Miércoles 21 de Noviembre 2018

¡Cagonlamar!

Por: Jose Maria Marquez Vigil 06-05-2014

Hace ya casi 3 años,

un aneurisma se llevo a mi queridísimo primo Emilio con apenas 40 años. Muy querido amigo de la infancia, piloto de profesión con el que he vivido incontables aventuras, se trata de la persona más divertida y ocurrente que he conocido. Y aunque él nunca no lo ha sabido, muy muy lleno de Díos. Por eso le hicimos padrino de nuestro segundo hijo a pesar de su reconocido agnosticismo.

Cuando estoy en Asturias voy temprano por la mañana como un ritual a la Playa de Los Romeros, su playa favorita donde pasaba horas junto a Angue, su mujer, y su enorme San Bernardo llamado Lunes (al que mi sobrino pequeño llama con acierto “vacallo”, ya que no está claro si se trata de una vaca o un caballo). Recorro un buen trecho por esos verdes prados y al llegar me sumerjo en el Cantábrico en oración y comunión con ese espíritu libre al que reconozco en la luz del amanecer y la constancia del oleaje.
El temporal de este invierno ha cambiado totalmente el paisaje de la costa asturiana. El desprendimiento de las rocas, el hundimiento de los prados y la desaparición de la arena de tantas playas robada con nocturnidad y alevosía durante los meses del frio, ha dado paso a un nuevo paisaje, de los que podrían usar en las películas de ficción para describir una desoladora imagen posbélica. ¿Cómo voy a poder seguir recordando ahora a Emilio? No me podré sumergir ya en esa playa que parece un pedregal, ni rezar ahí por él, con él, por mí…
La Mar es femenina como la Naturaleza, como la Madre, como la Muerte, como la Eternidad… Y como todas ellas trasciende a la vida, la crea, la modifica, la supera… Supongo que deberé cambiar ese “cagonlamar” por la aceptación de que hay algo más grande que tú, por la aceptación de tu verdadero “tú”, ese “tú” cambiante que en realidad es “Él”… Sólo así, aceptando nuestra pequeñez, nuestra mediocridad, aceptando esa condición que nos recuerda el mismo Papa Francisco cuando proclama que él es un pobre pecador, y nos permite darnos cuenta a cada uno de nosotros que en ese deporte le damos mil vueltas… Solo así, digo, nos encontraremos cara a cara con Su grandeza y podremos entonces disfrutar de lo mejor del Cristianismo, esa aceptación de la Providencia que no es en sí negativa como la de la zorra de la fábula que se marcha porque las uvas estaban verdes, sino que disfruta de no llegar a esas uvas, las ofrece en sacrificio, acepta que le superan, y una vez desprendidos del ego por no haber podido alcanzar las uvas, disfrutas la felicidad de la aceptación.

Supongo que tendré que recordar a Emilio en otra playa, o en el templo, o seguir en la misma playa ofreciendo el sacrificio de andar por ese pedregal, o esperar a que la Mar haga el milagro de volver a traer la arena y con ello recuperar la playa que en estos momentos parece desaparecida… O tendré que cambiar el ritual por un recuerdo diferente, tal vez más alegre, tal vez más humilde, tal vez más profundo, tal vez, sin lugar a dudas, más cristiano…

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