Viernes 22 de Noviembre 2019

Un clérigo conciliar

Por: Juan María Laboa 11-01-2016

Para el que ama su vocación y su gente,

el tiempo se convierte en siembra y cosecha. Su vida resultó, a menudo, complicada y discutida, pero se puede afirmar que todo ha sido gracia porque se afanó por la doctrina de Jesús y por el bien de sus hermanos. 

Vivió el desarrollo del concilio como superior del seminario de Albacete y en toda su actividad posterior demostró haber asimilado su espíritu.  Fue hombre profundamente espiritual, de carácter equilibrado y austero, experto en liturgia, elemento activo de cohesión entre los elementos de las comunidades cristianas con las que trabajó y apoyó. Delegado episcopal para los seminarios Mayor y Menor, fue hombre de confianza del obispo Ireneo González, uno de los primeros obispos posconciliares de España.

Las asambleas diocesanas que prepararon la Asamblea conjunta resultaron un auténtico revulsivo del clero y de la pastoral diocesana. Don Alberto participó activamente en el desarrollo de la asamblea de Albacete, especialmente participativa, y también en la Asamblea conjunta celebrada en Madrid. A lo largo de su vida permaneció fiel a cuanto se aprobó en ella. De hecho, tanto Tarancón como el nuncio Dadaglio se fijaron en él por su actuación tanto en el Secretariado Nacional de Liturgia como en la Asamblea Conjunta.

Como obispo auxiliar de Madrid resalta su presencia y actividad en Vallecas, donde fue sensible a los múltiples y agudos problemas humanos que afectaban a su población y que condicionaban profundamente la situación de la Iglesia en esta zona, el ejercicio de su misión y la misma responsabilidad de los cristianos. En Vallecas y, de manera especial, en la preparación de la Asamblea cristiana, chocaron todos los problemas existentes entonces, tanto políticos como ideológicos y eclesiales. Tarancón tuvo en cuenta no solo el bien de su diócesis y las características de esta vicaría sino también las dudas romanas, el clima político y la armonía de una Iglesia dividida, mientras que Iniesta quedó entrampado entre la complejidad vallecana y la conveniencia de afrontar cristianamente la situación de la vicaría encomendada. Creo que fue Iniesta absolutamente leal a Tarancón y al pueblo encomendado, pero hoy sabemos, tal como lo experimentó Pablo VI, que resultaba casi imposible ensamblar ideologías y doctrinas, secularismos e identidades cristianas, amor y solidaridad, en una Iglesia incapaz de digerir el concilio. Vallecas no fracasó, pero tampoco maduró.

La caída de Tarancón supuso automáticamente la congelación de don Alberto. Suquía y Rouco se mostraron amables, pero no contaron con él. Tampoco Roma. Permaneció como auxiliar y esto sorprendió en una España en la que existe la pésima tradición de que todo auxiliar debe acabar siendo residencial aunque no sea lo más conveniente para una diócesis. En Iniesta no fue esta la causa. Hubiese sido un espléndido obispo para una diócesis, pero estaba marcado, tal vez, porque fue un representante eminente del espíritu de la recepción conciliar en España. 

 

 

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