Domingo 15 de Septiembre 2019

SECRETAS PALABRAS DE VIDA 9: AHAL, ACAMPAR

Por: Dolores Aleixandre 06-12-2011

Los indignados y sus acampadas han conseguido

de un tiempo a esta parte, instalar sus tiendas en nuestro imaginario y familiarizarnos con esa precaria manera de vivir, tan distinta de la de quienes vivimos asentados y domiciliados de manera estable y segura. Una tienda es frágil y  está expuesta a todos los vientos, lluvias e intemperies; el que acampa no suele disponer de un terreno ni ejercer derechos de propiedad sobre él: ni siquiera puede estar seguro de que no será arrojado fuera. Una tienda se instala casi sin hacer ruido, como pidiendo tímidamente permiso y asegurando que no va a molestar. El que acampa no se protege con puertas blindadas ni con alarmas; su única defensa consiste en confiar en que su misma debilidad y pobreza le defenderán de cualquier codicia.

Fue el modo de vivir de los patriarcas  y también después, en la etapa del desierto;  por eso el vocabulario bíblico habla con frecuencia   de pieles, lonas, estacas, clavos, cortinas  y cuerdas. Muchas historias de mujeres suceden en las tiendas o en sus alrededores: Sara  se había refugiado del calor del mediodía en la suya, plantada bajo las encinas de Mambré y  fue allí donde escuchó, con sonrisa incrédula, la  promesa de fecundidad  que le hacían unos extraños visitantes (Gen 18,11).  La bellísima Rebeca se encontró con Isaac en medio del campo y cuando él la introdujo en su tienda para hacerla su esposa, ella le devolvió la alegría que había perdido con la muerte de Sara, su madre (Gen 24,67). Raquel, la esposa de Jacob,   antes de emprender la huída de la casa de Labán, se apoderó de los amuletos que pertenecían a su padre y , para esconderlos, se sentó sobre la montura de un camello dentro de la tienda y alegó que no podía moverse porque le había venido “la cosa de las mujeres” (Gen 31,33-36). Sísara y Holofernes, dos enemigos feroces de Israel, sucumbieron a mano de Yael y Judit cuando descansaban en sus tiendas (Jue 4,21; Jdt 13).

Durante la travesía del desierto, Moisés levantó “la tienda de Dios”,  la plantó a distancia del campamento y la llamó “Tienda del encuentro” y cuando Moisés entraba en ella, “la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés, como habla un hombre con un amigo…” (Ex 33, 7-11)

Cuando estaba ya instalado en Jerusalén, David  se sintió avergonzado un día pensando: “Yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras el arca de Dios vive en una tienda” (2Sam 7,2), a pesar de que el proyecto de construir un templo fue rechazado desde el comienzo por los profetas: como si Dios mismo temiese el momento en que su pueblos ya no lo querría como caminante y vecino, sino como un Dios separado dentro de un recinto sagrado a quien se denegaba el acceso a la vida “profana”. 

Pero un día, ese mismo Dios a quien nadie había visto nunca, envió a su Hijo a plantar su tienda entre nosotros. La Palabra “que estaba junto a Dios” –lo  dice Juan en el comienzo de su evangelio- buscó  ser vecino nuestro. Nosotros sabemos bien qué es eso de estar unos junto a otros; somos conscientes de necesitar el cobijo y el calor que da la cercanía humana pero sabemos menos qué puede significar eso de «estar junto a Dios». A decir verdad, no sabemos gran cosa sobre ello: Somos habitantes de la noche y por nosotros mismos no podemos alcanzar el ámbito de la Luz.

Pero Él decidió acampar entre nosotros: no venía a imponer nada, ni a ejercer la fuerza de su señorío ni a tomar posesión de nuestra tierra con imperativos categóricos. Le oiremos decir: «Si quieres»..., «si alguno se quiere venir conmigo...», «estoy a la puerta y llamo: si alguien me abre...» Sabremos que es él, porque la caña cascada se enderezará entre sus manos. Porque su aliento conseguirá que, de la mecha que se apagaba, vuelva a brotar una llamita. No gritará ni se impondrá con violencia, pero las fuerzas del mal se someterán a su autoridad, y alguien reconocerá con asombro: «Tú tienes palabras de vida eterna».

El que «estaba junto a Dios» no plantó su tienda en ningún centro de poder y eligió el descampado de un pueblo del que había que precisar que era «de Judea», como habrá que precisar también que Nazaret era «de Galilea». Belén y Nazaret no tienen categoría por sí mismos, no son conocidos como lo serían Roma o Jerusalén: pertenecen a esa esfera poco significativa habitada por una masa anónima de gente de abajo, de pequeña gente que no cuenta a los ojos del mundo. Pero es su cercanía y no otra la que ha buscado en primer lugar la Palabra al tomar nuestra carne. 

Y  desde entonces  ya sabemos junto a quiénes tenemos que plantar nuestra tienda si queremos tener como vecino al que ha venido a vivir entre nosotros. 

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