Martes 12 de Noviembre 2019

El poder de las palabras

Por: Juan María Laboa 30-07-2012

Llama la atención el efecto de las palabras de Dragui,

presidente del BCE sobre compradores, especuladores y personas de todo género. Por lo visto en ellas, no  descubre ni promete nada nuevo sino que insiste con claridad y seguridad en los objetivos del banco que preside. Sin embargo, mucha gente se ha fiado de sus palabras y se ha tranquilizado.

Este suceso me ha hecho pensar en una consideración muy antigua, pero, por lo visto, ahora nueva, en el poder olvidado de las palabras y de los compromisos. Palabras y confianza, compromisos y fiabilidad. La palabrería (“palabras, palabras, palabras”) no tienen ninguna incidencia si no van acompañadas de una confianza otorgada. ¿Quién concede en nuestros días confianza a las promesas, programas y aseguraciones de nuestros políticos’. ¿Quién confía en los compromisos sociales, políticos o económicos (“cuando digo siempre estoy diciendo ahora”).

“Heriste mi corazón con tu palabra y yo te amé”, escribió san Agustín, porque sus palabras tenían promesas de vida eterna. En el altar prometían los esposos fidelidad permanente; en mi juventud los compromisos se sellaban con un apretón de manos; las palabras del sacerdote se tomaban al pie de la letra, porque era considerado fiable, digno de confianza.

No es que ahora seamos menos ingenuos sino que nos mentimos, engañamos, prometemos en falso habitualmente. Los políticos se acusan mutuamente de no cumplir el programa y ya en esa acusación están engañando, porque ninguno de ellos lo cumple y lo saben, porque han prometido lo que podía agradar más y no lo posible o lo conveniente.

Dar valor a las palabras constituye el paso fundamental en la renovación de la sociedad. Si la sociedad borrase del horizonte a quien incumple sus compromisos, comenzaría el proceso de regeneración. Si la mentira fuese aborrecida, comenzaría un nuevo amanecer. Si todos buscásemos el bien común, la honradez sería un valor en alza. Si el que roba fuera abandonado al margen de la sociedad hasta que restituyese todo lo sustraído, el aire resultaría más respirable.

Tenemos que aprender y enseñar de nuevo que las palabras tienen un sentido y que un hombre cabal debe utilizarlas en ese sentido y que los compromisos son sagrados, porque de lo contrario, el ser humano deja de ser fiable y compromete el futuro de la sociedad.

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