen, aunque con una limitada visión humana puedas pensar que Dios te ha tratado muy mal, y tengas por tanto derecho a estar enfadado con Él, no creo que estuviera bien emitir una afirmación tan tajante. Por muy inteligente que fueras, ni eras Dios ni le conocías, ni tenías ninguna prueba irrefutable para denegar su existencia tan categóricamente. Por supuesto si podías en cambio elegir ser ateo, ¡y espero que esa elección te haya permitido ser muy feliz! Aunque me reservaré mis dudas al respecto...
Yo tengo la enorme suerte de tener fe, pero he pasado por muchos años de ateísmo y no me atrevería a afirmar la posibilidad de demostrar científicamente de un modo tan categórico la existencia o no de Dios. Aunque reconozco que desde que me he acercado a Él soy mucho más feliz.
Escribo esta carta desde RD Congo, dónde me he venido un par de semanas a visitar proyectos de la Fundación África Directo en diferentes Misiones. Y el día comienza siempre igual, con esa Misa a primera hora en la que disfruto de la Lectura del día y comulgo con las hermanas.
"¡Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen!", decía Jesús el lunes pasado en el Evangelio del día. Mientras meditaba, recordé cuando llegué a Calcuta hace casi 25 años por una motivación social, pero declarándome profundamente ateo. Pasaba cada mañana por la Casa Madre antes de ir a trabajar como voluntario al centro de Prendam, y a menudo llegaba a tiempo para entrar en la capilla donde, mientras se celebraba la misa con la Madre Teresa arrodillada en primera fila, pedía un milagro... Esperaba que levitara una de las Misioneras de la Caridad que rodeaban a la Santa de Calcuta. Pero nada de eso pasó, y me quedé sin ningún signo que evidenciara científicamente la Presencia de Dios en esa casa. ¿Y entonces porque creo?
Me fui acercando por medio de la meditación, la comunión, las lecturas de Tony de Mello, los silencios (para encontrarse hay que perderse, y para escucharle hay que apagar a veces el ruido). Y sobre todo la receta mágica de la Madre Teresa: "A mí me lo hicisteis". La Madre Teresa repetía esas cinco palabras una y otra vez como el mejor modo de empatizar con El dónde más fácilmente le podemos encontrar: en la comunión de nuestro corazón con los pobres.
Desde entonces lo he ido sintiendo muy cerca, y reconozco con cierto rubor que por alguna extraña razón me ha permitido ver signos, difíciles de explicar aquí. ¿Quién los creería? Mejor me reservo "mis signos y prodigios" para mí...
Pero sin pruebas, voy a intentar apoyar racionalmente mi elección de fe, aunque ya se que teólogos de mucho prestigio no lo han conseguido aún, y evidentemente no les llego ni a la suela de la sandalia. No conseguiré convencer a nadie, pero si dejaré un par de ideas sobre las que meditar en silencio...
1. ¿Será mejor competir contra Dios o aliarnos a Él? Querer ser Dios es una tarea harto difícil y hasta ahora nadie la consiguió, mientras que si nos quitamos una responsabilidad y le dejamos a Él ese papel, podemos vivir mucho más tranquilos... ¿Quién está más relajado en vacaciones, el funcionario o el autónomo? Además, tarde o temprano la muerte siempre nos llegará, y como decía al principio: si no puedes con "tu enemigo" alíate a él...
2. Come todo lo que puedas hasta hartarte, luego métete los dedos por la garganta para vomitar y vuelve a comer y beber más mientras te tumbas en el sofá a ver 100 películas seguidas... Lo de hacer deporte, controlar la dieta e incluso ayunar da mucha más pereza pero, ¿qué nos hace más felices? La religión también nos impone límites que nos purifican y nos liberan. Querer ser Dios por medio del consumo sin límite y la elección continua sin compromiso nos aleja de esa paz que tan sólo podremos encontrar por medio de fe en la Providencia, la aceptación y disfrute de lo que tenemos, y el agradecimiento con lo que somos.
3. ¿Quién es más feliz en el parque, el niño que juega despreocupado o el padre que lo vigila? Es un gran alivio sentirnos protegidos, e incluso cuando somos padres, poder rezar de vez en cuando para decirle: "te recuerdo que tú eres el Padre y está en tus manos, yo solo soy un intermediario temporal".
4. Una pregunta... ¿Has hecho testamento? No entiendo la razón de dejar nada en herencia a seres a los que únicamente te unen reacciones químicas que no van más allá de la muerte. Tan solo creyendo en el amor y en el alma se explicaría dejar un legado científico que aproveche a los demás, una herencia material, un mundo mejor que no debería importar al que no crea en el amor. Supongo que unos días antes de morir, cuando no podías ya aprovechar los beneficios económicos de tus derechos de autor, ¿no te importaría que desapareciera toda tu obra y quemaran tus libros?
5. ¿Eliges a la bruja, o al pescaíto y sus padres? ¿Porqué? Aunque supieras que no te iban a pillar, ¿serías realmente capaz de matar por un interés menor? ¿Porqué nos repugnan ciertos actos si la vida son solo reacciones químicas que nos benefician?
6. Cómo te gustaban tanto las fórmulas, querido Stephen, te propongo que busques una función de optimización de la felicidad. Probablemente los límites de los que antes hablaba, la fe en la Providencia, el amor y el compromiso estarán en el numerador de esta fórmula, pero la optimización se alcanzará sin ninguna duda cuando "n" tiende a infinito en vez de a 80 o la esperanza de vida en Occidente.
7. "Como no sabían que era imposible lo lograron". Siempre me gustó esa frase y creo que una persona con fe puede alcanzar objetivos a priori inalcanzables, porque no cree que lo sean. Mucho mejor aún cuando se alcanzan esos objetivos por medio del amor, como aquella ocasión en la que la Madre Teresa de Calcuta limpiaba las heridas putrefactas de un paciente... Un periodista la vio y la dijo: " Yo no haría ese trabajo por un millón de dólares". La Madre Teresa le contestó: "Por un millón de dólares yo tampoco lo haría".
Me gustaría hablar también de la gloria tras abrazar nuestras cruces grandes y pequeñas (la tuya muy grande, por cierto), del crecimiento, del alma... Pero esto no era al fin y al cabo más que una simple carta que no me vas a poder responder, porque si ahora lo hicieras tendrías que empezar por reconocer tu error. Aún así te la escribo con cariño, recordándote que el Padre es amor, que siempre perdona, y que si tú no "sabes" que es imposible, lo conseguirás...

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