Miércoles 21 de Noviembre 2018

SECRETAS PALABRA DE VIDA 15.- QUIRÓGRAFO

Por: Dolores Aleixandre 31-05-2012

"Nos complace mucho comunicarle que un cliente de nuestro banco

que no ha querido identificarse, se ha hecho cargo del total del débito de su hipoteca. Puede pasarse por nuestra oficinas para firmar su cancelación definitiva”. Esta situación,  tan improbable como la de que el beneficiario de un pagaré lo rompa en presencia de su deudor, es precisamente la que evoca la carta a los Colosenses: “Dios os ha dado vida con Cristo, perdonando todos nuestros delitos y, cancelando el recibo (quirógrafo) que nos pasaban los preceptos de la Ley,  lo quitó de en medio clavándolo en la cruz” (Col 2, 14). Quizá el quirógrafo designaba el “libro divino” del que hablan muchos escritos judíos intertestamentarios en el que están consignados los pecados humanos. La anulación de esa deuda consiste en un perdón gratuito de esos pecados y en su desaparición total y definitiva.

En los iconos de la Iglesia de Oriente Jesús aparece con frecuencia llevando en su mano un rollo de pergamino (“escrito a mano”, de ahí lo de “quirógrafo”) que simboliza un supuesto documento jurídico donde queda cancelada nuestra deuda, consumando así nuestra reconciliación con Dios

Estamos ante una metáfora bellísima que puede ser interpretada de dos maneras: cargando sombríamente el acento en nuestra condición de “deudores” y reforzando nuestra conciencia de culpa; o celebrando el aspecto luminoso de su simbolismo: Cristo enarbola triunfante el “documento” de nuestra liberación, recordándonos al mismo tiempo con las heridas de sus manos, que el amor tiene siempre un precio. La carta a los Efesios dice lo mismo con otras palabras: “De balde os han salvado en la fe, no por mérito vuestro, sino por don de Dios; no por la obras, para que nadie se jacte. Sois una obra de arte de Dios” (Ef 2,8).

Si estiramos un poco más el símbolo, podemos reconocer que, a la hora de relacionarnos unos con otros, todos somos portadores de un quirógrafo particular en el que llevamos escritos los fallos y defectos de los otros, junto con  lo que creemos nos “adeudan”. Vamos apuntando en ese particular libro de contabilidad las carencias, deficiencias y errores ajenos y, cuando entramos en relación con ellos,  ese quirógrafo invisible se interpone entre nosotros y nos distancia.

En el texto evangélico en que Jesús cura al paralítico al que habían descolgado por el tejado, le dice antes de curarle: “Hijo, tus pecados están perdonados” (Mc 2,5). Podemos visualizar la escena imaginando a Jesús rompiendo en pedazos el quirógrafo de las culpabilidades de aquel hombre, como si le dijera: “No hay nada que se interponga entre tú y yo;  entre nosotros no existen barreras, ni distancias, ni reproches”. 

¿Qué ocurriría si fuéramos al encuentro de los otros “sin quirógrafo”?. El gesto de dar la mano de alguien expresaba en la antigüedad la ausencia de armas amenazadoras ¿no podría decirle al otro silenciosamente que llevamos la mano libres para ir a su encuentro?

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