Sábado 16 de Diciembre 2017

El sepulcro vacio

Por: Juan María Laboa 19-12-2012

En la bella catedral de Lucca

se levanta un magnífico monumento fúnebre del admirado escultor Jacopo de la Quercia en el que ha modelado el cuerpo de Ilaria del Carreto con un pequeño perro a sus pies que parece preguntarle por qué ya no le acaricia. Durante seiscientos años los visitantes y turistas han contemplado conmovidos el conjunto y más de uno habrá rezado por la joven señora sepultada en su interior, muerta de parto a los 26 años en 1405.

Hace unos años se descubrió con sorpresa que el sepulcro estaba vacío y que no había sido utilizado nunca. ¿Qué pasó con el cuerpo de la esposa de Paolo Guinigi, importante señor de la Lucca del Cuatrocientos? Acaban de encontrar la solución del misterio. En una capilla de la familia en la Iglesia de San Francisco, están enterradas por separado, en una pared lateral y sin ninguna indicación Ilaria y las otras dos esposas del tal Guinigi, individuadas gracias al carbono y a algunos documentos encontrados junto a los esqueletos.

Curiosa pero no novedosa situación. Con demasiada frecuencia formamos de nosotros mismos una cáscara, un envoltorio, extraordinario, pero tan vacio como el sepulcro citado. Lo admiramos por lo que vale y por lo que oculta porque creemos encontrarnos ante una historia de amor que se nos presenta en su integridad, pero que, en realidad, solo es es fachada. El marido manda esculpir la obra de arte para que sea admirada y entierra a su amada en un lugar más discreto al que pueda acudir en soledad.

Nosotros actuamos de la misma manera en nuestra vida, aunque sin contar con artistas del valor  de Jacopo della Quercia. Nos montamos un escaparate, un disfraz, una personalidad, capaces de gustar o impresionar a quienes nos conocen, pero actuamos por nuestra cuenta con más espontaneidad  y menos miramientos. El gran teatro del mundo consta de máscaras que dominan el escenario y de vidas ocultas que transcurren en otros escenarios más sórdidos o, simplemente, más encubiertos.

Probablemente sería mejor esta sociedad si fuera más transparente. Sabríamos con quien contamos y qué es lo que mueve de verdad a la gente. El engaño y el interés por transformar las apariencias desemboca en la desconfianza y la mentira.

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