Martes 12 de Noviembre 2019

El Camino de Santiago

Por: Alfonso Carcasona 28-04-2014

Hace 7 años, durante un almuerzo familiar,

 propuse ponernos en camino hacia Santiago. No sabía entonces lo que significaría aquella idea peregrina. Se me antojaba como un reto más bien deportivo, al que podría darle un barniz espiritual.

Hoy, pocos días después de haber abrazado al apóstol (en mi caso con el corazón), me doy cuenta del gran acierto que supuso seguir a la providencia en aquella comida dominical

De San Juan de pie de puerto salimos 8 peregrinos (contando con el valiosísimo coche escoba), y hemos llegado a Santiago 24. Nos hemos ido multiplicando año a año.

He visto crecer a mis hijos y a mis sobrinos en el camino, al que se han ido sumando a medida que su edad les permitía caminar las etapas. Repasando las fotos de los primeros años me emociona ver cómo se han convertido en personajes, aquellos renacuajos…

He compartido buenas etapas con mis hermanos, sobrinas y cuñada, riendo y poniéndonos al día de la vida que los kilómetros que nos separan nos impide disfrutar.

He estado cerca de mis padres, compartiendo durante varias noches al año ese techo que dejé hace tiempo para asentarme en el mío propio.

He andado muchos kilómetros con buenos amigos, que quisieron sumarse a este camino. Hemos compartido confidencias, preocupaciones, ambiciones. Amigos, con sus familias, que se unían a la nuestra para caminar juntos en una sola.

Juan Mari nos ha ayudado desde el principio a completar el sentido del camino. Hemos disfrutado de las misas de salida y del domingo de ramos, año tras año, con la fortuna de celebrarlas en nuestra pequeña y creciente comunidad.

Y he tenido la fortuna de hacerlo con mi mujer, con mi compañera no solo de este camino, sino de cualquiera que emprendo.

Las etapas del camino son la vida misma. Las hay duras y menos duras. Las hay frías y calurosas. Las hay ventosas, lluviosas e incluso nevadas. Las hay empinadas y las hay llanas. No es un contrasentido afirmar que el camino se recorre de manera individual, como se hace en la vida, y rodeado de personas, en mi caso muy queridas.

En el camino se ríe, en el camino se sufre. En el camino se medita, se reza, se conversa. En el camino se vive. El camino te enseña a vivir de otra manera. Te enseña a despojarte de lo antiguo, de lo superfluo.

La primera lección la aprendes con el peso de la mochila. Qué cantidad de tonterías metemos. A los pocos kilómetros el camino nos enseña a dejar lo mucho que hay de prescindible en ella, y con lo imprescindible nuestra espalda, nuestras piernas, nuestros pies son más felices.

Y la última se aprende al llegar  a Santiago. Cuando empiezas algo parece que la satisfacción principal está en terminarlo. Pero al llegar a la catedral te das cuenta que lo importante no es tanto llegar, sino ir. Saber que estás en el camino, buscando llegar.  Ir, estar, buscar. No llegar. Abrazar al apóstol no es sino el comienzo de una nueva etapa. ¡Ultreia peregrinos!

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