Miércoles 21 de Noviembre 2018

Pentecostés en Salzburgo

Por: Ignacio Bañon 14-06-2012

Tuve la fortuna de pasar el pasado fin de semana en Salzburgo,

 haciendo turismo musical. Salzburgo es una cuidad preciosa, pero como otras ciudades bellas es también víctima de su belleza. Se ha convertido en un “parque temático de Mozart”, con hordas de turistas que se fotografían en las plazas y comen dulces. Pero la belleza de la cuidad se impone al turismo casi siempre feo (aquí me incluyo), y es fácil encontrar un rincón precioso y tranquilo, escuchar un concierto inolvidable, o vivir alguna experiencia sorprendente.

Nuestra experiencia sorprendente fue visitar la Catedral coincidiendo con las celebraciones juveniles de Pentecostés. Maravillados por el ambiente, fuimos tres veces a la Catedral. La tercera vez para asistir a la misa del domingo. Una misa de más de dos horas de la que entendimos pocas palabras (mi alemán se limita a lo que he aprendido escuchando óperas de Wagner, y llegué a la conclusión mediada la ceremonia de que Geist seguramente querría decir Espíritu), pero que difícilmente olvidaremos. 

La Catedral estaba abarrotada de gente. Muchísimos jóvenes, pero también menos jóvenes. Gente con camisetas junto a elegantísimos austriacos con trajes locales. Muchos sentados en el suelo del crucero, donde una banda de música con guitarras, batería, teclado y trompeta cantaba preciosas canciones, amplificadas con un señor equipo de sonido. Un coro opuesto a la banda añadía todavía más música (que no ruido), e incluso coreografías. Y las cientos de personas que asistían a la misa coreaban las canciones (coreábamos, aunque yo por lo bajito porque vi enseguida que desafinaba demasiado). La misa fue cantada en casi su totalidad. La primera palabra no cantada llegó en la homilía. Las lecturas, incluyendo el Evangelio, fueron cantadas por sacerdote, con una voz asombrosa, por cierto (como le dije a Adela, aquí el más tonto hace relojes, en el tema musical, claro). La música era preciosa y sonaba de forma impresionante.

Pero más allá de la música, allí, en el corazón de esta Europa relativista, pasota y descreída del sigo XXI, se vivía la Eucaristía con una contagiosa alegría y devoción. Nadie tenía prisa, nadie bostezaba, nadie miraba el reloj. Todos cantábamos (o casi) y rezábamos. Fue un espectáculo maravilloso. Y vivimos esa Eucaristía sin entender apenas las palabras, pero entendiendo y viviendo intensamente todo lo demás.

Pensé a la salida que estos tiempos de crisis constante de fe en Europa, estos tiempos en que la Iglesia parece retirarse a sus trincheras en medio de tanta crítica e indiferencia, estos tiempos quizás sean también tiempos de poda, en que mueren muchas ramas pero otras, menos numerosas y más pequeñas, crecen con más fuerza y alegría, como seguramente crecían las primeras comunidades cristianas. Gracias al Geist, claro, que estuvo con nosotros también esa mañana.

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