Martes 12 de Noviembre 2019

De camellos y ojos de aguja

Por: Alfonso Carcasona 05-05-2012

Carmen andaba llorosa el otro día

 El médico le había diagnosticado una artrosis galopante en sus dos rodillas, recetado descanso total. Ella que andaba con su muleta por las calles de Madrid, cuando no estaba tumbada viendo la tele. Ayudada por sus sobrinos se había acercado a compartir con nosotros un rato en la plaza. No podía caminar, por lo que tenían que llevarla en volandas. No era tarea fácil. En su angustia se veía incapacitada para el resto de su vida (está por ver, porque el informe médico no era tan pesimista).

Nosotros, los ricos, mirábamos con compasión la escena. Quien más pensaba en cómo podía ayudar con algo de dinero para ayudarle a hacerse con una silla de ruedas. Quien menos nos conformábamos con sentir pena e impotencia.

Pero hete aquí que aparecieron Jiri y Ana. Ya he hablado de ellos en este foro. No tienen nada, viven en una vieja roulotte, en la que se van desplazando de calle en calle cuando los municipales les advierten que nuestras civilizadas ordenanzas prohíben vivir en estos vehículos, aunque no tengas cuatro paredes donde guarecerte. Pero esto fue harina de otra columna.

Jiri ha estado cojo durante algunos meses aquejado de una degeneración en la cadera. Nuestra universal sanidad pública fue capaz de inyectarle algo hace dos semanas que parece que le permite volver a andar, todavía con dolores. Entretanto, se había hecho en su iglesia protestante con una desvencijada silla de ruedas que le permitía moverse empujado por la incombustible Ana.

Un nanosegundo es lo que tardaron en ofrecerle la silla a Carmen. “Corriendo” fueron a la caravana a por ella y sin ningún tipo de duda se la dieron. Ella la necesitaba más que Jiri. Era evidente que eso es lo que había que hacer, al menos para ellos.

Mientras tanto, el resto asistíamos a la escena complacidos. Se nos había resuelto el problema, ya nos dejaba ir nuestra conciencia.

Lecciones que te enseñan a leer el Evangelio, en su parte de camellos y ojos de aguja (Mt 19,24). La buena noticia es que se nos ofrecen oportunidades a diario para que dejemos de ser camellos.

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