Viernes 22 de Noviembre 2019

Frente al anonimato de la historia

Por: Juan María Laboa 15-01-2017

A finales del 2016 da la impresión de que tanto los cristianos como la Iglesia se han guarecido en el anonimato, en un silencio individual e institucional sorprendente. No porque falten organizaciones o instituciones con nombres o proyectos cristianos sino porque su presencia resulta insípida, incolora e irrelevante. En el ámbito de la escuela, de la enseñanza, del análisis social, debemos preguntarnos sobre los por qué de esta situación. 

 

¿Por qué han desaparecido políticamente los cristianos? ¿Qué ha sucedido con los partidos de orientación cristiana, como las Democracias Cristianas, el PP, o el PNV? ¿Por qué vacila la cultura política cristiana, tan viva en la segunda parte del siglo XX? ¿Por qué parece inexistente el compromiso político cristiano?¿Qué de aquellas escuelas de ciudadanía o de formación política existentes en algunas diócesis? Quiero señalar el avance desconcertante de una crisis profunda de la identidad cristiana en su propia historia, presente, por ejemplo, en el intento revisionista de las cruzadas, de la evangelización americana, del fenómeno esclavista, de la labor de los misioneros en los diversos continentes, de la presencia e influjo, del cristianismo en la época contemporánea…hasta llegar a dudar sobre la dimensión histórica de la civilización cristiana. Las diferentes peticiones de perdón por parte cristiana han sido meritorias como acto de humildad, pero no han resultado equilibradas al no haberse contrapuesto con los muchos méritos existentes. Tantos libros y series de éxito, a menudo, inaceptables desde el rigor histórico, acusan inapelablemente al clero, la Iglesia, la educación católica. A esta situación se contrapone el temor y los complejos de los intelectuales católicos en su propuesta y defensa de la historia y formación católica. En consecuencia, unos y otros se quedan únicamente con las acusaciones y falsificaciones. 

 

Sin embargo, la historia objetiva y honesta sigue siendo el espacio posible y adecuado de la manifestación de los valores y testimonios positivos y reales de la comunidad creyente. Llevamos demasiados años en los que en el parlamento, en el cine y en el teatro, en la televisión, cualquier indocumentado se permite mentir y atacar a nuestra Iglesia, a nuestro clero, a nuestra enseñanza. Aceptamos en paz y tranquilidad la cuota de pecados que nos corresponde, pero ni uno más inventado por el creativo de turno. A pesar de la secularización omnipresente no podemos ni debemos aceptar el papel que los laicistas nos asignan, el de vivir nuestra fe solo en nuestra conciencia, traicionando así el reto de permanecer activos en la gran historia, porque esta presencia no significa amor al poder sino amor al Dios creador y a nuestros hermanos los seres humanos. No debemos apartarnos de la esfera pública abandonándola simplemente a los políticos, quienes no siendo ángeles, pueden terminar gobernando sin ética ni conciencia, o solo movidos por programas puramente ideológicos o destructivos. 

 

No podemos aceptar, porque no es verdad que la defensa de los derechos humanos esté más garantizada en manos de políticos o partidos sin religión que en las de los creyentes. La historia del siglo XX lo demuestra. Tras el concilio decidimos que no hubiera partidos apoyados por la Iglesia, convencidos de que los creyentes presentes en todos los partidos influirían desde dentro. No ha sido así y los cristianos han caído en el anonimato. La búsqueda y presentación del horizonte cristiano, la presentación de los valores y programas cristianos presentes en nuestra sociedad, la actuación del bien y del mal, del pecado y de la gracia, de los grandes creyentes y del pueblo movido por su fe, constituyen también una faceta enriquecedora de nuestra historia. No podemos resignarnos a cobijarnos en el anonimato y, en cuanto formadores e historiadores, seamos capaces de ofrecer una historia equilibrada y veraz. Pasó el tiempo del autobombo, que era mendaz, pero no debemos soportar un minuto más un masoquismo estúpido y autodestructivo, igualmente mendaz. 

 

El El Estado debe ser laico, pero no la sociedad. Los cristianos exigen conocer su historia, su larga y sugestiva historia que, en realidad es la historia de Occidente, nuestra historia y la de nuestros antepasados. Desde ese conocimiento podemos hablar, actuar, reunirnos, defender nuestras ideas y nuestros derechos Una sociedad civil madura y compacta resulta imprescindible en democracia y un laicado bien formado, compacto y activo en la vida social enriquece la vida civil y hace creíble una Iglesia que debe estar presente como tal en un Estado moderno equilibrado.

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