Domingo 17 de Noviembre 2019

¡DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MI!

Por: Jose Maria Marquez Vigil 07-02-2013

Supongo que el mejor amigo de Messi en el colegio

tenía que pasar por sus momentos de odio visceral al verle meter un gol tras otro en el recreo. Lo mismo le pasaría al compañero de pupitre de Einstein al verle resolver una ecuación como quien se toma un chicle, o a la amiga de Elle Mac Pherson al ver las toneladas de cartas que ésta debía recibir el día de San Valentín.

Viajar por Africa con Manolo es una experiencia única. “La aventura puede ser loca, pero nunca el aventurero”, dice Manolo mientras trata de organizar lo mejor posible el próximo viaje en el que cogeremos varios autobuses, dormiremos en el pueblo que nos recoja, y trataremos de comer lo que encontremos por el camino (si es la época del maíz, Manolo no come otra cosa, pero si es la temporada de los saltamontes, acostúmbrate pronto a meter el tenedor en un plato lleno de insectos, porque no vas a probar nada más. ¡Aunque hay que reconocer que están deliciosos!). “¡Qué lujo de ducha, Barbas! ¡Ya verás!”, me decía el otro día recién salido de un cuartucho con un grifo bajo del que caía a una palangana una cantidad de agua minúscula, por supuesto fría. Por supuesto que esa es una ducha normal en Africa, pero de ahí a llamarla “lujo”, y encima a las 3.30 am porque salíamos de una misión a las 4 am para tomar 4 autobuses y llegar finalmente a la siguiente 12 horas más tarde…

¡Manoladas! Así son, y así es, y como a Messi o a la Mac Pherson, a veces le podrías estrangular cuando sientes que ni en un millón de años es posible ponerse a su altura.

Tras esta introducción, me gustaría compartir una “Manolada” que me hizo reflexionar, y que espero que a vosotros también…

Con la idea de pasar el máximo tiempo posible visitando por el día los proyectos que nos disponíamos a evaluar, cogimos el otro día un autobús nocturno que recorría todo Uganda hasta llegar a la frontera con Sudán, en el Norte del país. “Cogemos el normal, Barbas, que es el del pueblo”, dice Manolo mientras rechaza los billetes “executive”, que por un suplemento inferior a los dos euros tienen el doble de espacio para las piernas, son reclinables, y puedes dormir sin la música a tope toda la noche y sin compartir el asiento. Resignado, subí al autobús tras cruzar la bulliciosa estación de autobuses de Kampala bien entrada la noche, para ver que nos había tocado una fila de tres asientos. “Seguro que el tercer asiento es de una mamá con el niño, y ya verás como nos lo acaba encasquetando todo meao””, me dice Manolo riéndose. Se equivocó por muy poco. Por supuesto que el tercer asiento de la fila era para una mujer, pero viajaba no con uno, sino con dos niños. Manolo tardó exactamente dos segundos en colocar a la niña mayor sobre sus rodillas y mi primer pensamiento fue por supuesto en la dirección que os podéis imaginar: “¡No hay derecho! ¡Qué jeta tienen los del autobús! ¡Y la madre! Manolo se ha pasado mil pueblos con su buenismo. Yo paso de aguantar 10 horas de viaje nocturno con un niño ajeno en mis brazos…” Al cabo de una hora, preocupado por Manolo y tras mucho insistir, conseguí que me pasara a la niña, no porque me hubiera contagiado de buenismo, sino por echar un cable a Manolo que vive esto cada día del año, y me había propuesto que hoy descansara un poco. Por supuesto que Manolo tardó nuevamente dos segundos exactos en coger al niño m9ientras le lanzaba sapos y culebras con la mirada. ¡Tenía verdaderas ganas de estrangularlo! “Manolo, ¡deja al niño con la madre y descansa un poco!”, le vocífere. Manolo me contestó muy tranquilo que la madre venía viajando con los niños desde un pueblecito rwandés, que el marido la abandonó y se fue a Sudán, que ella también merecía descansar un poco…

Siempre me encantó ese momento, en la película de Gandhi, cuando éste dice a sus compañeros en una reunión que van a humillarse para conseguir así que los ingleses se sientan mal y se vayan de su país. En ese momento se hace un corrillo de risas, todos convencidos de que Gandhi era un ingenuo, y éste se pone a servir el té a todos, los cuáles se empiezan a sentir muy incómodos porque el Mahatma les está sirviendo a ellos humillándose él pero incomodándoles a ellos. No es el mismo caso, pero Manolo es un Mahatma, una gran alma, y constantemente te hace sentir, reflexionar y actuar. A partir de ese momento sentí a la niña como mi prójimo, y a su madre y a su hermanito, y me preocupé porque la niña se durmiera, y me quité el cinturón del pantalón para atar a la niña y que no se cayera por el pasillo del autobús durante la noche… Y por supuesto que no pegué ojo, o al menos no demasiado, pero me sentí muy bien abrazando a esa niña desconocida, tan mona, tan parecida a mis hijas, tan diferente por la vida tan distinta que la ha tocado vivir, pero sin duda alguna con todo el derecho a dormir abrazada y sentir al menos por un instante el calor de ese padre que no tuvo…

Dentro de unas semanas cogeré un avión para volver ya a España tras mi viaje africano, y oiré por el altavoz aquello de “en caso de emergencia, póngase vd. primero la máscara de oxígeno, y después al niño…”, y pensaré que ya estoy volviendo a mi mundo, el del “yo”. Sé que es un mal ejemplo, porque tiene todo el sentido que un adulto se cuide primero para poder cuidar al menor, pero seguro que me acordaré de los asientos compartidos, y de aquella experiencia purificadora de pensar primero en el prójimo, y gracias a ello, salir ganando porque al darte a los demás siempre eres tú mismo el que crece y el que recibe.

Pero aún me quedan unas semanitas para volver, con lo que le dejaré a mi queridísima prójima, a mi mujer, la enorme suerte de dormir hasta entonces con nuestros cinco hijos encima mientras yo sigo mis andanzas africanas.

;-)

 

 

“Tratad a los demás como deseáis que os traten a vosotros”

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