Martes 12 de Noviembre 2019

Palabras de Juan Mari Laboa en la presentación de "Por sus frutos les conoceréis"

Por: Juan María Laboa 12-11-2011

Durante mis cuarenta años de enseñanza de Historia de la Iglesia he sido consciente de que dedicábamos demasiado espacio a los personajes, a los avatares circunstanciales, a las instituciones y poco al alma, a la savia vital que recorre la vida de los cristianos y del cristianismo, es decir, a la vida de la gracia, al amor de Dios por el género humano y al amor de los hombres a Dios, a la caridad viva entre los creyentes. Probablemente, no insistimos en este tema fundamental porque es mucho más difícil de observar y de historiar. En este libro, sin embargo, intento centrarme en ese espíritu vital del cristianismo,  en la savia que alimenta la vida de los cristianos. Por otra parte, en nuestros días, imprescindible insistir en la ternura de Dios, en el amor que une a los cristianos y en su generosa entrega al bien de los demás seres humanos. La historia de la Iglesia, a menudo, no nos entusiasma, pero el amor y la bondad manifestada en la vida de tantos cristianos  confirma nuestra fe y nos reconforta.

La Iglesia debiera ser un espacio de comunión de los cristianos, de las comunidades cristianas. Cuando los cristianos viven y experimentan su fraternidad y son capaces de manifestar y extender su atención a todos los seres humanos, sobre todo, los más débiles, somos capaces de descubrir el auténtico testimonio de la paternidad de Dios y nos sentimos con la alegría de sentirnos sus hijos. La historia de nuestras comunidades a lo largo de veinte siglos nos enseña que el amor a Dios ha sido vivido silenciosa y eficazmente en innumerables cristianos anónimos que han conseguido que sus vecinos sintieran la cercanía de Dios y experimentaran la generosidad de los creyentes. El prestigio y la atracción que ejerce la Iglesia nunca es fruto de su grandeza, de su poder o de su capacidad de convocatoria, sino de su entrega y de su generosidad, nunca es fruto de la elocuencia de sus palabras sino de su capacidad de demostrar con su vida que Dios nos ama.

Aunque, a menudo, nos olvidemos de ello, la realidad es la verdad y no las palabras. El amor se muestra con actitudes y acciones, no con teorías. “Todo lo que os digan cumplidlo pero no imitéis sus obras”, repite Jesús a sus discípulos de hoy. El clero, en general, predica permanentemente sobre la importancia del amor, pero resulta más difícil que nuestro pueblo se sienta amado por ellos. Son expertos en las palabras, pero, a menudo, nuestras comunidades constituyen espacios de intrigas, de indiferencia, de egoísmos varios. A veces nos convertimos en una escuela de verdades, pero no de amor vivido; nos atrincheramos en la ortodoxia, olvidándonos de la caridad y del amor fraterno, aunque, ciertamente, en nuestra historia nunca han faltado los cuarenta justos ni tantos seguidores de Jesús ocultos con él y en él. Nunca podremos olvidar en nuestra visión del cristianismo a Francisco de Asís, el gran discípulo de Cristo, ni a tantos testigos deslumbrantes del amor de Dios que en el mundo han sido. 

Cuando recorremos el pasado y lo comparamos con la actualidad, nos resulta imposible imaginarnos a Cristo como legislador y leguleyo de las minucias. Habló de un Padre que acoge permanentemente a tantos pródigos, acogió a todos, dispensó la lluvia de sus gracias a cuantos le encontraron, corrió tras las ovejas perdidas, sin tener en cuenta a tantos puros institucionales que lo criticaron hasta odiarlo. Jesús no fue nada clerical sino que se convirtió en nuestro hermano universal y por esto sigue siendo el gran protagonista de nuestras vidas. Dios se debate en nuestra historia entre la justicia y la misericordia y nosotros difícilmente somos capaces de armonizar en nuestra conciencia estos dos atributos suyos. De hecho, a la Iglesia le ha salido más espontáneo ejercer la justicia, creyendo favorecer así la gloria de Dios, pero sin embargo, no cabe duda de que el Evangelio no deja de insistir en que Dios es amor, la única definición de dios existente en el Nuevo Testamento.

Como bien sabemos, la dirección, la liturgia, el poder, está, aparentemente, en manos del clero, pero, a lo largo de los dos mil años, la caridad, la entrega silenciosa, el amor materno, el sacrificio filial, lo han ejercido fundamentalmente los laicos. Ellos han sido los auténticos protagonistas de una Iglesia en la que ha abundado el pecado, pero, donde también, ha sobreabundado la gracia. Ha habido en nuestra historia tantos Kolbe que han entregado su vida para salvar las de otros, conscientes de que, de esta manera, se convertían en otros Cristos! 

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