Miércoles 21 de Noviembre 2018

PEDESTALES

Por: Dolores Aleixandre 17-11-2018

 

Reconozco una resistencia que raya en lo maniático hacia las imágenes espaciales (relativamente frecuentes en la Biblia ¡ay!) en las que para hablar de majestad, victoria o soberanía, aparece algo o alguien  bajo los pies de otro. A veces son los enemigos puestos “como estrado de tus pies” (Sal 110,2); o “Él tiene que reinar hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies” (1 Co 15,25). Otras veces es la dichosa serpiente aplastada por la mujer (Gen 3,15), mirándonos con ojillos malévolos desde las peanas de las estatuas. Ni siquiera el estar bajo las plantas  de  María me parece un buen sitio para la luna, aunque lo diga el Apocalipsis (Ap 12,2): de preguntárselo a ella,   creo que hubiera preferido verla allá arriba,  alumbrando las noches de verano en el cielo de Nazaret. Me parece peligroso ese lenguaje visual de sometimiento y dominio y la conclusión que suele sacar el necio es: Soy-más-que-tú-así-que-te-espachurro. Bastantes genes de prepotencia anidan ya en nosotros como para que nos los confirmen las esculturas, los cuadros o las estampas.

Además, no encuentro ni rastro de ese imaginario en el Evangelio, más bien todo lo contrario: a Judas, enemigo declarado de Jesús, él lo recibe en el huerto llamándole amigo, no dándole un pisotón. A sus discípulos, dispuestos siempre a encaramarse a cualquier podio con tal de sobresalir,  les conmina a ponerse en el último lugar al servicio de todos.  Y él mismo no encontrará un gesto más elocuente que el de quitarse el manto y arrodillarse a los pies de sus amigos para lavárselos.

Estoy en total acuerdo con lo que decía aquí hace poco Jesús Martínez Gordo: “La intensidad y extensión del dolor provocado (por la pederastia) y el arraigo de la complicidad institucional han evidenciado que tan depravada praxis, descaradamente verticalista y absolutista,  nada tiene que ver con lo dicho, hecho y recomendado por Jesús y sí mucho con el modo de proceder heredado del absolutismo”.

Conclusión del sabio:- ¿Pedestales? No, gracias. Ya he visto que todos llevan una pegatina que avisa: “Tonto-el-que-se-suba”.


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EPITAFIANDOME

Por: Jose Maria Marquez Vigil 08-11-2018

Parece un estado de wasap: trabajando, descansando, viajando… Pero, sabiendo que antes o después, llegará un día nuestra hora, ¿no deberíamos también pensar en “epitafiarnos”?

Al final la vida misma, nuestros seres queridos y los menos queridos, el paso por este mundo y la huella que hayamos dejado, se encargarán de retratarnos realmente, pero siempre podemos dejar un prólogo anterior a ese epitafio definitivo. Puede ser corto como aquél “Perdone que no me levante” de Groucho Marx, o un poco más largo para los que deseamos seguir presentes y pretendamos ser a menudo el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, y el maestro de ceremonias en ambos casos…

Los que no podamos incluir como último recuerdo un “Ilustrísimo” o “Muy Respetable”, ni un “Grande de España”, ni tampoco un “Honoris causa” o “Reverendísimo”, tendremos que conformarnos con algo mucho más vulgar, tipo: Aquí yace “el Barbas” hijo de “el Marras” y la “Lolu”, marido de “la Flaca” y presunto padre de 5 grandísimos “Pitutis”. Tus desolados acreedores no te olvidan.

Asistí el otro día a un pase especial de la película “Morir para contar”, de Hernán Zin. Una película muy recomendable en la que numerosos reporteros de guerra se preguntan sobre su vocación, la razón última que les lleva a superar el miedo, la atracción de la aventura y la transcendencia, y el enorme coste que tiene en términos de distancia e incomprensión con la familia y amigos, el trauma que provoca, el pánico y la angustia de una adicción que te hace grande e insignificante a la vez, héroe y villano, superhombre y muñeco de trapo…

Con algunos episodios de enfermedades graves entre los voluntarios que he conocido, con un secuestro de una voluntaria, nuestra Ainhoa en Mali, y con el terrible asesinato de nuestra querida Lore en Afganistán, me preguntaba si no nos pasa algo similar a los que participamos a diario en otra peli muy semejante: “Morir para dar”. ¿Por qué nos metemos en “la boca del lobo”?

Los reporteros de guerra se preguntaban en el documental si podía haber cierto egoísmo a la hora de seguir su vocación y dejar a la familia… Esa escena se me aparece una y otra vez mientras preparo mi próximo viaje a Africa, con el recuerdo de mi hija Maaiki repitiéndome: “Papá, ¡No vayas a Sudán del Sur! ¡Allí están en guerra! ¡No quiero que vayas!”. Yo no quiero defraudarla… Me pregunto si se trata de una reacción egoísta y leo el Evangelio del día: “…los últimos serán los primeros”. En Sudán del Sur y en tantos otros países africanos es donde están los últimos. Ahí nacen cada día en pesebres como el de Belén, ahí sufren un martirio continuo, y es ahí donde me dirige el recuerdo de la Madre Teresa: “Lo hacemos por Jesús. Tuve hambre, tuve sed, fui forastero…”. Tampoco a ella quiero defraudarla…

Leo una noticia en el periódico digital. Ha fallecido a los 99 años J. Ronneberg, jefe del comando que saboteó “la bomba atómica de Hitler”, los llamados “héroes de Telemark”. Podríamos titular la peli de este tercer grupo, la de los héroes de guerra, “Morir para salvar”... ¿Y si su hija le hubiera pedido que no fuera? Salvando las distancias, ¿podríamos decir que era un egoísta? Cada uno tiene sus talentos, y no los debería enterrar. 

Está claro que mis talentos no son comparables a los de ese Capitán Trueno noruego… Es verdad que cada viaje se convierte en algún hospital, varias escuelas, nuevos donantes y voluntarios, miles de vidas que pueden cambiar… Aunque si yo no voy irá otro, y si no financiamos nosotros esa Escuela, probablemente otros la financiarán… ¡Y tampoco son comparables los riesgos! Siempre te comparas con lo que conoces, en este caso con las Misioneras que están ahí, que viajan, que se entregan, que hacen lo que deben hacer y no se hacen más preguntas… Y si ellas siguen esa llamada todos los días, ¿yo no debería escucharla al menos unas semanas?

No creo que sea por egoísmo. Tengo la enorme suerte de tener fe y saber que debo seguir esa voz, visitar a estas heroínas (las Misioneras) aunque el camino no siempre sea cómodo, pedir por las familias que ahí malviven a diario, ¡y pedir también por ellos a mi vuelta! “¡Pedid y se os dará!” Yo ya lo tengo todo y no puedo pedir por mi. Pido por los que realmente necesitan ayuda, y para eso tendremos que dar de beber al sediento, ahí donde malvive… Y no defraudar nunca a nuestros seres queridos, a los que queremos con toda nuestra alma. Es por eso que queremos agrandar en lo posible ese “alma”, o al menos no empequeñecerla haciendo oídos sordos a la llamada que llega con los vientos del Sur…

Los que tenemos la suerte de creer en la vida eterna deberíamos apuntarnos al casting de una cuarta película: “Morir para Vivir”. Es un camino de ida y vuelta, no es un “adiós” sino un “con Dios”, un camino de amor para acompañar siempre a los que amas tanto que no quieres despegarte nunca de ellos. Ese “siempre” y este “nunca” pertenecen al guion de esta cuarta película, el documental dirigido por el Padre, con el alma como protagonista principal…

 
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