Jueves 26 de Abril 2018

DE LOS NOMBRES DE CRISTO

Por: Dolores Aleixandre 17-04-2018

Tenemos muy reciente la Semana Santa y  quizá nos hemos sentido sumergidos en el inevitable discurso que emerge cada año amenazando con teñir de color morado a quienes la celebramos. Con suerte y si en la parroquia había sensibilidad musical, puede que ya no hayamos escuchado lo de “No estés eternamente enojaaaaado”,   pero lo más probable es que junto al nombre  de Jesús se hayan pronunciado palabras como víctima, inmolación, expiación, reparación, sacrificio o satisfacción. Es un lenguaje de larga tradición pero no es el único: junto a él  existen otras maneras de nombrar a Jesús sin despegarnos de lo que nos cuentan de él los evangelios y aún estamos a tiempo de recordarlos:

El Despierto  (el Lúcido, el Consciente, el Enterado…). Resulta llamativa la insistencia de los evangelistas en dejar claro que Jesús se daba cuenta de lo que se le venía encima, que no era un inconsciente, que no le pilló de sorpresa.  El gran salto de conciencia le llegó a través de la mujer  que  ungió su cabeza con perfume durante un banquete en Betania (Mc 14,1-11). El gesto evocaba lo que habían hecho los profetas con los reyes de Israel,  pero él lo leyó de otra manera: era un aviso de que su vida estaba a punto de ser derramada como aquel perfume  y le quedaba poco para ser ungido antes de su sepultura. Lo intuye Juan cuando anuncia con solemnidad: “Era la víspera de la fiesta de la pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre…” (Jn 13,1). Es la versión evangélica del Sutra budista  de la Plena Conciencia: “Cuando respiro, soy plenamente consciente de que respiro…” y él podía decir: “Cuando me levanto de la mesa y me quito el manto para lavar los pies de los míos,  soy plenamente consciente de que los estoy queriendo más allá de lo que creí que podía llegar a quererlos…”

El Descartado. El término, familiar ya gracias a Francisco, evoca un largo proceso de conspiraciones, tramas, maniobras, traiciones y pactos entre sus enemigos. En torno a Jesús se fue tejiendo una red siniestra, hábilmente justificada  con argumentos y razones políticas“Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”,  había sentenciado Caifás.  Hay que descalificarlo hasta convertirle en sospechoso, en encausado y presunto imputado; no sabrá defenderse de las calumnias y será fácil demostrar su culpabilidad, conseguir sentencia firme y un linchamiento popular  hasta quitárnoslo de en medio.  “¿No oyes de cuantas cosas te acusan? – le dijo Pilato- . Pero él permanecía en silencio”  (Mt 27,14). Estaba envuelto en  el silencio como en un manto real, ese manto en el que siguen envueltos hoy los descartados de nuestro mundo.

El Vacío Quizá mejor el Vaciado, el Desfondado, el Quebrantado, el Hundido.  Lo escribe Pablo sobrecogido: “Se vació de sí mismo,  tomó la condición de esclavo” (Fil 2,20). Tumbado entre los olivos del huerto, despojado de fuerzas y de ánimo, siguió empujando su confianza hasta los límites de lo imposible. “No llevéis alforja, ni dos túnicas…” había aconsejado a los suyos: él subió sin alforja al monte y la túnica se la arrancaron antes de crucificarle, para qué la quería ya. Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí”,  había dicho Job (1,20). También a él un Seno materno le recogía, desnudo,  al final de la noche.

 

El Eufórico. La raíz griega va más allá de un estado de ánimo propenso al optimismo: euforos  es alguien que ha llevado bien una carga, que ha conseguido buenos resultados, que es portador de algo bueno (frutos, noticias felices, alegría…). Cuántas razones tenía el Viviente en la mañana del Primer día de la semana para recibir ese nombre. Cuántas razones tenemos también nosotros para vivir junto a él su euforia pascual.

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SOLTAR

Por: Dolores Aleixandre 05-04-2018

"He quitado de mi vida muchas cosas inútiles y Dios se ha acercado a ver lo que pasaba".  Leo estas palabras de Christian Bobin en vísperas de la Pascua y acuden a mi memoria muchas otras de procedencias dispares pero con un punto de coincidencia en ese verbo de ardua conjugación: soltar con su cortejo de sinónimos: dejar, desasir, desprenderse, desatarse, abandonarse… Nosotros solemos preferir sus antónimos: retener, guardar, aferrarnos, reservar, sujetar y lo hacemos con determinación y a veces hasta con ferocidad, sin distinguir tantas veces si aquello a lo que nos agarramos tiene la consistencia de una cuerda o la fragilidad de un hilillo. Y ya avisaba Juan de la Cruz de que ninguna de esas ataduras dejan volar al pájaro.

Rilke hablaba del aprendizaje siempre pendiente  de dejarse caer para pacientemente descansar en la gravedad”.  Thomas Merton lo refleja en su Diario de Asia con esta anécdota pintoresca: “Trungpa Rimpoche, un lama tibetano, tuvo que huir a la India y el monje que lo acompañaba llevaba una caravana de cerca de 25 yaks cargados con todo tipo de provisiones. El lama le dijo: - No vamos a ser capaces de llevar todos esos yaks: tendremos que vadear y atravesar ríos a nado y necesitamos viajar ligeros. El otro repuso: - Tenemos que llevarlos, tenemos que comer.  Emprendieron el viaje y, cuando los comunistas chinos vieron la caravana de yaks por el camino, los requisaron. Pero el lama ya no estaba allí: se había adelantado,  se encontraba nadando en un río y escapó”.

Escapó también aquel muchacho envuelto en una sábana que seguía a Jesús en el huerto y que, cuando intentaron agarrarle, soltó la sábana y escapó desnudo (Mc 14,51-52).

Un personaje misterioso en el que podemos contemplar una metáfora del propio Jesús que, despojado de todo, soltándolo todo,  atraviesa desnudo y libre su Pasión. “El Hijo ha renunciado a toda previsión, dice Von Balthasar, ha dejado toda pro-videncia al Padre que lo envía y lo conduce. Esto le otorga un arrojo infinito, ya no necesita preocuparse por los muros de contradicción, dolor, fracaso y muerte pues el Padre que le guía,  le recoge al final extremo de la noche”. Y en esas manos él había aprendido a dejarse caer.

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BLASFEMANDO UN POCO

Por: Jose Maria Marquez Vigil 05-04-2018

Pasada ya la Semana Santa, iba el martes por la mañana en el coche escuchando en el portal “rezandovoy.org” el episodio del Evangelio en el que María se encuentra con Jesús resucitado. El resto de la semana he seguido escuchando o leyendo otros testimonios de diferentes discípulos que se lo encuentran e incluso comen con Él.

Según los Evangelistas fue así como ocurrió. Pero hay otra versión, ya que el propio Evangelio reconoce que los judíos acusaron a los discípulos de haber robado el cuerpo mientras dormían los centinelas. No deberíamos desecharla como hipótesis posible, puesto que todos los testigos eran partidarios de Jesús, sus discípulos, y por tanto podían tener un interés en tratar de demostrar su resurrección.

A pesar de ser cristiano, como jurista y economista debería analizar todas las hipótesis teniendo en cuenta el interés personal de los testigos, y en el caso que yo mismo tenga también un interés porque me guste demasiado una de las hipótesis, debería tener un plan B por si no fuera cierto lo que yo deseo (es el “worst case scenario” con el que contamos siempre los que hemos trabajado en el sector financiero).

Así que en la mañana del martes de Pascua me levanté un poquito blasfemo, negando hipotéticamente la resurrección de Jesús a pesar de que llevaba un par de días recibiendo whatsapps con videos e imágenes de todo tipo felicitándome por tal acontecimiento. Suena tal vez un poco fuerte lo de “levantarte blasfemo” pero el propio Jesús murió de esa enfermedad (o al menos de eso le acusaron), así que, ¿por qué no intentar seguir sus pasos de vez en cuando también por esta vía?

En mi casa tuve desde niño cierta exposición a “blasfemias” de ese tipo. Mi padre, médico psicoanalista freudiano, nos “abría la mente” para que nos hiciéramos preguntas. ¿Por qué van unos astrólogos de Oriente a visitar a una joven mujer judía? Revisaba la versión del Evangelio y dejaba otras teorías sobre la mesa, desde la puesta en duda de la virginidad de María, hasta la posibilidad de que hubiera sido sometida a algún tipo de fecundación in vitro por una civilización más avanzada a la que pertenecían los astrólogos que fueron a visitar al niño en el Pesebre, el Arcángel San Gabriel responsable de su fecundación, o los maestros que hubiera podido tener Jesús durante su formación en Oriente antes de regresar para su bautismo con otro que pudo correr su misma suerte con anterioridad: San Juan Bautista.

Pero si pongo en duda la Virginidad de María y la Resurrección, y si hiciera lo mismo con alguno de los milagros de Jesús, ¿en qué se convierte “mi catolicismo”? ¿Dejaría de ser una religión revelada para convertirse en una filosofía de vida? ¿Una especie de curso de Yoga con sotana?

Frente a los que le criticaban por haberse inventado un “amigo invisible”, un buen amigo defendía que, si los discípulos murieron todos ellos de un modo tan horrible, algo habrían visto para no temer a la muerte. Pero también lo hicieron los espartanos, defendiendo con la vida sus ideales sin haber visto ninguna resurrección de ninguno de sus dioses. Y los catalanes independentistas defendiendo sus ideas en Suiza o Belgica… Bueno, quizás estos últimos no tanto… ;-)

Yo vuelvo a mi Plan B, e incluso estos días que me levanto un poco blasfemo, abrazo la Cruz y disfruto de mis oraciones que me acercan al Padre. ¿A qué “Padre” entonces?

Es que yo no “necesito” una madre Virgen para que Jesús sea “hijo del Padre”. Según el análisis freudiando de mi padre terrenal, se trataría de una “necesidad edípica”. Pero sobre todo, tampoco necesito que Jesús resucitado se pasee entre los discípulos y coma con ellos. Jesús hablaba siempre en parábolas, y a menudo hablaba de las semillas… Una semilla muere y da fruto, y pasa a otra dimensión diferente para convertirse primero en una fea raíz que da lugar a un sólido tronco, con una verde copa llena de ramas con hojas, con brotes que ahora en primavera se convierten en bonitas flores que pasan a su vez a transformarse en jugosos frutos a los que acuden revoloteando los pájaros para alimentar a sus crías en los nidos... ¡Es imposible que las semillas bajo tierra sean capaces de comprender todo este “paraíso”! Pero este fruto, o esta flor, o el brote o la rama, no “resucitan” en esa diminuta semilla de la que surgieron para volver a la tierra a decirles a otras semillas que la toquen, que está viva en otra dimensión bajo otra apariencia que, bajo tierra, “sus discípulas semillas” no serían capaces de entender.

 

A mí personalmente me basta con ver la semilla morir, sentir la frescura de la raíz, percibir la tierra fertilizada por las hojas y las frutas que caen o por los excrementos de los pájaros, rezar y escuchar la savia que circula por el árbol… Por supuesto que me gusta vivir la Semana Santa y el Domingo de Resurrección, pero me quedo también en el peor de los casos con mi plan B, sin necesidad de tocar como Santo Tomás, comprendiendo la resurrección como una prórroga en otra dimensión en la que, gracias a ese crack que marca goles de chilena con humildad y es a su vez un muro en la defensa, ganaremos finalmente ese partido en el que el tiempo añadido es además infinito.

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El Bajísimo

Por: Alfonso Carcasona 02-04-2018

Hace un par de años  coincidí con un amigo de las Clarisas de Belorado –que ya lo es mío- . Me envió a los pocos días por correo un pdf que contenía el libro “El Bajísimo”, escrito por un desconocido en aquel entonces para mi, Christian Bobin. 

He de reconocer que la primera página no me  resultó nada atrayente, y el hecho de que estuviese mal fotocopiada (había que girar la pantalla del ordenador para leerlo), tampoco me invitó a proseguir la lectura. No soy amigo de leer pdf de libros.

Paseando con mis amigos en una de nuestras populares “clásicas sabatinas”, descubrí la librería Los editores, en la calle Gurtubay de Madrid. Se trata de un pequeño local regentado por unas empedernidas y encantadoras lectoras, que tenía el libro en el top ten de sus libros más recomendados (al estilo de los best sellers en el Corte Inglés). Me volví a encontrar con ese versículo del libro de Tobías (Tb 6,1), que abre el libro, y que no había entendido entonces. Por alguna razón  me recordó al pdf que había abandonado enseguida hacia tiempo. Sin embargo, el estar prologado por José Arregui, al que había conocido en Aránzazu, me empujó a comprarlo y darle una nueva oportunidad.  Está editado por  El Gallo de Oro, y soberbiamente traducido –en mi humilde opinión- por Alicia Martínez.

Agradezco enormemente a la Providencia que me pusiera delante de este libro, que he degustado varias veces, encontrando belleza distinta en cada una de sus lecturas. Bobin ha pasado ha ser uno de mis autores de referencia, no sólo por éste, mi favorito, sino por otros como Autobiografía con radiador, o Elogio de la nada.

 

En el Bajísimo se para el tiempo. Desde el mismo título de la obra, contrapuesto al Altísimo, con que habitualmente invocaba Francisco al Señor.  Él se consideró siempre el último, el más pequeño, el más bajo. Sin duda, de las muchas biografías que existen del santo, él se quedaría con este título. Dada su naturaleza trovadora y poética, no tengo la menor duda de que disfrutaría de la sencillez y belleza, belleza y sencillez, de su lectura.

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