Martes 21 de Noviembre 2017

SECRETOS

Por: Santos Urias 25-04-2017

Confiar un secreto es como empujar una puerta o una ventana, o salir a campo abierto. Dejar que el aire corra y empape con su frescura los silencios.

Hay secretos muy distintos: secretos pequeños y absurdos; secretos esquivos y voladores; secretos hirientes y despiadados; secretos únicos y misteriosos. A veces se visten de colores para distraer la atención: de un rojo llameante que prende las palabras; o de un blanco refulgente que deslumbra los ojos; o de un tibio ocre que no atraiga los sentidos.

Los secretos salen a pasear y envuelven el misterio de cada persona porque cada persona es un misterio.

Soy escuchador de secretos. No es un título, no; es un regalo que te llega envuelto por la escucha y lazado por la confianza. Porque no se confía en cualquiera ¿verdad?

Los secretos con frecuencia sonríen en el corazón, pero la mayor parte del tiempo aguijonean tus entrañas. Es lo que sucede cuando sabes más de lo que se dice pero no puedes decir más de lo que se sabe.

Por eso yo los meto en una cajita: secretos compartidos; secretos solitarios; mis secretos; secretos a voces; secretos confesados; secretos inconfesables; y con reverencia y serenidad los pongo en las manos del Único que alcanza a contemplar todos nuestros secretos.

 
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¡Yo más que tú!

Por: Jose Maria Marquez Vigil 19-04-2017

Tengo un hijo adolescente terminando este año su etapa escolar. ¡Bienvenido a la cruda competencia con carrera de obstáculos y posibles atajos o zancadillas!

Cuando le veo estudiando para terminar el bachillerato y llegar con la mejor media posible a esa prueba de selectividad que en teoría habían quitado, me da la impresión que es la primera vez que se mete en este mundo de la competitividad del que ya, probablemente, nunca vuelva a escaparse. Según tu puntuación en el colegio y en la selectividad tendrás la posibilidad de ser médico, abogado, arquitecto o ingeniero, de estudiar en una privada si la capacidad económica de tus padres te lo permite, o de olvidarte de los estudios universitarios y buscar un oficio que te guste. Se le ve muy agobiado con todo esto, pero yo no me atrevo a decirle que esto es solo el comienzo. La competitividad también seguirá durante sus estudios universitarios en los que se meterá en una campana de Gauss, y también a la hora de elegir a su pareja en competitividad con “otros gallos en el corral”, o a la hora de elegir un trabajo o más bien que lo elijan a él entre miles de candidatos, y ya más adelante llegará la competitividad por la promoción laboral, conseguir una vivienda, etcétera.

En realidad esa competitividad surge mucho antes, pero en esta primera etapa la sufrimos los padres... Este hijo mío tuvo la suerte de vivir sus primeros años en África y probablemente no se enteró que en España los niños iban a un pediatra que les colocaba desde el primer día en un percentil... Así, desde el principio, se convertían en el 10% más alto o más bajo de la población, en el 20% más gordo o más delgado, o en el 30% más o menos guapo… Y un poco más tarde… ¡Qué suerte si consigues meter a tu hijo en esta escuela infantil que le dará puntos para poder estudiar en este colegio tan bueno!

Es verdad que todos nosotros nacimos siendo más que unos, y menos qué otros… Aparte de los percentiles que miden tu crecimiento, están las notas que miden tu capacidad intelectual o cognitiva, Facebook que mide el número de amig@s y de novi@s, o incluso Forbes que mide tu nivel de pasta, para los que estén en el Forbes… (el coche que conduces, la casa en la que vives, la marca de tu camiseta o el desgaste de tus zapatos pueden ser otros indicadores más habituales). Pero lo verdaderamente importante es medir la felicidad y para eso no han inventado aún una balanza que nos dé los percentiles en los que nos encontramos cada uno de nosotros.

El otro día me enviaron por whatsapp un link a una plataforma que hacía unas preguntas muy sencillas para un estudio sociológico de unos universitarios... ¿Cuál es tu grado de felicidad? ¿Tiene alguno de tus familiares cercanos una enfermedad importante? ¿Tienes dinero? ¿Nivel de estudios? ¿Tienes pareja estable? Parece que la felicidad se mide con esos tres baremos tan importantes que decía la canción. “Tres cosas hay en la vida, salud, dinero, y amor…”.

Pero a medida que vamos creciendo, nos encontramos que además de ser más altos o más bajos, y más gordos o más delgados, o más o menos ricos, también pasamos a ser más viejos que otros. Y eso sí que nos  en desventaja, sin ningún tipo de subjetivismo, porque el que va cumpliendo más años tiene más probabilidades de que su vida se vaya acortando poco a poco.

Tras vivir la Semana Santa nos queda el consuelo de que alguien que era más que todos los demás, Jesús, el Maestro, el más Bueno, el más Grande, el más Paciente, antes de llegar a viejo también murió... Pero tras el Viernes Santo llega ese Domingo de Resurrección y eso nos da también un plus a los más religiosos porque no es lo mismo el “límite cuando n tiende a 80” que el “límite cuando n tiende a infinito”, y en ese límite mayor, en este percentil infinito nos encontramos los creyentes.

Me mandaban el otro día otro whatsapp en el que definían la “Pascua” como el “Paso”. El “paso” de la muerte a la vida eterna, el paso de la indiferencia a la solidaridad, de la queja a la búsqueda de soluciones, el paso de la desconfianza al abrazo, del miedo al coraje… ¿Cómo puede ser que la encuesta de estos universitarios no preguntará sobre la fe del encuestado? Este “paso” puede ser también una ayuda para encontrar la felicidad, y como decía la canción a la que antes me refería: “… salud, dinero, y amor, y el que tenga esas tres cosas, ¡que le dé gracias a Dios!”

 
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Sin respeto no hay convivencia

Por: Juan María Laboa 17-04-2017

Hay eslóganes en sí indeterminados que resultan eficaces en una sociedad que piensa poco. Últimamente uno de ellos es “llamar al odio”, referida a juicios o expresiones o actuaciones que no gustan al que habla. A primeros de marzo un autobús de color naranja se ha paseado por Madrid con una afirmación gravada en su costado: “los niños tienen pene y las niñas vulva”. Inmediatamente se organizó una protesta acogida llamativamente por todos los medios de comunicación. El Ayuntamiento de Madrid, con insólita rapidez, prohibió su marcha por las calles de la ciudad, la policía inmovilizó el autobús y el fiscal de Madrid abrió la correspondiente investigación urgente por posible delito de odio. El Correo de Extremadura publicó un artículo que terminaba con esta frase: “Enhorabuena al activismo que lo ha frenado, a los partidos que han sabido responder y a la sociedad que ha tendido su mano a la tolerancia y el respeto”. Quiero subrayar solo esta frase para explicar mi reflexión de hoy.

Al mismo tiempo que este autobús iniciaba su corto recorrido por Madrid y coincidiendo con la reacción espontánea y, también, orquestada que comenta el citado artículo, en Las Palmas, durante los recientes carnavales una drag queen disfrazada de Virgen María que canta y baila impropiamente y, más tarde, en una escena que presentaba obscenamente la Crucifixión de Cristo, ataque público a lo más íntimo y sagrado de millones de españoles ganó el concurso de drag queens. Por otra parte, Javier Botella, concejal de Podemos, oficia una boda civil disfrazado de sacerdote con una bufanda del FC Barcelona a modo de estola eclesial en Puerto de Santa María.

No hablo de reparaciones o de actos de desagravio a Dios, porque estoy convencido de que por mucho que lo intentamos Dios no se siente agraviado por nuestras estupideces. Nadie escupe al cielo. Quiero referirme a los ciudadanos españoles creyentes, a sus derechos y atribuciones. La libertad religiosa, los derechos de los ciudadanos, la convivencia y el respeto mutuo, exigen que la fe, las creencias religiosas y las ideas de cada uno sean respetadas y defendidas públicamente. ¿No incita al odio la drag queen canaria o el concejal de un partido que acosa a los periodistas que los critican? ¿No tendrían que defender el respeto por las creencias religiosas, es decir, por la libertad religiosa, quienes con tanta diligencia atacan al autobús madrileño o defienden con tanto ardor actuaciones o ideas minoritarias?

Me desconcierta la parálisis de los católicos españoles que, no estando de acuerdo con el suceso canario ni con otros parecidos, aparentemente, no saben ni contestan y permanecen inermes, sean periodistas, tertulianos, profesores, intelectuales o personas públicas. Todos bajo el caparazón de la discreción o del temor a salir del armario. El déficit más grave de la comunidad católica española consiste en su deficiente conciencia de formar parte de una comunidad concreta y diferenciada, con sus valores y señas propias, que les obliga a vivir y aportar sus exigencias a la sociedad española a la que pertenecen con pleno derecho. Nuestra Iglesia arrastra una debilidad y una incoherencia destructiva si sus miembros no se sienten comprometidos con ella, con una identidad clara. Resulta incoherente una práctica religiosa personal sin ninguna pertenencia activa con a vida eclesial. Y también es incoherente su desinterés por defender los derechos de los ciudadanos, en primer lugar los suyos como creyentes. Más grave, aun si este desinterés coincide con un anticlericalismo anacrónico, pero activo en una izquierda que olvida, a menudo, su sentido social pero no sus fantasmas anticlericales más decadentes y obsoletos.

Un hijo adolescente de mi amigo José María, al escuchar su indignación por el suceso de las Palmas, le llamó carca. Aquí entramos de lleno en la formación de nuestros jóvenes. Es posible que estos jóvenes hablen también del peligro de inducir al odio, pero seguramente no se han parado a pensar en la necesidad de defender la libertad religiosa y la convivencia respetuosa de los ciudadanos. ¿Qué han tratado en las

clases de religión a las que han asistido? ¿Les suena a vejestorio la religión, la comunidad creyente, las creencias, sus ritos, su respeto?, y los adultos, los practicantes, ¿no sienten la urgencia de ser cristianos con mayor sentido de identidad? Contó Guillermo Rovirosa que un joven de la HOAC reaccionó con determinación al escuchar una blasfemia, y a la reacción” A ti ¿qué te importa? respondió. “¿Cómo no va a importarme si es mi Padre?”

 
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La fragilidad de las tertulias

Por: Juan María Laboa 03-04-2017

El lunes pasado, poco antes de la una y media del mediodía pasé por delante de una televisión y escuché una voz femenina que proclamaba: “el celibato es la causa de la corrupción de la Iglesia”. Quedé desconcertado y miré a la pantalla de TVE con el deseo de conocer a quien correspondía la sorprendente y rotunda afirmación.

Me encontré con cinco tertulianas decididas, ante un cartel con la inscripción “Amigas y conocidas”, que comentaban sonrientes, según comprendí enseguida, la respuesta del papa a un periodista del periódico alemán Die Zeit:”debemos analizar si los “viri probati” son una posibilidad y también debemos establecer cuáles tareas podrían asumir, por ejemplo en comunidades aisladas”. Una afirmación tan matizada y que ha sido planteada por los últimos papas con motivo de la situación dramática de tantas comunidades que no pueden participar de la Eucaristía por la disminución drástica de sacerdotes, dio paso a una manifestación frívola y decididamente falsa: “el celibato es la causa de la corrupción existente en la Iglesia”, olvidando que, desde los primeros tiempos, el cristianismo ha valorado la castidad y la virginidad de aquellos de sus miembros que hayan decidido entregar su vida al servicio del Señor y de la comunidad. Por otra parte, atreverse a relacionar los actos de pederastia con la práctica del celibato de los sacerdotes supone desconocer que en no pocos núcleos familiares, por desgracia, los padres caen en ese pecado. Sorprendente, también, la atrevida afirmación de otra tertuliana de que en el protestantismo el matrimonio de sus clérigos había acabado con esa práctica.

No acabaron aquí las manifestaciones del animado encuentro. Una de ellas, desconozco sus nombres, no dudó en ofrecernos a los oyentes su lección magistral. “La imposición del celibato se debió a los muchos hijos que los clérigos casados tenían en el pasado, por lo que el patrimonio eclesial disminuía al dividirlo entre ellos”. La última razón, pues, de tal imposición, según esta tertuliana, fue la avaricia de la Iglesia que no estaba dispuesta a quedarse sin sus bienes.

Una tercera tertuliana, más serena y equilibrada en sus juicios, se refirió a un concilio del siglo VI en el que, a su parecer, se impuso la norma. Efectivamente en este siglo y en otros antes y después se animó a los sacerdotes a vivir el celibato, no siempre con éxito, pero hay que recordar que el convencimiento y la decisión de que los sacerdotes como los religiosos y religiosas fueran célibes y guardaran la castidad surge en los mismos orígenes de la Iglesia. De hecho, en el concilio de Iliberis o Elvira, en los primeros años del siglo IV, se da por supuesto el celibato de los sacerdotes.

Resulta evidente la popularidad de las tertulias, pero debemos ser conscientes de que, demasiado a menudo, resultan de una frivolidad llamativa al juzgar y pontificar con seguridad sobre temas que desconocen. Como los que escuchan, a menudo, no saben más sobre el tema, pero inconscientemente se fían de su honradez y de sus conocimientos, aceptan lo que ven y oyen .No cabe duda de que en esta situación de medios que pontifican y de oyentes que solo escuchan nos encontramos en franca desventaja y, a menudo, se aprovechan de nosotros.

 

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ABRIR LA BOCA

Por: Dolores Aleixandre 01-04-2017

 

La expresión me ha sorprendido este año al leer las bienaventuranzas de Mateo: “Subió al monte y, abriendo la boca, dijo: Dichosos los pobres… Parece obvio lo de   “abrir la boca”, habida cuenta de la imposibilidad de hablar con ella cerrada. Luego he recordado con qué frecuencia usamos ese giro: “Fulanito/a, en cuanto abre la boca… , ya se sabe lo que va a decir”. Algunos ejemplos: Sor Genoveva informará, sin mediar pregunta alguna, sobre el estado de su rodilla. La vecina del 3º nos contará en el ascensor la última gracia de su nieta. El Hno. Eutiquio, vuelto de Japón después de 30 años, hablará a tiempo y a destiempo de las costumbres de las gheisas. Anselmo el cura calificará, una vez más, como craso error el último  nombramiento diocesano.  El abuelo Tirso, impasible el ademán, contará de nuevo dónde le pilló la guerra y la tía Conchita añadirá nuevos detalles a la narración de su operación de juanetes.

Somos tan predecibles en nuestros decires que  lo de “abrió la boca” incluye cierta impaciencia ante lo que nos suena a archiconocido y repetido,  y por eso me pregunto si con Jesús pasaba algo parecido: que, en cuanto abría la boca, ya se sabía que iba a hablar de la gente que lo pasaba mal, de los que no tenían donde caerse muertos, de los que no contaban. Me inclino a pensar que sí, que así era, y que quizá a los que estaban cerca de él les impacientaba secretamente que fuera tan insistente, que dedicara tanta atención a los pobretones de siempre, que se pusiera tan pesado recordando situaciones que ellos preferirían olvidar. “-Maestro ¿no te parecen un disparate las obras del túnel de Siloé ?, ¿te has enterado del escándalo de la hija de Herodías...? ¿no te indigna la desfachatez de Pilatos en su tuit de ayer? ¿sabes el último chiste de samaritanos…?  Y él nada, a lo suyo, empeñado en hablar de los desposeídos y los hambrientos, de los que no tenían donde reclinar la cabeza.

Quién se pareciera a él, quién tuviera al menos la suerte de hacerse amigo de algunos de esos de los que él hablaba en cuanto “abría la boca”…

 
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