Miércoles 21 de Noviembre 2018

Una Iglesia amodorrada

Por: J. Lorenzo 12-05-2012

El Servicio Jesuita de los Refugiados, en un desesperado comunicado

 emitido desde la República Democrática del Congo, advierte sobre la dramática situación de 20.000 desplazados en la zona de Kivu, fruto del hostigamiento de grupos rebeldes que, en realidad, son una pandilla de salvajes rendidos al interés de multinacionales extranjeras en las riquezas naturales de la zona. La noticia sería un doloroso latigazo si, primero, la convirtiésemos en noticia y, después, lograse traspasar nuestra embrutecida conciencia, encerada con la gruesa capa de miedo que llevamos segregando desde que empezó esta Gran Recesión, con dosis redoblada cada viernes tras los consejos de ministros, que ya no aconsejan, solo imponen. Violaciones, mutilaciones, barbarie… Nada nuevo en esos vomitorios del planeta que resista la actualización del viejo mantra del sálvase quien pueda, penúltima aportación del neoliberalismo más desvergonzado, ahora en el campo de las ciencias sociales. ¿Alguien cree que es posible encontrar hoy una noticia como esta abriendo los informativos? ¡Por favor…! Lo único que puede lograr eso viniendo de aquel continente es una maltrecha cadera real. Ya ni siquiera hay una verdadera comunidad internacional que se crea tal y que pueda al menos sonrojarse ante la entrañable incredulidad del jesuita que firma el comunicado: “Resulta casi imposible creer que, año tras año, se siga acabando con las vidas de la gente en el este del Congo”. Casi tan increíble como que no nos pille desprevenidos la anunciadísima hambruna que se cierne sobre el Sahel. Al tiempo…

Como endeble atenuante, la sociedad civil puede argüir que es víctima de la doctrina del shock, esa que explica el efecto paralizante sobre las personas (y sus conciencias) por sobreexposición a la actual economía del miedo. Pero, ¿y la Iglesia? Bueno, ahí es más bien una modorra acomodaticia, esa burocratización de sus estructuras que denunció el Papa en Friburgo. Solo así se explica que se mire para otro lado ante la conculcación de derechos y se ponga sordina a la movilización que acaba de reclamar Benedicto XVI para luchar contra la pobreza y a su petición de que los Estados no aumenten las desigualdades con sus leyes.

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