Martes 12 de Noviembre 2019

Perdonen que les hable de Haití

Por: J. Lorenzo 12-11-2012

No sé el tiempo que tardarán en Hollywood

en llevar al cine el horror vivido en su propio suelo por la fuerza desatada del huracán Sandy. Es probable que, a partir de ahí, la todavía potencia preponderante caiga en la cuenta de lo urgente que es tomar medidas contra el cambio climático, hasta ahora considerado solo de soslayo, la única perspectiva que consienten eso que llamamos los mercados, otra fuerza desbordada, pero de la insensatez humana.
Sea cuando sea ese estreno cinematográfico, si es que se produce, pocas novedades nos podrá ofrecer a los telespectadores globales, tal ha sido la profusión de imágenes e información sobre una tragedia que se ha llevado por delante  decenas de vidas. Conduelen estas muertes y consternan los destrozos, pero no dejan de avergonzarme las horas y páginas dedicadas en los medios al impacto de Sandy en los Estados Unidos y la escasa información sobre la furia del huracán en Cuba y Haití. Sobre todo en Haití, el pozo negro de las desgracias. No ha habido casi imágenes de ese país, cuya mitad sigue prácticamente inundada, porque allí no hay cámaras que atestigüen la descomposición en la que sigue sumido desde el terremoto de hace dos años. Allí no hay balance de víctimas porque si casi nadie se preocupa de los vivos, pensar en los muertos es desperdiciar unas menguantes energías. Decir que se cierne una crisis alimentaria sobre sus gentes por el estropicio en las cosechas es añadir otra causa a una amenaza siempre latente. De los daños, ni se habla, teniendo en cuenta que era muy poco lo que podía ser dañado, tal y como lo entendemos por aquí. ¿Cuánto cuesta volver a levantar un chamizo? Desesperación, lágrimas y miradas a lo alto. ¿Y volver a acondicionar un campo de desplazados por el terremoto, desbaratado ahora por el viento y el agua? Resignación, la misma que llevan ejercitando desde que la comunidad internacional les prometió unas ayudas que nunca llegan. Haití es más que un proyecto fallido de país; es la constatación de una fallida conciencia mundial, un feo grano en el glamour de la globalización.

¿Qué hacer ante este olvido de los últimos? Criticar a los periodistas. Y que estos critiquen a sus medios. Y en las facultades, sobre todo en las católicas, desarrollar esta sensibilidad en los alumnos. No todo tiene que ser fabricar doctores y lanzarlos al mundo solo a medrar.

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