Martes 17 de Octubre 2017

Caminando hacia la Navidad

Por: Juan María Laboa 06-12-2011

En el evangelio, Jesús da gracias al padre

señor del cielo y de la tierra porque ha escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y las ha revelado a la gente sencilla (Lc. 10, 21-24).

Insistimos con razón en que hay que estudiar, conocer y profundizar la Sagrada Escritura y la Historia de la Iglesia si deseamos ser creyentes responsables. Es verdad que en un mundo globalizado de pluralismo y desconcierto no es admisible una actitud frívola en este tema, pero somos conscientes, también, de que la actitud religiosa no se agota con esta pretensión y necesidad de formación doctrinal.

Para esperar, encontrarse y dialogar con Cristo hace falta, sobre todo, una actitud de escucha, un sentimiento de indigencia, una necesidad de salvación, que nos obligue a salirnos de nosotros mismos, de nuestras seguridades, para salir confiados al encuentro de Jesús el Salvador.

Sucede que pensamos tan habitualmente en Dios en términos convenidos, que esta inmensa presencia, que es la realidad única, se encuentra difuminada por las frases aprendidas y por las imágenes tópicas. Sería preciso que tratáramos de pensar en la novedad de Dios, en su amor por las criaturas, en su cercanía misteriosa y maravillosa…No permitamos que este sentimiento nos abandone, que cese de resonar en nosotros la voz silenciosa que nos repite: “Tú me perteneces, no te dejaré marchar”.

Intentemos abandonar el racionalismo de pacotilla que nos acogota tan a menudo, el tinglado posmoderno o contracultural o como se llame que nos rodea y dejémonos impregnar de esas necesidades vitales siempre presentes en nuestra existencia y, sin las cuales, no seríamos nada: el amor, el cariño, la amistad, la entrega. A Dios no le conocemos por medio de silogismos, pero podemos sentirle, intuirle, añorarle, desearle, buscarle, amarle, seguirle, servirle. Un sentido de insoportable mediocridad constituye el punto de partida para alcanzar la grandeza, el convencimiento de la inmensa necesidad de apoyo y de amor presente en nuestra alma puede empujarnos a buscar a Cristo. “Heriste mi corazón con tu palabra, señor, e inquieto está hasta descansar en ti”, confesaba San Agustín. Tantas veces le buscamos sin saberlo, le llamamos sin darnos cuentas, pedimos su ayuda inconscientemente. Aprovechemos del Adviento y de la Navidad para bucear en nuestro interior y caer en la cuenta de que también nosotros necesitamos de su venida, es decir, del Dios con nosotros, en nuestra vida, en lo más íntimo del corazón.

La amistad, el amor y el sentimiento religioso son como un sendero: si no se transita nacen hierbas. Si permanecemos alerta, el señor está cerca, nos llama y le escuchamos. Basta con que no seamos ciegos y sordos, basta con que permanezcamos con los brazos abiertos, basta con que susurremos: Ven Señor Jesús!

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