Miércoles 21 de Noviembre 2018

Prisioneros del silencio

Por: Juan María Laboa 10-06-2012

El cardenal Martini ha sido durante un cuarto de siglo

 testigo eminente del catolicismo renovado y propositivo. Para muchos constituía un punto de referencia y de esperanza y, en Italia, mantuvo intacto su prestigio en el mundo laico y más reticente con la Iglesia. Sus conversaciones públicas con intelectuales y exponentes de los medios fueron seguidas y comentadas, y sus opiniones nunca dejaban indiferentes. Se habló de que en el último cónclave, habiendo conseguido votos,  el cardenal anunció que estaba enfermo y no podía considerarse candidato.

Ahora tiene grandes dificultades para hablar y, en unas preciosas reflexiones, comenta que poco a poco se va convirtiendo en prisionero del silencio. Recuerdo lo que sucedió al papa Juan Pablo II cuando viéndose incapaz de comunicarse dio con la mano un fuerte golpe sobre la mesa. En realidad, estos dos personajes pueden o han podido expresarse de muchas maneras y quienes estaban con ellos tenían muchos medios para conocer su pensamiento. 

Siempre me ha parecido un elemento humano inapreciable la capacidad de administrar nuestros silencios. Los pastores en sus soledades, los cartujos y tantos otros religiosos en sus tiempos de encuentro con Dios y consigo mismos, los sordomudos o los ancianos que pasan sus días en puro abandono y silencio. ¿Qué hace con su tiempo un enfermo, aparentemente, en coma pero consciente?

¿Prisioneros del silencio o prisioneros de sí mismos, de la vaciedad de muchas vidas, de muchas maneras de ser? Dice el proverbio chino que, si no tienes nada que decir que sea mejor que el silencio, conviene callar. En realidad, el silencio nos confronta a nosotros mismos y es en ese momento cuando somos capaces de detectar nuestra insignificancia, la falta de riqueza interior, de ideas propias, de pensamientos contrastados.

En las comunidades de creyentes la dificultad de una oración personal tiene mucho que ver con la incapacidad de adentrarnos en nuestro interior  y de quedar en manos de Dios. Vivimos tan pendientes de la imagen que el discurso abstracto puede resultarnos muy penoso.

A menudo, se confronta en el creyente la fe serena de sus creencias y las dudas más o menos angustiosas. Una vida de oración, de reflexión y de lectura puede conseguir una síntesis personal en la que sobresale la autenticidad. En ese momento uno es capaz de adentrarse en los senderos más personales de la vida del espíritu y para ello es necesario el silencio, el descubrimiento de un mundo que nos hace más intuitivos, más conscientes de la complicidad de alma, cuerpo y naturaleza. Los místicos y los poetas y los grandes orantes saben mucho de esto y sobre ello han escrito páginas preciosas.

 

El silencio bien llevado, sobre todo, cuando uno es rico interiormente, lleva a hablar con el corazón. Para el que ama el tiempo es la eternidad y el silencio está poblado de afectos, de ternura, de generosidad. Me encontré hace unas semanas con una señora de 85 años en el descansillo de un hospital. Se sostenía sobre taca taca y caminaba abstraída. Hablamos largo rato y me explicó el abandono y marginación en el que había quedado. Cuando le pregunté si se encontraba angustiada o se sentía inútil, me contestó con una cierta sonrisa de complicidad: “sabe, creo que, mientras sea capaz de amar, todavía puedo ser útil”. Un silencio poblado de amor constituye un inmenso tesoro capaz de mantener airosas las bóvedas celestes y este mundo nuestro.

Nosotros que creemos en el Cuerpo místico de Cristo, en esos misteriosos vasos comunicantes que traspasan la bondad y la generosidad de tantos para compensar tanta vaciedad y egoísmo de otros, somos capaces de comprender que el estalinismo, que asesinó tantos millones de personas, o el nazismo que llegó a los extremos conocidos o Pol Pot, que realizó el genocidio de dos  millones de camboyanos, o tantos otros que en el mundo han sido, no han conseguido acabar con el futuro y la esperanza de la especie humana gracias a los millones sin nombre que con su dolor, su amor y su humilde sostén han sido capaces de mantener el fuego del espíritu y de la humanidad.

Creo que puedo afirmar algo parecido de este mundo de vaciedades, mediocridad, palabras inútiles, noticias y murmuraciones pestilentes, basura y pestilencia de todo orden, tan presentes en una era de comunicación malgastada. No consiguen contaminar del todo gracias a tantos silencios nutrientes, a reflexiones mantenidas, a caricias y sonrisas en los rostros de tantos ancianos doloridos que se han vaciado de sí mismos para darse a los demás.

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