Martes 21 de Agosto 2018

SECRETAS PALABRAS DE VIDA 16.- TSAJAQ-reir

Por: Dolores Aleixandre 15-02-2013

Sobre Dios decimos y leemos muchas cosas,

 los teólogos reflexionan constantemente acerca de su misterio y la liturgia le invoca con muchos títulos: “Todopoderoso”, “Eterno”, “Señor”, “Santo”….  Pero no es muy frecuente hablar de Él como “el que hace reír” aunque es uno de los primeros nombres con que se le invoca en el libro del Génesis. Conocemos la historia: Sara, la esposa de Abraham, después de muchos años de esterilidad y siendo ya muy vieja, da a luz un hijo al que ponen  el nombre de Isaac (del verbo tsjaq, reír). “Y Sara dijo: -Dios me ha hecho reír, y todos los que lo oigan reirán conmigo (Gen 21, 3-6). Un salmista hace la misma experiencia: “Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion, éramos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa, y nuestra lengua de gritos de alegría” (Sal 126, 1-2). De nuevo, una acción de Dios llena de risa la boca de quienes la han recibido y  se convierte en la mejor de las promesas que se le pueden hacer a alguien uno de los amigos de Job le anuncia: “El Señor aún ha de llenar de risa tu boca, y tus labios de gritos de júbilo” (Job 8,21)

La historia de la risa en la relación con Dios viene de lejos: cuando Abraham escuchó la promesa de Dios de que Sara iba a tener un hijo: “cayó rostro en tierra y se puso a reír pensando para sí: ¿Puede un nombre de cien años tener un hijo, y Sara ser madre a los noventa?” (Gen 17,15-17). También Sara se rió al escuchar el mismo anuncio: "Sara se rió por lo bajo, pensando: “Cuando ya estoy seca, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?”. Pero el Señor dijo a Abrahán: ‑ ¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: “¿Cómo que voy a tener un hijo, a mis años”?  ¿Hay algo difícil para Dios? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.  Pero Sara, que estaba asustada, lo negó: ‑No me he reído. El replicó: ‑No lo niegues, te has reído” (Gen 18,11-15).

Aunque parezca extraño para nuestra mentalidad de hoy, el narrador habla con total frescura de ese “reírse de Dios” y de sus promesas, como si reaccionar así no desdijera en nada la categoría creyente de dos personajes tan emblemáticos como Abraham y Sara.

 

A nadie le gusta convertirse en blanco de las risas y burlas de otros y los salmistas lo temen frecuentemente en forma de  queja: “Al verme se burlan de mí,  hacen visajes, menean la cabeza…”(Sal 22,8). “Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos (Sal 22, 8). “Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí; cuando me visto de sayal, se ríen de mí; sentados a la puerta cuchichean, mientras beben vino me sacan coplas” (Sal 69 11-12).   Por eso le reprochan a Dios: “Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,  irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los paganos,  nos hacen muecas las naciones (Sal 44 14-15).

En el Nuevo Testamento vuelve a aparecer esta situación humillante de ser puesto en ridículo y  Jesús es objeto de burla en distintas ocasiones: cuando afirma la imposibilidad de servir a la vez a Dios y al dinero, los fariseos, que eran amigos del dinero,  se burlaban de él” (Lc 16, 14); y cuando entra en casa de Jairo y dice que la niña no estaba muerta sino dormida, también “se burlaban de Él” (Mc 5,40)

 

Las burlas que recibe durante la pasión son especialmente dramáticas: “Los soldados,  tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y una caña en su mano derecha; y arrodillándose delante de Él, le hacían burla, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!

 Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron para crucificarle (Mat 27,28-31).  Y este modo de afrenta continúa al pie de la cruz: “Los principales sacerdotes junto con los escribas, burlándose de él entre ellos, decían: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse…” (Mc 15,31).

             Pablo será también puesto en ridículo en Atenas después de hablar de la resurrección en el areópago: “Cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos, algunos se burlaban, y  otros dijeron: Te escucharemos en otra ocasión acerca de esto.  Entonces Pablo salió de entre ellos” (He 17,32).

Y es que lo propio de un discípulo es compartir la suerte de su Maestro.

 

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