Martes 21 de Noviembre 2017

VERANEAR EN LA ACERA

Por: Dolores Aleixandre 19-11-2017

 

En un bajo comercial sin rematar enfrente de mi casa, vive hace mucho una pareja de jubilados,  muy enfadados con la vida en general y con la vecindad en particular.  Motivos tienen porque los vecinos de su bloque han recogido firmas para echarles,  pero  no pueden porque el local es suyo. Desde que vivo en esta casa los veo veranear en la acera: en cuanto llega el calor, sacan  dos silloncitos de plástico y se sientan a leer, uno detrás del otro porque la acera es estrecha, cambiándose de un lado al otro según les dé la sombra. Cuando me marcho de vacaciones,  ahí los dejo y cuando vuelvo ahí siguen, como un recordatorio de que, mientras unos vamos y venimos, otros siguen ahí impertérritos; o pertérritos,  pero sin más opción que aguantarse. Viene bien recordarlo para no generalizar nuestros privilegios, los de veraneo por ejemplo: vivir unos días sin la presión de las obligaciones cotidianas, respirar otro aire y conocer otra gente, disfrutar la primera espuma de una cerveza, mirar otro paisaje.  “Nosotros, los imaginarios...”, decía una señora de un barrio confundiendo la palabra marginados. O quizá no andaba confundida,  porque una de las experiencias más fuertes de los que viven en la cultura de la pobreza es precisamente sentir su invisibilidad, su no-existencia.

No está en mi mano solucionar los problemas de mis vecinos y los intentos de aproximación que hemos hecho desde la comunidad han fracasado. Me queda al menos la seguridad de que cada uno de los que veranean en las aceras de nuestro mundo va a  escuchar un día estas palabras: “Ven a sentarte a mi sombra, hijo: has afrontado animosamente la vida,  entra en el veraneo de tu Señor”.

 
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CON LAS TRIPAS

Por: Santos Urias 06-11-2017

Las tripas. Las entrañas. Lo que ayuda a digerir. Las que nos hacen llevarnos las manos a la barriga. Las que se asocian con las emociones. Las que mueven gran parte de nuestras opciones y de nuestras locuras.

La cabeza. La que racionaliza. La que mide. La que mira con más objetividad. La que también sueña, dispone, propone, decide. La que observa y pondera con equilibrio y serenidad.

Una cuerda imaginaria une estas dos realidades de nuestra vida. Una cuerda que cuando esta afinada suena con armonía y belleza. Pero cuando está desafinada animaliza o provoca neurosis, paranoias y trastornos evidentes.

Vivimos en una sociedad donde las libertades son una carta de presentación asumida. Donde la convivencia en democracia y los derechos se han consolidado a lo largo de los años. Donde la capacidad de expresarse sobrepasa incluso a veces los límites del respeto y nadie sufre persecución más allá de la injuria o la amenaza. Pensar con las tripas es no reconocer esto. Es desafinar la cuerda hasta no ver la realidad y instalarse en un mundo paralelo. Y es verdad que muchas veces estamos en mundos paralelos. Se necesitan afinadores no flautistas de Hamelin o cantos de sirena que luego se escandalizan por chocar contra las rocas. Poner cuerda y cordura. Pinchar las burbujas mentirosas, excluyentes, insolidarias, disfrazadas de princesa pero con corazón de bruja. 

Sufro viendo a tantos y tan buenos amigos invadidos por la bilis. Palabras manoseadas, ultrajadas, manipuladas: paz, participación, libertad, derechos, democracia…

Mi pregunta es siempre más de estar por casa: ¿qué haría Jesús?

Intento seguir afinando y sacar un sonido armónico, limpio, bello, inclusivo y fraternal. En clave de Sol.

 

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VIDA ETERNA

Por: Dolores Aleixandre 02-11-2017

 

Cuenta el Evangelio que en dos ocasiones un maestro de la ley y un joven rico,  preguntaron a Jesús cómo “heredar vida eterna”: al primero lo remitió a las cunetas de los caminos haciéndose cargo de la gente herida;  al otro le propuso algo aún más difícil: “suelta, deja, hazte libre, vente conmigo”. – “Qué fuerte, tú”   piensan algunos, y se ponen a buscar posibilidades de última generación: este verano se ha celebrado en San Diego, California, un Congreso para la vida eterna  con asistencia de 2.000 personas.  No piensen que lo han organizado los mormones o los adventistas del Séptimo día, sino el Millennium  Project liderado por un tal Sr. Cordeiro: en su ponencia ha confirmado la existencia de experimentos con ratones en los que se consigue triplicar su esperanza de vida. Su conclusión es que está próximo el momento en que la ciencia le ganará la batalla a la muerte y podremos elegir entre morir o vivir eternamente: quien quiera morir, morirá, y quien desee seguir viviendo, será inmortal y encima tendrá un aspecto juvenil, sin apariencia de anciano ni nada por el estilo. De momento, una señora en EEUU  se está pagando ya con su dinero y riesgo para su vida, un tratamiento que consiste en inyectarse  telomerasa, una enzima que vuelve a hacer que los telómeros crezcan. Siento no poder ofrecerles, por  falta de espacio, más información sobre los telómeros  pero les remito al Sr. Cordeiro que seguramente lo hará con gusto, y aún más si se deciden a participar en el experimento. 

Me parece más provechoso dejar sitio a estas palabras de ese creyente sabio que fue Jose María Cabodevilla: “En este largo proceso de ruina, mientras van desplomándose las casas, los imperios, los alfabetos, he aquí que persiste, obstinada, terca, conmovedora en su fragilidad, una voz que es casi un susurro, una voz que es casi un secreto de familia, esa certeza que van transmitiéndose las generaciones: Creo en la resurrección de los muertos”

 
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