Domingo 15 de Septiembre 2019

Anticlericalismo de chiste

Por: Alfonso Carcasona 06-12-2011

Disfrutamos el pasado fin de semana de un par de días en el convento de la Verna,

recogido en lo alto de una montaña en la frontera de Umbria con Toscana. Fue regalada por el conde Osvaldo (la montaña, no el convento, que se construyó años después de su muerte) a San Francisco en los primeros años del siglo XIII. Fantástico lugar para apreciar otro tipo de belleza de la naturaleza, envuelta en una neblina permanente, solo rota por la fuerte lluvia y el recio viento. La verdad es que dan escalofríos solo transportarse a los años del santo, en los que solo se guarecía en pequeñas cuevas, cubierto por su pobre túnica y con unas sandalias en los pies, y vivía a expensas de fieras y bandidos –aunque con esa dureza del clima éste último no debía de ser gran problema, al menos en invierno)

Hoy el convento es mucho más confortable, al menos para los huéspedes que como nosotros acudimos en busca de un poco de tranquilidad cerca de donde el santo recibió sus estigmas. Lo habita una comunidad de frailes franciscanos y unas pocas clarisas (franciscanas clarisas del Sagrado Corazón, para ser más exactos), dedicados a la oración y al trabajo, como buenos seguidores del de Asís. Hemos compartido con ellos sus oficios, sus laudes y vísperas, e incluso la misa del último día. La del domingo tuvimos el privilegio de oírla en una capilla al lado de la de los estigmas, de apenas diez metros cuadrados. Preciosos cantos, fraternidad en estado puro. 

El lunes volvimos a Madrid, como no puede ser de otro modo en nuestro veloz siglo XXI, en avión. Volvíamos en una de esas aerolíneas low cost, donde como en los cines de antaño, los asientos están sin numerar. 

Fue un aterrizaje en la realidad sin solución de continuidad. Estábamos en la cola cuando un pequeño incidente hizo que esta se moviese un poco y apareciesen a nuestro lado un grupo de checoslovacos. Los que teníamos detrás, con un acento extremeño que no dejaba dudas acerca de su procedencia, empezaron a quejarse, como si les fuese la vida en ello, ya que entendían que se habían colado. Las típicas frases en tercera persona dirigidas hacia nuestros compañeros de viaje. “Hay que ver”, “pero que cara tienen”, “y no hacen ni caso, ni se mueven”… Les hice notar que era evidente que no les podían entender ya que no hablaban español, pero su desconfianza era máxima “seguro, anda que no tienen morro”, “uy, pero si hay hasta un cura entre ellos”. Eso fue lo que ya les encendió del todo, y los comentarios, ahora que sabían además que no podían entenderles, iban aumentando de grado. Al cabo de un rato, me di cuenta de que había una cola al lado de la nuestra que iba a Brno, así que les pregunté que si iban a Madrid (en inglés, porque checo no sé). Obviamente no iban a Madrid, así que salieron corriendo para ponerse los últimos de la cola de su avión.

La reacción de nuestros colegas de viaje no fue de arrepentimiento por supuesto. Muy al contrario, incluso verbalizaron su deseo de que perdiesen su avión. “Si es que estos curas…” fue la última frase que les oi antes de que anunciasen que nos cambiaban de puerta y la desbandada llevase a todo nuestro pasaje a la otra punta del aeropuerto. ¿En que posición quedaron? Solo diré que parecía que Dios les hubiese jugado una pequeña pasada por su maledicencia.

Paz y Bien

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