Sábado 16 de Diciembre 2017

Cómo ocuparse mejor de las cosas de Dios

Por: Alfonso Carcasona 01-02-2015

La segunda lectura de este domingo

nos muestra a Pablo aconsejándonos como mejor servir a Dios. 

Carta I de San Pablo a los Corintios 7,32-35. 

Hermanos: 
Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. 
En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, 
y así su corazón está dividido. También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada, en cambio, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido. 
Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor. 

Parece que esta lectura está referida a los célibes, a los solteros. Pero no solo serán los consagrados, sino también multitud de laicos, muchos de ellos casados los que la escucharán, ya que a todos está dirigida. Vaya faena… no nos podemos dedicar al Señor, ya tenemos bastante con agradar a nuestros maridos o mujeres…

El mensaje de Pablo se resume en tres ideas que nos afectan a todos los que formamos la Iglesia, célibes o no.

La primera es la primera declaración de Pablo: “Yo quiero que Uds. vivan sin inquietudes”. Toda una declaración de intenciones, que nos afecta a todos,  con independencia de nuestro estado conyugal. Vivir sin inquietudes es la misma invitación que le hace Jesús a Marta, en el pasaje en el que recrimina a María el que no le eche una mano en agradar al Señor. Jesús y Pablo quieren que vivamos sin inquietudes (deseo utópico en aquella y en nuestra sociedad).

La segunda afecta a la recomendación del tipo de vida que se debe llevar para agradar al Señor. Y como siempre, hay que contextualizarlo en la sociedad en la que se escribió ésta epístola. Mujer que se casaba, mujer que perdía todos los derechos en favor del marido, y marido que debía dedicar su vida a satisfacer las necesidades de su mujer y del resto de su familia. Este no es el caso hoy.  Pablo refiere al marido o a la mujer como obstáculos para llegar a Dios. Sin embargo  el acento no hay que ponerlo en la pareja, que pueda distraernos de preocuparnos de las cosas del Señor, sino en todo aquello que hoy nos aleja de él. En todas esas inquietudes de este mundo que no nos permiten disfrutar de El. El trabajo, la ambición, nuestro egoísmo, nuestra soberbia. Nuestras preocupaciones mundanas normalmente anteponen los problemas diarios a dedicarnos a las cosas del Señor. ¿Y que son las cosas del Señor? No solo rezar 24 horas al día. No solo contemplar o adorar 24 horas al día. Cosas del Señor es dedicar nuestros talentos a que produzcan. Y nuestros talentos producen en nuestros hermanos más desfavorecidos, no solo en nuestras cosas del día a día, por importantes y urgentes que parezcan.  Célibe o en pareja, el obstáculo no está en el otro, sino en todo caso, en nosotros mismos.

 

La tercera idea es la de la libertad. Pablo no impone en esta materia. Simplemente aconseja lo que para él es más conveniente. Pablo nos recomienda no estar inquietos por las cosas de este mundo, para disfrutar de la “parte mejor”. Nos recomienda que hagamos lo posible por entregarnos al Señor, seamos célibes o no, consagrados o laicos. Pero la decisión de cómo hacerlo mejor es nuestra.

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