Martes 12 de Noviembre 2019

La alegría de la fe

Por: Juan María Laboa 10-04-2012

La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe.

 Un Cristo no resucitado hubiera sido una figura histórica interesante y admirada, pero, obviamente, no era Dios. Su resurrección presupone la nuestra, pero su muerte nos hubiera dejado en el limbo histórico. Las palabras del ángel a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé tienen este sentido: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Por eso este convencimiento nos llena de alegría como comunidad y como personas individuales.

La fe en Jesús provoca alegría incontenible y permanente. El origen de nuestra vida y su desarrollo tienen sentido si Jesús es Dios. Se convierte en piedra angular de nuestra existencia. Quien cree tiene los motivos para ser feliz, la causa para centrar una existencia, a menudo, difícil y complicada. San Máximo de Turín escribió que “la resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos”.

El tomarse la vida en serio no es contrario a la alegría, a la felicidad, a la capacidad de disfrutar con los hermanos y de los dones de Dios. El ser humano que permanece siempre en tensión y permanentemente adusto no ha comprendido que la resurrección ha cambiado la historia y completado la creación. El sonido glorioso del despertar de un alma es precisamente la alegría, el convencimiento de que Dios está conmigo y da un sentido a mi vida.

“Un santo triste es un triste santo”, comentó san Francisco de Sales, un santo amable y acogedor. A Francisco de Asís le alegraba la naturaleza y la contemplación de la presencia de Dios en sus hermanos. El magnífico ángel sonriente de la fachada de la catedral de Reims así como los ángeles sonrientes del Pórtico de la Gloria de Compostela ofrecen su risueña bienvenida a los fieles que penetran en sus catedrales. “Alégrate hija de Sión, canta hija de Jerusalén” señaló Zacarías, y el pregón pascual de la Vigilia anima todos nuestros sentidos: “Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo”, “goce también la tierra, inundada de tanta claridad”…”Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante”.

Nuestra felicitación pascual es, pues, pura alegría personal: “Aleluya, Cristo ha resucitado” y se extiende a todos los creyentes, a todos los seres humanos, a todas las criaturas del Señor.

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