Lunes 16 de Julio 2018

QUE ALEGRIA NO SER MONOS

Por: Dolores Aleixandre 03-08-2016

Leo en el periódico que los monos,

 a medida que envejecen,  restringen sus interacciones sociales, pierden curiosidad  y reducen su interés al grupo de monos  que les resultan más previsibles y no les suponen riesgos; y parece ser que, con el paso del tiempo, los humanos tendemos a reaccionar de manera parecida a la de esos monos asustadizos.  Creo que la tentación de aferramiento a lo conocido y de huida de los riesgos nos acecha a todos en cualquier edad y no conozco mejor remedio que este:  exponernos cada día a la Palabra que llega a nosotros desbordando energía y chorreando vida nueva.   Así lo expresa Erri de Luca: “Cada mañana con la cabeza despejada y serena, acojo las palabras sagradas. He llegado a entender que acogerlas no significa aferrarlas, sino ser alcanzado por ellas; estar tan tranquilo que me deje agitar por ellas; tan indiferente y sin planes personales previos que pueda recibirlos de ellas, tan soso que me deje salar por ellas”. 

Los que de mi generación leíamos piadosamente el “Ejercicio de perfección y virtudes cristianas” del P. Alonso Rodríguez SJ,  esperábamos impacientes la parte  final de cada capítulo en la que “se confirmaba lo dicho con algunos ejemplos”.  Inspirada por tan sabia metodología, propongo tres textos del evangelio con poder para  “agitar” y “salar” la inercia y la sosera que amenazan nuestra existencia.

 “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Cuánto sobresalta esta imagen a nuestra tendencia  a “reclinar la cabeza” en todo aquello que creemos saber, controlar o dominar,  en  ideas apolilladas que nos dan seguridad,  en hábitos oxidados que nos sujetan a nuestras rutinas.  Un pequeño paso hacia esa forma de “intemperie” practicada por Jesús puede abrirnos a las sorpresas que el Dios de la vida va desplegando ante nosotros.

“Se levantó de la mesa, se quitó el manto…”  (Jn 13,1). El gesto describe un desplazamiento arriesgado: alejarse de los lugares de privilegio y situarse a ras de suelo y a la altura de los pies de los demás: un cambio de plano que nos pone en contacto con lo elemental de cada persona, con su desnudez, con las limitaciones de su corporalidad. Sentimos vértigo ante ese descenso y sin embargo, los que han hecho ese tránsito, hablan de  la extraña alegría que les esperaba precisamente ahí.

“Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Frente a nuestros aburridos  lamentos  por  los pesos  que decimos soportar,  la Palabra nos anuncia una bendita contradicción:  el Evangelio es  “una pesada carga ligera” y, cuando creíamos ser  nosotros quienes cargábamos con él, descubrimos que es él el que nos lleva. Y el que nos hace respirar con la frescura y el asombro de los comienzos del mundo.  

 

Qué alegría no ser monos.

 

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