Domingo 17 de Noviembre 2019

Voluntariado voluntarista

Por: Alfonso Carcasona 19-09-2017

Leía el otro día que en esta vida no hay nada gratis, en contraposición a la buena nueva del Evangelio, “… lo que gratis has recibido (todo añado yo), dalo gratis”. 

 

Lo siento, pero no me gusta el concepto de voluntariado, aunque he de reconocer que es mejor que exista a que no. No me gusta, mejor dicho, como categoría absoluta. Como etapa de transición educativa, puede que sea la mejor manera de llegar a la padecer con. Ese concepto, a priori más abstracto, sí que me gusta. Utópico quizá, pero muy atractivo como proyecto vital.

 

Me explico. Por voluntariado me da la sensación que se entiende una obligación, un deber hacia los demás. Deber que cumplo -en el menos bueno de los casos- para completar mi curriculum, para acceder a universidades o puestos de trabajo como elemento diferenciador, una vez que las notas por conocimiento o las prácticas laborales  son incapaces de diferenciar a los candidatos.

 

En su segunda acepción se trata de un deber cívico. La sociedad ha logrado que el estado de bienestar cubra muchos servicios hacia los más desfavorecidos: ancianos, sin techo, solitarios, niños en peligro de exclusión… Para ser buen ciudadano tengo la obligación de dedicar una parte de mi tiempo, una parte de mis ingresos (parecido al diezmo medieval) para completar esos derechos sociales conquistados por el bien traído estado de bienestar. El voluntariado en este caso puede chocar con los derechos laborales de aquellos trabajadores a los que los impuestos pagan su salario por atenderles. Ojo, que si un voluntario hace algo que puede ser remunerado podemos poner en peligro un legítimo puesto de trabajo. De la misma manera, los voluntarios pueden cubrir las tareas cuando los presupuestos no alcanzan para atenderlas. El voluntario sirve al sistema para abaratar los costes quizá inasumibles y al voluntario le sirve para dedicar gratuitamente una parte de su tiempo en ser mejor ciudadano.

 

Vayamos a por la utopía. ¿Qué pasaría si lográsemos ver nuestro tiempo con gente que sufre (en cualquiera de sus variedades e intensidades) como un regalo más que como un deber o una obligación? Adela Cortina ha inventado la palabra “Aporofobia” para definir la aversión al pobre, al desgraciado, al desfavorecido. Es un sentimiento que dice tenemos todos. Y seguramente así es, en mayor o menor medida. Vivimos en una sociedad edulcorada, donde es muy importante ocultar el dolor y el sufrimiento. ¿Y si lo buscamos? No para sentirnos mejor, sino para hacer sentir mejor al de enfrente. ¿Por qué no padecer con, en lugar de situarnos en un nivel más elevado, compadeciéndonos?. ¿Por qué no ver oportunidades que debemos agradecer en lugar de obligaciones que  debemos cumplir?

 

El otro día acompañé brevemente a mi hija a lo que llaman “bocatas”. Un grupo de jóvenes que se integran con amigos que no tienen su suerte. Se preocupan verdaderamente por ellos, su función no acaba cuando terminan su noche en la Plaza Mayor. Hay alegría verdadera, preocupación por las historias que se comparten, hay canciones, guitarras, buen rollo. La clave de estos grupos, incluidos otros como san Egidio o Mensajeros de la Paz, no está en repartir los bocadillos. El secreto está en las amistades que se desarrollan, en la gratuidad de esa relación. No se trata de alargar el impagable trabajo de los servicios sociales. Se trata de vernos como hermanos, y dedicarnos más a los que la vida ha tratado peor. Si mi hermano o mi hijo tiene una dificultad la padezco con él. Compadecerse está bien, pero no es suficiente. Si lo que he recibido gratis lo doy gratis allí está la alegría perfecta, parafraseando a mi querido Francisco.

 

 

Comparte este artículo:

enviar email
Login de usuarios