Martes 12 de Noviembre 2019

¡ANGELES AL INFIERNO!

Por: Jose Maria Marquez Vigil 08-04-2012

Al principio de los tiempos, un Angel fue desterrado

(del cielo, ¿se dirá “descielado”?) para adentrarse en los Infiernos por su rebelión y su enfrentamiento a su Dios.

Bueno… Yo eso no lo vi. Pero si os voy a contar lo que vi esta semana.

Como uno ya va entradito en años, ya voy teniendo mis achaques… Un proceso infeccioso y altas fiebres me llevaron a Urgencias, donde me dicen que me tienen que ingresar. ¡Qué pereza! Gracias a Dios, excepto una operación de menisco, no recuerdo haber estado hospitalizado en dos o tres décadas. Cuando hace diez años me quisieron ingresar en España por una malaria les miré asombrado y firmé el alta voluntaria para automedicarme como siempre había hecho en África. Quinina, un wc o campo abierto cerca, mucho líquido y resguardado un poco del sol…

Pero no estamos en las batallitas africanas del abuelo, sino que esta vez, no entiendo porqué, por el dolor, porque llevaba un par de días sin comer y sin dormir, o porque me hago viejo y obedezco, me quedé en esa sala de espera abarrotada, con multitud de gente sentada en frias sillas metálicas y varios como yo buscando las esquinas para mejor colocar la percha del suero que nos proporcionaba la medicación intravenosa (tubos “chupavidas” los llamaban en Malawi porque muchos niños malnutridos ya muy malitos, fallecían al poco de intentar el último recurso de la medicación intravenosa).

Miraba alrededor. Rumanos, subsaharianos, latinoamericanos, magrebíes, polacos, españoles que venían de algún pueblo vestidos aún como en la serie de “cuéntame cómo pasó”… Recordaba la foto de Obama con el niño que perdió a su madre, y esa promesa de que el primer país del mundo llegaría a ser un día tan grande como… Pues como España, con esta Sanidad pública universal de alta calidad. Me sentí muy orgulloso.

Al anochecer, pasadas casi 10 horas, me tenían que dar una cama. Pero no habían habitaciones así que me ingresaron en un “Gallinero” al que llaman “Observación de Urgencias”, una nave de 36 camas con separadores de 6 en 6 y varias enfermeras ocupándose constantemente de todos los pacientes que por ahí quedábamos depositados. Muchos pacientes esperando ser operados, otros ingresados por accidentes o urgencias varias, y algunos probablemente ingresados por dolencias reales o imaginarias mientras dormitaban en la calle… El que pusieron exactamente delante de mis narices podía ser uno de esos, probablemente un “sin techo” que no paró en toda la noche, ni un minuto, de gritar, delirar, llorar, dar sacudidas a la cama… Al principio me sentía indignado. Supongo que siempre nos sale, aunque solo sea al principio, ese diablillo que nos pincha slogans del tipo “tengo mis derechos”, “necesito descansar”… Pero gracias a Dios, el cielo nos regala siempre esa puerta permanentemente abierta hacia el crecimiento, el amor y la felicidad. Hace mucho que creo que no es fácil crecer realmente con langosta y champagne, pero acarrea tu cruz con dignidad, por pequeña o grande que sea, y el premio, la gloria, están garantizados. Y en esas meditaciones apareció por los pasillos “Santa Aida” que se acercaba a este paciente para tranquilizarle con una dulzura, una capacidad de amor y una profesionalidad que llamaban realmente la atención. Su paz y belleza interior se reflejaba perfectamente en la mirada y la sonrisa con las que nos atendía a cada uno de los muchísimos pacientes que tenía adjudicados, como si estuviéramos ahí solos cada uno de nosotros. Pero al rato la veías con otra señora probablemente perturbada también, renovando sus palabras de cariño, de aliento, consiguiendo la empatía necesaria con su paciente que la permitiera ayudarla a ayudarse. Y esas mismas atenciones recibían los otros pacientes, de Aida o de las restantes enfermeras, probablemente igual de profesionales que Aida. Tengo una gran amiga enfermera, la gran Bea, y sé que pertenece a esta legión de ángeles.

“¡Qué orgullosos estarían Obama y el niño de la foto de nuestro sistema y de nuestras enfermeras!”, pensé… Pero un nubarrón ensombreció mi alma cuando recordé que Aida, sus compañeras, o mi amiga Bea, tenían que firmar en solo dos días, una vez más, su finiquito, como cada tres meses. Aida llevaba así ya 6 años, y al comenzar el nuevo trimestre se presentaría de nuevo, como siempre, pensando que la volverían a coger. Pero nunca lo saben a ciencia cierta, y ello les va provocando poco a poco ansiedad y, crucemos los dedos para que así no sea, pero puede llevarlas a entregarse menos a ese trabajo, a esos pacientes a los que actualmente se dedican de corazón. Ya van teniendo compañer@s que no son renovad@s, que no han tenido preaviso, ni indemnización, y las facturas siguen llegando a casa… Y ya se sabe la solución… El ingeniero se va a Alemania y la enfermera a Inglaterra, o… ¡A Laponia! Entre tanto, siguen siendo ángeles pero injustamente, cada día, un poco más cerca del infierno. Y con ellos nuestro magnífico sistema universal de la seguridad social, que sin ellas se iría también “descielado” al infierno.

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