Domingo 15 de Septiembre 2019

Caminar ¿hacia dónde?

Por: Juan María Laboa 31-12-2011

Tengo un amigo feliz, pero progresivamente inquieto,

 señal inequívoca de que piensa y se plantea la razón de ser de las cosas. Me pregunto con frecuencia por qué tantos conocidos inteligentes nunca se preguntan sobre las últimas preguntas, esas que plantean la razón de ser de las cosas, de las pasiones, del desamor y del odio, del egoísmo y de la vida. Se disgustan, claro, y se alegran, pero siempre por motivos inmediatos. La muerte, la razón de ser y el sentido de la propia existencia, el amor ofrecido sin contrapartida, en lugar de la vida ególatra con el egoísmo por montera, no llegan a convertirse en interrogaciones o desasosiegos serios ni, naturalmente, en preocupaciones.

Mi amigo está inquieto porque empieza a interrogarse sobre la razón de ser de su vida, es decir, se interroga sobre la finalidad del recorrido de su realidad. ¿Nacer por que sí o por algún designio? ¿Morir para nada o para encontrar la verdad de las cosas? ¿Estar irremediablemente solo o contar con Dios? Son las preguntas de siempre pero para cada uno son sus preguntas definitivas, que pueden condicionar su talante y la densidad de su existencia.

El no es especulativo y no le va la filosofía, pero quiere vivir los años que le quedan con perspectiva. Amará igual a su mujer y sus hijos, pero su existencia dejará de ser plana para ir adquiriendo una nueva perspectiva de sus años, de sus amores, de sus inquietudes. Mantendrá los mismos elementos vitales pero con más sentido y ordenación.

Por otra parte, a medida que aclara dónde está, se le van delimitando con más claridad los perfiles de quienes conviven con él. Los ciudadanos sin atributos van convirtiéndose en hermanos por quienes se preocupa. Su capacidad de amar, a medida que extiende a más personas, se purifica y enriquece. Su mundo personal va dilatándose y la calidad de sus afectos se depura. Sigue siendo un vaso de arcilla, como todos nosotros, pero el Espíritu se encuentra más y mejor acogido.  

Empieza un nuevo año, 365 hojas en blanco que podemos llenarlas de sentido y de razón de ser, vivirlas para algo y para alguien. Se trata de padecer la historia o de escribirla.

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