Sábado 16 de Diciembre 2017

CARTA DE DESAHUCIO

Por: Santos Urias 09-12-2012

Hace un mes, más o menos, le llegó la última misiva donde le avisaban del inminente desahucio.

Toda una vida ofrecida principalmente a sus hijos y ahora se encontraba tan sola en un momento como este. El mayor en la cárcel desde hace unos años. “Es un buen chico”, me repetía, “pero le falta carácter”. Y la niña que se marcho de casa a vivir con el novio y que en dos ocasiones quiso quedarse con el piso dejándola en la calle. Ahora apenas se hablan: el rencor a veces se esconde en las tripas y es difícil de extirpar. 

Es todavía bastante joven, no llega a los cincuenta, y quizás por esa misma razón le cuesta más hacer las maletas. Mudarse a esa edad tan temprana es como no haber acabado de vivir. Sobre todo viéndola con su energía, paseando de acá para allá hasta el último momento, sin renunciar a un café o a un buen libro. 

Ha intentado en este último año varias veces aplazar el desalojo, pero ya se le habían acabado los recursos, incluso las fuerzas. El otro día cuando fui a visitarla la medicación le hacía alucinar, soñaba que comía y se llevaba los dedos a la boca: no quería dejarse ni un bocado de este plato que es la vida. 

Su mirada brillaba de una forma especial, tal vez por las drogas o tal vez no, y estaba casi desnuda. En este traslado no te hace falta más equipaje: cuesta marcharse, pero lo que te llevas no pesa, es ligero y sólo perceptible con los ojos del corazón. 

Hablamos un poco, entre la inconsciencia, la clarividencia, los sueños y la sinceridad del tránsito. Pedimos juntos para que esa nueva morada sea más espaciosa, más luminosa, para siempre. 

Se nos enseñan tantas cosas a lo largo y ancho de nuestro camino y sin embargo las principales nos llegan así: poco preparados. Quizás hay que aprender a morir, a despedirse día a día, a saber que cada instante es precioso y la vida fugaz. O tal vez eterna. 

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