Domingo 18 de Febrero 2018

YO PROJIMO

Por: Jose Maria Marquez Vigil 11-07-2016

¿Esta noche es la final de la Eurocopa?

¿Y quién juega? ¡Ah, si! El principito Griezmann que es de mi equipo contra el bicho CR7 que es del contrario… Pero como sólo tengo camiseta de la Roja y en realidad tampoco me importa mucho quién gane, veré mejor el salto de altura o el badmington, que no lo he visto en la vida pero me han dicho que hay unas españolas que siempre ganan…

“¿Quién es el prójimo?”, le pregunta a Jesús el Maestro de la Ley. El Evangelio de hoy es uno de los más bonitos y profundos porque encima el propio Jesús pone al Buen Samaritano como definición de la Vida Eterna…

El Evangelio no tiene desperdicio: la paciencia, la mansedumbre, el cariño de Jesús al contestar al Maestro de la Ley, y la propia contestación en sí, la parábola del Samaritano, el enemigo de los judíos que monta en su caballo al moribundo y lo lleva a una posada para cuidarlo…

Cuando me fui a Calcuta primero y después a Africa, mi padre necesitaba cariño y atenciones. Mi padre falleció unos años después mientras yo me dedicaba al prójimo más lejano en Sudán. Han pasado ya muchos años pero sigo preguntándome si el prójimo no es el “próximo”, hasta qué punto debemos primero amar y cuidar al cercano, a nuestra pareja, a nuestros padres y a nuestros hijos (que a veces son “hijos pródigos”). A veces es más difícil justamente por sentirnos más cerca, más involucrados, pero volviendo a Jesús, también nos enseñó con su ejemplo a abrirnos al mundo y acoger a ese prójimo distante, como hizo la Madre Teresa al embarcar desde su Albania natal rumbo a Calcuta dejando a su familia…

Bueno, habrá que disfrutar el futbol, gane quien gane, aunque no tengamos su camiseta, y disfrutar del amor al prójimo, al próximo y al distante, y en la manera de lo posible repartirnos 50/50, o 80/20, o 20/80, según nuestros talentos y nuestros talantes, pero no rodear al malherido como el sacerdote y el levita, sino dirigirnos a él ya sea para acomodarlo en nuestra propia casa o en la lejana posada… Supongo que una vez más la castidad te evita algún problema a la hora de elegir el prójimo, aunque también vuelan sables a menudo en el convento.

Menos mal que la Misa acaba con el “Padre Nuestro”, rezado por todos como “hermanos”, y después viene la Comunión, para dejar finalmente todas estas dudas en Sus manos, que nosotros tan solo somos simples humanos…

 

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