Sábado 16 de Diciembre 2017

Las manos vacias

Por: Santos Urias 08-11-2013

Con las manos vacías venimos al mundo.

 Desnudos: sin ropa, sin reloj, sin móvil, sin haber contratado un techo (ni una hipoteca), sin coche. Sólo el afecto de aquella que nos alumbra y sus pechos que amamantan y alimentan. Eso tan simple, tan evidente, tan esencial, es una idea recurrente del evangelio de Jesús. No necesitáis dos túnicas, ni nada para el camino. Dios es providente y es precisamente la codicia la que enmaraña nuestras relaciones, llevándolas a la injusticia, al desencuentro, al odio, al hambre. Sabiduría esencial que algunos Santos, como Francisco, captaron en su radicalidad más profunda y lo supieron expresar con signos que han quedado para la historia. 

Esta semana nos salpicaban las noticias con un nombre Franz-Peter. Este hombre hizo un presupuesto para su residencia de unos cinco millones de euros (que ya es una cantidad considerable), pero lo que llama la atención es que al final ese presupuesto se estiro hasta alrededor de los cuarenta millones de euros. Y si añadimos que este nombre se corresponde con el de un obispo, hay algo que manifiestamente no cuadra. En un tiempo en que la Iglesia está llamada a ser testimonio, de manera muy particular, de aquello que predica. Otra cosa que ha sorprendido es que el Papa después de entrevistarse con él le ha apartado del ministerio, algo que normalmente sólo hemos visto en la Iglesia Católica por cuestiones de cintura para abajo. Nunca me alegraré de algo que de entrada no es bueno ni para una persona, ni para la Iglesia, pero estos signos también nos llevan a mirar otra vez a ese mensaje sencillo pero nítido, tantas veces vapuleado, por el que se han justificado múltiples incoherencias y que tanto daño nos ha hecho a los creyentes públicamente y en privado. 

 

No olvidemos que también al final de nuestra vida regresamos desnudos. No nos llevamos ni cuentas corrientes, ni lujosas viviendas, ni las sábanas que envuelven el cuerpo inerte. Sólo lo que hayamos amado y lo que hayamos sido capaces de engendrar con nuestro cariño y nuestra ternura. Y allí nos espera como una madre el regazo de Dios y los pechos que nos sacien del alimento eterno 

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