Domingo 17 de Noviembre 2019

EMMANUEL

Por: Santos Urias 26-12-2013

El mundo da vueltas.

Y gira y gira. Busca el centro, un centro. Millones de astros a su alrededor, sonríen y se guiñan los ojos: parpadean, susurran, arden de emociones. Uno pasa por el cielo como si una tiza cruzase una pizarra de punta a punta. En su recorrido ha salpicado a la tierra. Se han oído llantos de niño en algún rincón de los suburbios. Es un llanto igual pero distinto. Los ojos se asoman por los bordes de las ventanas. Quieren ver lo sucedido, pero el miedo les impide salir a la calle. Un canto envuelve el aire de la noche. Es una melodía sencilla, que se cuela por los oídos pero llega hasta las tripas. Las bocas tararean, los ojos se atreven. Por unos segundos el mundo se detiene. La humanidad se tambalea, tropieza, se revuelve. Los niños siguen jugando, ellos saben de confianza y les sobran los prejuicios. Huele a guiso y a ternura. El crepitar de las llamas nos recuerda el fuego. El fuego del amor, el fuego del Espíritu. Va a arder el universo, ya está prendiendo. No es la fuerza, no es el dinero, no es el poder, no son los revolucionarios de espada o los que se creen como dioses los que transfiguran el mundo. Es una lágrima de piel que brota de la mirada de Dios. 

El verbo se ha hecho carne; demasiado grande, demasiado pequeño; como casi todos los misterios del amor. 

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