Sábado 16 de Diciembre 2017

El camino

Por: Alfonso Carcasona 15-01-2017

Hace 10 años, en una de las comidas dominicales familiares, saltó la idea de iniciar el Camino de Santiago.  Desconocíamos todo acerca de lo que es una peregrinación, de lo que era el propio camino. Sonaba a esfuerzo físico, para un grupo de personas que no habíamos andado distancias largas nunca. 

 

El plan fue tomando cuerpo, con entusiasmo vimos la posibilidad de acometer la aventura. El camino dejó de ser solo una idea peregrina -valga la redundancia- para convertirse en un firme propósito. 

 

El primer camino de Santiago nos llevó 8 años (con uno de parón). Sus 35 etapas fueron una verdadera universidad de conocimiento interno. Por supuesto que el esfuerzo físico estuvo presente en todos y casa uno de los 750 km recorridos. Pero a ese esfuerzo se unieron grandes amigos que conformaron preciosas historias.  7 Carcasonas empezamos en San Juan de pie de Puerto, y una familia de 23 llegó a Santiago. Disfrutamos de momentos de silencio, de grandes conversaciones, de confidencias, de diálogos con Dios, de misas inolvidables, de cenas sorprendentes, de fríos, calores, de subidas y bajadas, de risas, de ampollas, de agujetas... 

 

De los nervios de la noche en Roncesvalles por el temor a lo desconocido a la triunfal y sentida entrada en la plaza del Obradoiro. De la preparación durante siete años del viaje, de las discusiones acerca del tiempo y la vestimenta necesaria. 

 

Este año volvemos a iniciar esta preciosa peregrinación, por su vertiente del camino del norte. 800 km nos esperan. La parte del esfuerzo físico seguirá estando ahí (con 10 años más en nuestras espaldas), pero las enseñanzas del anterior nos permitirán seguir creciendo en lo que es verdaderamente importante.

 

Para mi la peregrinación es, ante todo, un viaje INDIVIDUAL. No importa la meta. Lo importante es el camino.  Cada uno elegimos el cómo y cuánto hacemos cada día. Nadie debe forzar a nadie a andar más o menos de lo que cada uno estime que es conveniente. Habrá etapas exigentes por su distancia y orografía. Otras se verán influidas por el clima (frío, calor, lluvia, viento, nieve, nieblas…). Otras por nuestra salud o el cansancio acumulado, o por las ampollas o por las lesiones. Nada de esto importa si conocemos el verdadero sentido del camino. No es una prueba física, no se trata de andar (eso se puede hacer todos los días por nuestro barrio, y es muy saludable). En mi caso se trata de un periodo de paz, de reflexión, de poder disfrutar en silencio y soledad de la compañía de mis seres más queridos. De observarles, de cuidarles  y sentirme cuidado. De pensar, de rezar. De divertirme y reír.  De compadecerme y recordar. De agradecer. De compartir confidencias durante algunos kilómetros, y de andar solo otros. De disfrutar de paisajes, de la gastronomía, de las gentes y culturas. De degustar la austeridad del camino. De dejarse embrujar por la aventura. De dejar al camino que me cuente sus historias. De correr el riesgo de perderme, para poder encontrarme. De estar fuera de la zona de confort, enfrentándome a situaciones nuevas, distintas a las habituales de todos los días. De llegar dolorido al final de la etapa y ser capaz de levantarme y visitar por la tarde.

¡¡¡Ultreia et suseia!!!!


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