Martes 12 de Noviembre 2019

Secretas Palabras de Vida 4. DABAQ

Por: Dolores Aleixandre 20-05-2011

Los esparadrapos ya no son lo que eran.

De niños temíamos el momento en que nos los arrancaban para curarnos una rodilla porque se pegaban con determinación a la piel y además dejaban marca; los de ahora en cambio, al ser light como tantas otras cosas, se desprenden con facilidad y así ya nos evitamos los tirones. Otras “adhesiones incondicionales” también han decaído y aquellas que exigían los “principios del Movimiento” nos resultan obsoletas. No corren tiempos de vinculaciones y fidelidades estables y resulta más deseable la levedad del post-it que se pega y se despega sin esfuerzo y sin dejar huella. En todo caso concedemos cierto “derecho de adhesión” a lo que es más tangible y rentable: los “fondos de co-hesión”, por ej., o las dentaduras postizas a las que “productos adhesivos de sabor refrescante” garantizan permanencia sin sobresaltos.

 

 

¿Pasaba algo de esto en tiempos bíblicos? ¿Cómo gestionaban sus adhesiones? El tema de pertenecía a su vida cotidiana, dada la frecuencia con que aparece la raíz dabaq que significa adherirse, pegarse, aferrarse, unirse, juntarse o ligarse y en su primer sentido alude a lo contiguo, a lo pegado: “Que se me pegue (dabaq) la lengua al paladar si me olvido de ti, Jerusalén!” pide un salmista (Sal 137,6) y Job desafía a Dios para que compruebe que no se le ha pegado (dabaq) ningún soborno a sus manos (Jb 31,7). En una preciosa imagen del libro de Jeremías Dios compara a Israel con el cinturón que se lleva pegado a su cintura: “…así había yo hecho que se adhiriera a mí (dabaq) toda la casa de Israel para que fuera mi pueblo, mi renombre, mi honor y mi gloria..." ( Jer 13,11).


La adhesión física se vuelve imagen de la unión que nace de la relación personal, la amistad o al enamoramiento: el autor del relato de Génesis reflexiona sobre la misteriosa atracción que surge entre el hombre y la mujer y que les lleva a unirse (dabaq) para no formar más que una sola carne (Gen 2,24). En un momento de sublevación y rechazo contra David, “los de Judá se adhirieron a él” (2 Sam 20,2) y Rut expresa su decisión de permanecer junto a su suegra Noemí pase lo que pase: A donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos” (Rut 1, 17).


El Señor reclama de su pueblo esa misma actitud: "Elige la vida y vivirás tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voluntad y adhiriéndote (dabaq) a él pues él es tu vida."(Dt 30,19). "Mi aliento está pegado a ti", reconoce un orante (Sal 63, 9) y otro proclama: “Me adhiero (dabaq) a tus preceptos, no me defraudes” (Sal 119,31)


Hay un componente afectivo fuerte en estos textos, un efecto de irresistible atracción que empuja al que se adhiere a no soltarse ni separarse de aquello en lo que le va la vida: es así como se enraíza un árbol junto a corrientes de agua (Sal 1,3) o el sarmiento a la vid para participar de su savia (Jn 15,4-7). Lo expresa de otro modo la canción de Violeta Parra:

 

"Se va enredando, enredando

como en el muro la hiedra

y va brotando, brotando

como el musguito en la piedra..."


Son imágenes “con consecuencias” porque hacen cuartearse y palidecer a gran parte de la terminología clásica a la hora de hablar de la relación con Dios (todo aquello de “cumplir” su voluntad, “acatar sus mandamientos”, “observar sus leyes”…). Nos obligan a situarnos en otro lugar, nos ponen en contacto con la experiencia vital de los enamorados que buscan estar juntos y unidos con la misma intensidad con que las raíces del árbol buscan el agua, el sarmiento la savia de la vid o la hiedra la firmeza del tronco. Unos y otros saben, a su manera, que pueden ser lo que son solamente cuando se adhieren, se enraízan, permanecen, se enredan y brotan en aquello que les da nombre y posibilidad de existencia.   Nadie se lo dicta desde fuera, es su propio deseo de ser y de vivir lo que les está empujando desde dentro, lo que les hace adherirse ciegamente a aquello que les da consistencia y sentido.


Rumi, un místico sufí, sabe lo que es ese dabaq cuando dice: “No tires lejos la flecha de tu pensamiento: Dios está más pegado a ti que tu vena yugular”.

Comparte este artículo:

enviar email
Login de usuarios