Miércoles 21 de Noviembre 2018

INDIOS Y VAQUEROS

Por: Santos Urias 28-05-2018

 

Aun recuerdo con mucho cariño esas películas de después de comer donde se peleaban los indios americanos con los pistoleros o las familias bonachonas que acampaban en sus tierras y en las que casi siempre terminaba acudiendo el séptimo de caballería presto al rescate de las amenazadas cabelleras. Todo estaba claro: buenos y malos malísimos sin mezcla ni confusión. 

El tiempo y, sobretodo, la vida me ha ido enseñando con su sabiduría que ese lenguaje maniqueista era sólo para los telefilmes y que la realidad dista mucho de esa tendencia a colocar a la gente en dos grupos: los buenos y los malos. Políticos, artistas, feministas, gays, curas, musulmanes, Podemitas, PPeros, pijos, catalanes, andaluces, perroflautas, okupas, jubilados, cantamañanas, guiris, raperos, escritores, monárquicos, republicanos, inmigrantes, futboleros, animalistas, animales, arquitectos, ingenieros, albañiles y armadores… Estamos ante personas. Algunos actúan movidos por la solidaridad, la lealtad, el buen hacer, la libertad interior. Otros se dejan llevar de los rencores, los prejuicios, los complejos, los instintos más básicos y denigrantes. Pero en todos estos grupos, sectores, colectivos hay indios y vaqueros y hay de aquel que se erige en juez de los demás creyéndose más puro, más santo, tardara en quitarse la viga que no le deja ver y que no le permite acoger, dialogar y aceptar sin condena previa.

Pasando más tiempo y más vida incluso das un pasito hacia adelante. No se trata ya de colectivos, grupos o sectores, la batalla, como bien diría el maestro Ignacio de Loyola, se libra en el interior y en cada uno de nosotros. Los indios y los vaqueros son esas dos banderas que pugnan por el bien o por el mal cada día, en nuestras decisiones, en nuestras omisiones, en nuestras luchas. Es entonces cuando empieza la vida a funcionar con otras claves y la misericordia se convierte en un motor que transforma la debilidad propia y ajena. 

 

Luego te enteras que los indios eran supuestamente los buenos, que eran sus tierras, que les llevaron a las reservas y caes en la tentación de montar una productora y ponerte a hacer pelis en que todos los indios sean buenos y los vaqueros y sus familias unos desgraciados asesinos. Pero eso, si acaso, ya lo contamos en otra ocasión que esta ya ha tenido lo suyo.

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SUEÑOS E INSOMNIOS SOBRE LA VIDA RELIGIOSA

Por: Dolores Aleixandre 16-05-2018

“Ahí viene el soñador”, dijeron los hermanos de José al verle venir hacia ellos. No es el único personaje al que la Biblia relaciona con los sueños: soñó Abrán que Dios lo bendecía aunque aún no había recibido su nombre definitivo (Gen 15,12); soñó Jacob y vio una escalera que comunicaba el cielo con la tierra (Gen 28,12); soñó el Faraón y vio vacas gordas y vacas flacas pastando  junto al Nilo (Gen 41,2-3); soñó Nabucodonosor y se agobió tanto, que buscó a Daniel para que le explicara su pesadilla (Dn 2,1); habló Joel (y con lenguaje inclusivo, qué detalle) de un pueblo en el que iban a profetizar jóvenes y muchachas (Jl 3,1). 

            En el NT  sueña José y se despierta decidido a llevarse a María a su casa (Mt 2,12); sueñan los Magos y, al cambiar de camino en su retorno, se libran de los desvaríos de Herodes (Mt 2,12); vuelve a soñar José y descubre que ha llegado el tiempo de volver a Nazaret (Mt 2,19); sueña la mujer de Pilatos y su sueño la alarma porque están condenando al Inocente (Mt 27,19).

Y aquí andamos hoy los que vivimos esta vida un poco rara que calificamos, con más o menos acierto, como  de seguimiento, empeñados unas veces en seguir soñando y sin pegar ojo otras, porque el futuro que entrevemos nos provoca insomnio y el presente en ocasiones también. 

“- Cuenta las estrellas si puedes”, le había dicho el Señor a Abrán, pero nosotros refunfuñamos por lo bajo: - Pues sí que estamos para ponernos a contar, si nos sobran dedos de la mano para contar a la gente en formación.  Y encima, instalados hace años en el punto B del sueño del faraón: solo vacas flacas y con poca pinta de engordar y aumentar, por más planes de pastoral vocacional en los que nos atareamos.

 Afortunadamente, si no son nuestras fantasías sino Otro quien los inspira, los sueños siguen ahí,  tenaces y persistentes, sosteniendo nuestros desánimos y sin darnos tregua hasta que los hagamos realidad. Esto hemos aprendido de los soñadores bíblicos:

a plantar nuestra escalera bien abajo  pero en comunicación con lo de arriba; con las raíces en lo humano, en medio de la gente, respirando sus mismas búsquedas, participando de sus esperanzas y de sus problemas. Porque eso es ya innegociable y no hay retroceso posible hacia un espiritualismo etéreo, ni hacia un secularismo reseco y despalabrado.   

a repetir con la terquedad de Habacuc: “- Aunque los campos no dan cosechas y no quedan vacas en el establo, yo festejaré al Señor gozando con mi Dios salvador” (Ha 3,18).  

a buscar otros caminos diversos de los ya recorridos, aunque supongan cambios, riesgos y desconciertos.  

-a dar libertad a los jóvenes para que profeticen y a ellas  para que tengan visiones, sin chafarles los sueños con lo de que “eso ya lo soñamos los de nuestra generación, y salió fatal”.  

a acoger con una alegría nueva en nuestra casa a esos huéspedes,  Jesús y su Madre, que son sus únicos dueños (y los otros okupas, que salgan zumbando). 

a volver al Nazaret de nuestros orígenes, con el mismo brillo en los ojos de quienes iniciaron la aventura, pidiéndoles que se encarguen de  re-encantar al novicio/a que fuimos, pero con la madurez que nos han dado muchos años de relación y de amor

a entregar la vida en el servicio a los inocentes de hoy, condenados injustamente por el pecado del mundo. 

a reconocer como tiempo de gracia el que ahora  nos toca vivir.

 

Para terminar, una conjetura: quizá Jesús, mientras cruzaba el lago con sus amigos, rezaba el salmo 126:  “Si el Señor no construye la casa ni guarda la ciudad, son inútiles nuestros agobios: sus dones vienen a nosotros durante el sueño…” Y por eso dormía tan tranquilamente en la barca, en medio de la tempestad.

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RECADOS

Por: Dolores Aleixandre 05-05-2018

Tenemos muy leídos y releídos los relatos pascuales pero quizá hemos agudizado menos el oído para captar las modalidades del tejido sonoro que brota de ellos,  la "ebullición comunicativa" que transmiten, el rumor creciente que avanza como por ondas concéntricas y que va alcanzando cada vez a más gente. Si nos centramos ahí,  a lo mejor nos sorprende la frecuencia con que aparece el género recado,  “mensaje que se envía o se recibe de palabra o por escrito y en el que se da una respuesta o se comunica una noticia” según la RAE.  Si nos hubieran encargado a nosotros de componer la banda sonora del kerygma pascual, inclinados como somos a la pompa y al fasto,  seguramente  habríamos insertado  himnos triunfales y corales apoteósicas, mucho más acordes con nuestra idea de lo que  merece  algo tan decisivo y trascendente: ¿Darlo a conocer a  través  del formato modesto  de un recado? ¡Hasta ahí podíamos llegar! 

Pero los textos están ahí,  impertérritos en su elección de ese modesto formato como vehículo preferido del anuncio pascual. Es un ángel quien inaugura el género y encomienda su contenido a las mujeres: “Id corriendo a anunciar a los discípulos que ha resucitado y que irá por delante a Galilea: allí lo veréis. Este es mi mensaje” (Mt 28,7) “Id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea” (Mc 16,7). Más tarde es Jesús mismo quien reincide en el género y elige como depositarias del recado primero al grupo de mujeres y después a María Magdalena: “Id a  avisar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28,10). “Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20,17).

 

No esperemos  voces de  orfeón, proclamaciones majestuosas ni pregones sublimes: los mensajes del Viviente nos esperan escondidos en los rincones de nuestra vida cotidiana, en  lugares tan corrientes como son, en palabras de Francisco, los  vecinos de la puerta de al lado.

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El acueducto de Segovia

Por: Alfonso Carcasona 02-05-2018

Construido como todo el mundo sabe por los romanos hace más de 2.200 años,  no tenía el propósito de ser admirado por su belleza, sino como canalización de agua.

Probablemente su constructor no pensó en que 2.200 años después sería considerado una de las maravillas del  mundo, una obra icónica de la ciudad a la que abastecía, pero así es. El telediario de hoy anunciaba que está en peligro debido a los turistas que escalan sus piedras. Orgullosos, muestran sus selfies y los que entrevistan ni siquiera se plantean el daño que pueden hacer, y no entienden que se les prohíba subirse al mismo. Hará falta una ordenanza municipal, e imagino que unas vallas, para evitar su deterioro.

Josep Maria Esquirol en su libro “La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana”  (Ed. Acantilado) señala que “…la satisfacción suele ser mayor al ser compartida”. Cierto, pero hoy la satisfacción no es mayor si es compartida, sólo es satisfacción si es compartida, con independencia del subyacente que provoque la satisfacción. No admiro el acueducto de Segovia y con ello obtengo satisfacción. Obtengo la satisfacción  compartiendo el selfie, mostrando al mundo lo feliz y aventurero que soy. 

Hoy viajamos como nunca en la historia de la humanidad. Tenemos a nuestro alcance, en nuestros dedos, la posibilidad de conocer prácticamente cualquier cosa. Sin embargo, sólo nos importa acumular cantidades de imágenes. No nos importa la calidad de nuestro conocimiento. Como dice Ángel Gabilondo en su libro “Palabras a Mano” (Ed. Seix Barral), al viajar nos hemos hecho “… incapaces de deambular, de permanecer, de insistir, de dejarnos habitar por un rincón, por un silencio, por una mirada, por una bebida, por una palabra…”, por un acueducto milenario del que no sabremos ni respetaremos su  historia. No gozamos de su belleza, no nos admiramos de su ingeniería, no nos preguntamos cómo se construyó y cómo sigue vigente hoy. 

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