Domingo 15 de Septiembre 2019

Dios con nosotros

Por: Juan María Laboa 17-12-2011

Borja es casi sobrino mío por sangre y sobrino del todo por afecto.

Es trabajador, simpático y servicial. Tiene dos hijos bautizados por mí, que tienen la suerte de llamarse Juan, a quienes quiere entrañablemente. Es un poco despistado y, probablemente, necesita algún suplemento de catequesis, pero tiene buen sentido.

 Hace unos días se puso en la cola de quienes iban a comulgar con la pequeña en brazos. Parece que se encontraba contento y no cabe duda de que se sentía muy orgulloso de su hija. Al llegar junto al sacerdote, comulgó y señaló a su hija de casi cuatro años para que le diese también la comunión. Días más tarde, contándome su hazaña, me dijo: “Se puso muy nervioso y  me dijo: ya hablaremos en la sacristía”. “Nunca me había pasado esto” dijo más tarde el sorprendido párroco a Borja. “¿En qué estabas pensando?”.

“Yo pensé que era una niña buenísima, que estaba en gracia de Dios y que a Jesús le gustaría estar con ella”, me comentó Borja con la sonrisa que le caracteriza. Creo que me estaba pidiendo mi opinión y que le apoyara.

Estoy convencido de que Borja no está muy al tanto de las condiciones necesarias para recibir la comunión, pero me hizo pensar su insensatez o su buen sentido, según se mire. Por una parte, los ortodoxos dan la comunión al niño que bautizan, es decir, en sus primeras semanas de vida, mientras que los católicos consideran que para comulgar se debe ser consciente de lo que se recibe y, además estar en gracia. Ambas tradiciones tienen su justificación, aunque la lectura del Evangelio nos ofrece, además, otros puntos de reflexión. Jesús vino al encuentro de pecadores y despistados varios. Comía con ellos, curaba a quienes ni le reconocían ni, necesariamente, le estimaban. El nos anunció que venía para estar con nosotros y acompañarnos en nuestra debilidad. Hoy por el contrario, negamos la comunión a muchos que necesitan de su fuerza para superar sus debilidades y sus contradicciones, a pesar de que, a menudo, su presencia en nuestro interior, en nuestra vida, podría darnos ganas de continuar y de ser mejores discípulos suyos.

Pensándolo bien, ¿dónde estaría Jesús más a gusto que en el corazón de Juana, la hija de Borja? De hecho, tanto los pastorcitos como los magos y los habitantes de Belén no le conocieron y no sabemos si estaban en gracia, pero acompañaron al niño y consiguieron que sus primeros días fueran inmensamente felices.

Comparte este artículo:

enviar email
Login de usuarios