Lunes 18 de Noviembre 2019

Dejándonos la señora descompuesta

Por: Ignacio Bañon 31-07-2012

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que en este mundo traidor,

aun primero que muramos,

las perdemos.

 

Estos versos de las famosas Coplas de Jorge Manrique tienen tanta vigencia hoy como hace cientos de años. O acaso más. Efectivamente, los hombres tenemos una inclinación asombrosa por afanarnos en cosas que no nos sirven, sino que más bien nos hacen infelices. 

Un poco más abajo las Coplas son visionarias respecto a una realidad actual que era impensable entonces: la capacidad de embellecer nuestra cara. 

Una cantante de ópera italiana (encantadora y con gran atractivo, pese a no encajar en los increíbles cánones de belleza actuales) decía hace poco en una entrevista “hoy todos quieren ser altos, delgados y jóvenes. ¡Es una locura!”. También hace poco leía declaraciones de la otrora bellísima actriz  Emmnanuel Beart en contra de la cirugía estética. Ella se sometió a un “rejuvenecimiento” de cara, y quedó marcada para siempre por unos rasgos extraños que le hurtaron la posibilidad de una madurez y una vejez bellas. Y de conservar los rasgos de su afortunada cara.

Mientras, sin embargo, las “mejoras de cara” avanzan imparables, tristemente empujadas por referentes sociales, por actrices y por princesas. 

Manrique, en sus maravillosas coplas, nos arroja luz cuando explica qué ocurriría si tuviéramos medios para embellecer nuestra cara: nos dedicaríamos, dice, a mejorar la “cautiva” (la cara) y nos olvidaríamos de la “señora” (el alma). Ese alma que sí podemos mejorar y cuya mejoría nos hace verdaderamente felices.

Si fuese en nuestro poder

hacer la cara hermosa

corporal,

como podemos hacer 

el alma tan gloriosa,

angelical,

¡qué diligencia tan viva

tuviéramos a toda hora

y tan presta,

en componer la cautiva

dejándonos la señora

descompuesta!

 

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