Miércoles 21 de Noviembre 2018

La Roma sin mayordomos

Por: Juan María Laboa 01-06-2012

Roma cristiana nació gracias a la solidaridad

 de unos pocos cristianos nuevos, alejados de la corrupción existente y desentendiéndose de los caprichos de los emperadores. Fue una comunidad admirada por su generosidad para con los necesitados de todo género, se sentían hermanos y actuaban en consecuencia.


Muchos de ellos murieron en el coliseo por fidelidad a su fe causando la admiración de gente descreída que jamás se hubieran sacrificado por nadie. Aumentó el numero de las comunidades y no faltó el pecado, pero la mayoría mantuvieron con entusiasmo su identidad, Comenzaron los herejes a crear dificultades y, a medida que aumentaba su importancia, aparecieron los interesados, pero el sentido de comunión de las pequeñas iglesias prevaleció.


El Imperio era mucho Imperio y el ansia de poder constituye una de las pasiones y de las tentaciones más comunes al género humano. Con la protección del Imperio aumento el prestigio eclesial y su influjo y, a menudo, los hombres de Iglesia olvidaron el mandato de Jesus: "vosotros no así", pero nunca faltaron los santos, los profetas y los locos de Dios que recordaron "polvo eres y en polvo te convertirás".


En la Iglesia no tiene que asombrarnos que exista el pecado en todas sus formas en los pliegues de los mantos y de las mitras. Tendría que preocuparnos si no contamos en todo momento con cristianos que aman, que reprendan, que señalen el mal, que azoten con su ejemplo y su palabra a cuantos son incoherentes con cuanto representan y predican.

En Roma y en la Iglesia entera han abundado siempre los mayordomos infieles, pero no importa si sobreabundan los pobres de Jahvé, las hermanitas de Calcuta, los hermanitos de Foucauld, los obispos que trabajan hasta extenuarse por el reino de los cielos.


Sigamos defendiendo cuanto sonó el concilio: más comunión y austeridad, menos tramoya y ambición en una curia desproporcionada, inflada y degenerada en su concepción, más responsabilidad en las Iglesias locales y, sobre todo, más presencia operante y respetada de los laicos.


Aunque no se admita, ha llegado el momento de la esperanza y del cambio: quitar el polvo acumulado por los siglos, poner al ser humano en el centro de la atención de la Iglesia, Cristo es el único Señor, la única piedra angular, y cuando predicamos a Cristo no tenemos que predicarnos a nosotros y tenemos que hacerlo de forma que los cristianos entiendan, y cuando celebramos la eucaristía tenemos que hacerlo de forma que los fieles entiendan y participen, y cuando presidamos la comunidad tenemos que hacerlo que solo Cristo preside y nosotros no le sustituimos sino que somos solo siervos infieles.

En este momento de chismes, dimes y diretes, desconcierto y escándalo, seamos conscientes de que no tenemos que quedarnos mirando el dedo sino lo que este señala, y en la Iglesia sólo se señala a Cristo. Todos los demás, del papa a bajo somos siervos inútiles. Y no digamos nada los mayordomos infieles, por mucho solideo que luzcan.

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