Domingo 18 de Febrero 2018

CARGANDO LAS PILAS

Por: Jose Maria Marquez Vigil 25-01-2013

Mi compadre Alvaro es socio-gestor

de una importante Gestora de Patrimonios. Se pasa la vida analizando empresas, países, situaciones y contextos de todo tipo, y con una capacidad asombrosa adivina el futuro cada vez que decide apostar por compañías, productos, mercados, o personas, y su cotización sube dejando importantes plusvalías a sus inversores.

Así dicho no parece un tema muy espiritual, pero los directivos de las grandes multinacionales a las que analiza se quedarán probablemente con una sensación muy diferente cuando a mitad de la comida en el restaurante de moda, o en el despacho con vistas de turno, les hace de repente esa pregunta tan suya. “¿De dónde sacas la gasolina?”

Creo que es muy importante, como tantas veces me ha demostrado, hacer un buen DAFO, analizar los posibles intereses ocultos…, al igual que es también fundamental saber si las fuerzas que mueven a alguien son o no son inagotables. En el segundo caso, la apuesta parece mucho más segura.

¿Y cuál es la gasolina que mueve a los Misioneros? ¿Porqué dejan su familia, su país, sus comodidades, y se dedican al “prójimo”? Y sobre todo, ¿cómo consiguen cargar las pilas?

Está claro que una respuesta inmediata, y a la vez evidente, es que las pilas las sacan, como su Maestro, de la oración. ¡Tantas veces he visto a hermanas entrando en la Capilla absolutamente agotadas, y saliendo renovadas! La paz y fortaleza que te transmiten en esos momentos te atraviesa y te hace repensar muchas de tus prioridades en la vida.

Estaba el otro día con un misionero comboniano, el padre Tomás Herreros, en una zona semidesértica de Kenya, en la zona West Pokot, fronteriza con Uganda. Bajo un sol de justicia me estaba enseñando la Misión de Chelopoy y alguno de los proyectos en los que Africa Directo había colaborado (el sistema de distribución de agua propulsado por paneles solares, o el aula-laboratorio para la escuela de secundaria…), cuando pasamos frente a la pequeña iglesia que parecía tener forzado el cerrojo de la puerta. El padre Tomás se movía impetuosamente dando órdenes aquí y allá, y al ver la puerta semiabierta entró de golpe, encontrándose a un chico que con aire inocente estaba recargando su móvil en el enchufe frente al altar. “Otro modo diferente de cargar las pilas en el templo”, pensé para mis adentros, mientras el padre Tomás le echaba una regañina imponente y llamaba al catequista para que arreglara inmediatamente la cerradura. El chico prometió una y otra vez que él no había forzado la cerradura, aunque volviendo a la teoría de los posibles intereses ocultos, podía haber tenido razones para hacerlo… Mientras arreglaron bien el cerrojo con un par de clavos y poco más, el padre Tomás nos explicó su preocupación principal al respecto, la cual me dejó ciertamente sorprendido. Si la población se dedica a cargar sus móviles en la Iglesia, dejarán de pagar por ello a los comerciantes que actualmente venden ese servicio en el pueblo cargando móviles o baterías mediante pequeños generadores o paneles solares. No le parecía justo que la Iglesia utilizara su posición dominante perjudicando al libre mercado que algún día impulsaría el desarrollo socioeconómico de los pokot. Pensé que solo alguien que ha puesto mucho tiempo en oración su trabajo es capaz de ponerse de ese modo del lado del prójimo, superando los límites de la misión y de sus feligreses…

También yo cargo mis pilas cuando tengo la oportunidad de visitar los proyectos que apoyamos en Africa, y cuando comparto unos días con cada uno de nuestros socios locales, normalmente misioneros. Y este fue uno de tantos días en los que me confirmo en el acierto de trabajar con ellos.

Pocos minutos más tarde pasamos por delante de una escuela primaria a la que el Gobierno local le había dotado un sistema de iluminación solar que había costado 25.000 euros. La mitad de esa cifra había ido a parar al bolsillo del jefecillo de turno, como es fácil de averiguar, y el resto se utilizó para comprar un material que funcionó tan solo unas semanas, hasta que alguien entró en las aulas abiertas y desprotegidas para apropiarse de lo ajeno. En cambio, en el Colegio Secundario que dirigen las Franciscanas de San José y en el que colabora también el Padre Tomás, hay mil cerrojos, mil responsables, y mil momentos al día en los que uno u otro supervisan, reparan, mantienen… Por ello es una garantía adicional trabajar con los misioneros para poder llegar a los más necesitados del modo más eficiente.

Terminada la visita el padre Tomás nos llevó hacia otra Misión (Amakuriat) un poco más alejada, y de camino nos mostró un poblado en el que quería edificar una escuelita para los niños de alrededor. Por el camino se nos cruzó una serpiente de tamaño mediano y a partir de ese mismo momento nos pasaron mil calamidades. Llegamos a la escuela y a la vuelta se dio cuenta el padre Tomás a mitad de camino que se le había caído el móvil, dimos la vuelta para buscarlo y por el camino nos hacían los habitantes de la zona (pokot) señas para subir al coche y dirigirse a una u otra localidad primero en un sentido y después en el contrario cuando ya volvíamos. Tuvimos la suerte de encontrar el móvil (teniendo cuidado para no atropellarlo con las ruedas del coche) y al pasar por segunda vez por un poblado nos encontramos a la gente muy alterada. Parece ser que un chico se subió a la parte de atrás del pick-up del padre Tomás, como tantos otros, y en un momento dado decidió tirarse en marcha. Muchos de los pokot no se han subido a un coche en la vida, o no saben cómo bajarse, o que se yo… La verdad es que la cara de este chico era un verdadero poema. La piel de toda la frente entre el cabello y los ojos se le había bajado como una cortina mostrando el cráneo y muchísima sangre que caía de sus muchas heridas por todo el cuerpo, de la boca, de la frente… Pero lo más escandaloso era verle perfectamente el esqueleto en lo que es la frente, con mucha sangre. Decidimos llevarlo a Amakuriat donde estaba el Hospital más cercano, en la misma misión a la que nos dirigíamos, y por el camino se nos estropeó el coche. El padre Tomás llamó a las hermanas combonianas para que vinieran a recogernos con la ambulancia, mientras me llevé con Manolo al herido a una pequeña capilla de barro que había ahí mismo. El chico que estaba semi-inconsciente se asustó muchísimo al ver a los dos blancos tumbándole en el banco de esa pequeña iglesia. Yo creo que pensó que lo íbamos a enterrar vivo o a sacrificarlo, o que se yo… Pero al final llegó la ambulancia, llevamos al chico al Hospital y una comboniana italiana se encargó de curarle las heridas y coserle la piel. Pobre chico, el dolor de estos días ha tenido que ser inhumano. Yo mismo me hice una brecha en la cabeza durante el viaje, y aunque mi dolor era de tercera división comparado con el suyo, me permitió acordarme mucho de él y en lo posible, pedir por él. Creo que está mejor, según las noticias del padre Tomás.

Al día siguiente, muy temprano de madrugada, estuvimos hablando con el padre Tomás y mientras yo le hablaba de esa serpiente y como la harían responsable de tantas calamidades las supersticiones africanas (o incluso españolas... ¡Que se lo digan a los andaluces!), el padre Tomás mostraba su desacuerdo. “Nada de eso”. Me dijo completamente convencido. “En todo momento hemos tenido con nosotros al ángel de la guarda que nos ha devuelto el móvil para que pudiéramos llamar a la ambulancia cuando se estropeó el coche”. Cuando le pregunté por el accidentado, sin titubear me contestó que por suerte ha aprendido ya a bajarse de los coches con cuidado y ha tenido la oportunidad de curarse sus heridas en el Hospital de Amakuriat. “Podría haber sido muchísimo peor en otras circunstancias”.

Estas experiencias te hacen alegrarte de una religión que te permita ver ángeles donde otros ven demonios. Para ello hay un secreto: saber cargar bien las pilas en todo momento. Eso sí, si se trata de las pilas del móvil, mejor en la tienda más cercana.

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