Miércoles 17 de Julio 2019

La fuerza de la palabra

Por: Juan María Laboa 23-12-2015

Dios creó el mundo por su palabra,

 hombre de palabra, dio su palabra, apalabrar, bajo su palabra, de una sola palabra. Todas expresiones que señalan la importancia definitiva de la palabra. Siendo niño acompañé a mi padre con un encuentro en el que concertaron un negocio importante. Terminaron el encuentro con un apretón de manos.  Pregunté a mi padre si no tenían que firmar nada. “Somos hombres de palabra”, me contestó.

Hoy se utilizan y vuelan demasiadas palabras. Antes nos contentábamos con las charlas familiares o con algunos intercambios verbales en la calle o en la plaza, pero ahora quedamos inundados por el torrente de palabras de la televisión, la radio, los móviles, los mítines…Son palabras, a menudo, violentas, mentirosas, calumniadoras, fútiles, escandalosas, desquiciantes. Tanta imagen y tanta palabra  nos impiden concentrarnos, seleccionar, meditar, comprobar su utilidad. Quedamos desquiciados por tanta palabrería y, con frecuencia, somos incapaces de quedarnos con las verdaderas, las que edifican y enseñan.

La palabra tiene también una fuerza destructiva. En una sociedad de la media palabra, de la interpretación sesgada y torticera, con unos medios de comunicación en los que, a menudo, los titulares no corresponden al artículo o a la noticia en su integridad, en los que el periodismo de investigación propone sus intuiciones o sus subjetivas interpretaciones como la verdad, cuando las rectificaciones se producen cuando el mal está completado, estamos sujetos a lo que nos cuentan sin que solo tarde o nunca conozcamos la verdad completa de lo dicho, o de lo sucedido.

En lo regímenes totalitarios, la verdad está sometida a la decisión de quienes mandan, pero en democracia sucede, también, algo parecido. ¿Cómo es posible que los cargos de las diversas instituciones estatales, incluidos los jueces, voten según el dedo de quienes les han elegido? Y esto sucede con las “castas” viejas y las nuevas.

La palabra es la conciencia, el bien común, el pensamiento reflexionado por encima de lo inmediato, la transparencia exigente, la generosidad con lo propio, la búsqueda incansable de la verdad. Me preocupa el buenismo sin ideas ni autoexigencia, la generosidad de lo ajeno y la ausencia de esfuerzo propio.   

 

“La Verdad se ha hecho carne”. Es uno mismo quien responde de sus promesas, de sus decisiones, de su responsabilidad, de sus exigencias. Solo el que ama se entrega, solo quien está dispuesto a dar su vida por su ideal es creíble. Mentir y manipular con la palabra puede resultar habitual, pero constituye probablemente, la acción más nefasta contra la convivencia, la solidaridad y la fraternidad.

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