Martes 12 de Noviembre 2019

HISTORIAS DE CINE

Por: Dolores Aleixandre 16-10-2013

Subo al desván donde conservo las imágenes que acompañaron mi infancia

 y me saludan personajes de diferentes procedencias y pelajes que cohabitan en perfecta armonía: veo a Marcelino pan y vino jugando con Celia y Cuchifritín,  a Antoñita la Fantástica escuchando La canción de Bernadette, a Guillermo  Brown tirándole del rabo a la burra de Pipino y Violeta y a Dumbo  tumbado plácidamente a los pies de Carpanta. En aquel tiempo me daba lo mismo que los personajes fueran del cine, de los libros, del TBO o de la Historia Sagrada: formaban un todo compacto en el que cada uno contaba con libertad su propia historia.

En etapas siguientes  y por causas ajenas a mi voluntad, se produjo la escisión: Balarrasa,  Damián de Molokai y el cura de La mies es mucha, se autoclasificaron como “cine católico” y miraron con hostilidad  a Rita Hayworth o  a Clark Gable. Esta separación me acarreó  secretas culpabilidades al gustarme más  Lo que el viento se llevó  (era 3R) que  Diálogos de carmelitas.

Luego llegaron años en los que era de obligado cumplimiento asistir a sesiones de cine forum  sobre  directores “de culto”.  Eran coloquios entre iniciados que competían  para ver quién  hacía el comentario más inteligente  y pobre de ti como se te ocurriera decir que no habías entendido la película o que no te gustaban Truffaut o Bertolucci: eras inmediatamente tachada de las listas de tus amigos y sólo recuperabas su aprecio si colgabas en tu cuarto el cartel de Novecento.

 Con los años  se me ha vuelto a juntar  lo que nunca debió estar separado y eso que no siempre consigo explicárselo a otros: en  un retiro sobre la Eucaristía puse Diarios de la motocicleta,  una película llena para mí de rasgos “eucarísticos”,  pero uno de los asistentes se enfadó y dijo que lo último que esperaba encontrarse en un retiro era al Che Guevara. Tampoco logré en otro grupo que entendieran por qué Mi gran boda griega  es una preciosa parábola de la Encarnación.

Escarmentada por tanta incomprensión,  no pienso volver a contar  por qué  La rosa púrpura de El Cairo de Woody Allen me hizo entender  cómo  leer la Biblia.

 Si alguien está interesado, puedo explicárselo en particular.

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