Viernes 22 de Noviembre 2019

El buen pastor

Por: Xabier Azcoitia 20-04-2013

No hay más que un solo pastor, el pastor verdadero, el verdadero porque es bueno.

 En la alegoría juanista la bondad del pastor no es su misericordia y su indulgencia, como lo piensan con frecuencia los cristianos, que relacionan esta alegoría con la parábola de la oveja perdida. La bondad del verdadero pastor es el cuidado que tiene de sus ovejas; su adhesión a su rebaño le lleva a dar la vida por las ovejas. En contraste con el pastor aparece el servidor remunerado, al que se presenta únicamente para que destaque mejor la solicitud que lleva al pastor hasta la muerte. Fuera del verdadero pastor, nadie llega hasta ahí. Si se hiere al pastor, el rebaño queda desamparado. El servidor remunerado no tiene afecto más que a su salario, no al rebaño.
 
Las ovejas conocen al pastor, y el pastor conoce a las ovejas. El conocimiento es recíproco. Se trata de un conocimiento de amistad, el cual remite al conocimiento mutuo que tienen entre sí el Padre y el Hijo, del cual no es más que una consecuencia y reflejo. El pastor conoce a su rebaño de manera distinta que 
el rebaño conoce al pastor. El rebaño conoce a su pastor y le demuestra gratitud porque el pastor ha conocido a sus ovejas escogiéndolas y admitiéndolas en su rebaño. No son ellas quienes han escogido al pastor, sino que el pastor las ha escogido a ellas, las ha cobrado amistad y las ha introducido en su intimidad. 
 
Como el Padre conoce a Jesús y le ama enviándole al mundo para ser en él revelación suya, Jesús conoce a sus ovejas, las ama, las escoge. Y como Jesús conoce a su Padre y acepta con gratitud ser revelación suya en el mundo, las verdaderas ovejas conocen también a Jesús, saben lo que pueden esperar de Él y,  por Él, del Padre.Este conocimiento recíproco alcanza su punto culminante en la muerte de Jesús.
 
Porque en su muerte realiza Jesús de una manera plena lo que el Padre quería hacer conocer al enviarle, y con su muerte igualmente es como sella la elección de las ovejas. Pues no es por un rebaño ya existente por el que Jesús da su vida. No; con su muerte constituye al rebaño. Su muerte es el acto que establece al rebaño, es la base de su unidad; ella es quien da impulso a su crecimiento.

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