Lunes 18 de Noviembre 2019

Jaima

Por: Santos Urias 11-10-2016

Como en la imagen bíblica hay momentos que invitan a descalzarse, a dejar atrás el polvo del camino, el trabajo acumulado, las urgencias y los requerimientos. Volver a pisar la fina arena del desierto o la suave tersura de las alfombras. El contacto con la madre tierra; con la inmensidad de la bóveda celeste; con las personas que te miran a los ojos y con las que te entiendes y compartes por encima de las culturas, de los credos y de las lenguas.

Allí no hay televisión; si alguna radio para escuchar las noticias o algo de música y muchas ranas que te hacen coro hasta cuando vas asearte.

“La prisa mata”: un té menta; unos panes con aceite de argán; una guitarra; una luz tenue y sintiéndote así: familia. Capaces de comer juntos, de reír juntos, de cantar juntos, de alabar juntos.

Y cuando el cansancio aprieta y las pocas lámparas se apagan, emergen las luciérnagas que vigilan desde el firmamento. Una suave brisa recorre todo e impregna todo. La respiración se detiene. Tumbado sobre una lona y un colchón crees soñar las estrellas; pero te equivocas, son ellas las que te sueñan a ti, las que dibujan con su trazo y su mano firme este instante. Te vuelven a recordar que todo es un regalo; que hay un Dios y que, como un cántaro de agua viva, se derrama y se esparce. Sólo cabe empaparse y dar las gracias.

 

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