Martes 21 de Noviembre 2017

LA INQUILINA

Por: Dolores Aleixandre 30-12-2016

 

“En el cielo ¿las bicicletas serán de oro?” Me lo preguntó un niño hace años (los niños del siglo pasado preguntaban ese tipo de cosas),  y le contesté que  por supuesto que  sí, que tratándose  del cielo cómo no iban a ser de oro.  Esta asociación de lo áureo con lo celeste es recurrente y por eso llamamos a María  “Casa de oro” en las letanías del rosario. Sin embargo,  al buscar en los evangelios la relación María/casa,  muy frecuente por cierto, lo que se dice sobre ello tiene poco de  áureo:  María aparece más bien como  una mujer con experiencia costosa de mudanzas, traslados y desplazamientos: deja su casa para ir a la de Isabel y luego a la de José;  vive el rechazo de la posada de Belén y conoce, antes que su hijo, lo que significa no tener dónde reclinar la cabeza. Quizá recordó aquella noche las palabras del Salmo 84 que había rezado tantas veces: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos…”, preguntándose por qué no se cumplían sus promesas y  la tórtola no encontraba nido donde colocar a su polluelo. Migrante después en Egipto y vecina de nuevo en  Nazaret, experimentando demasiado pronto  el vacío que deja en el hogar el hijo que se va. Realojada finalmente en casa de Juan después de la muerte de Jesús, experta ya en dejar atrás el cobijo de lo conocido para ser recibida bajo otro techo y adaptarse a otras costumbres. Orante junto a los discípulos y discípulas en la habitación de arriba de una casa en Jerusalén, mientras  esperaban el huracán del Espíritu.

María Casa y Puerta del cielo, empujándonos a parecernos a ella en cuidar la casa común y abrirla,   en reclamar derechos para los privados de asilo, en el empeño por  construir una Iglesia más cálida, más parecida a ese “hospital de campaña” que desea Francisco para ofrecer refugio a los desplazados y excluidos por la pobreza, la violencia y la degradación ambiental. 

Inquilina de nuestra tierra,  sabedora de desamparos,  intemperies y desarraigos, sigue caminando con nosotros.

 
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PREFIERO CON

Por: Santos Urias 25-12-2016

Estamos en la era “sin”. 

Cerveza sin alcohol. Café descafeinado. Sexo sin amor. Chocolate sin azúcar. Cumpleaños sin tarta. Omnívoros sin carne. Relaciones sin conocerse. Música sin músicos. Trabajos sin IVA. Solidarios sin compromiso. Cuentos sin moraleja. Economía sin personas. Reproducción sin contacto. Versos sin rima. Gimnasia sin esfuerzo. Meditación sin Dios. Pescado sin espinas. Lluvia sin mojarse. Perdón sin olvido. Transeúntes sin hogar. Diálogo sin concesiones. Jamón sin grasa. Navidades sin misterio. Lavabos sin toalla. Cielos sin estrellas. Convivencia sin normas. Fiestas sin júbilo. Mensajes sin personalizar. Intereses sin créditos. Barcos sin capitán. Letreros sin indicaciones. Huevos sin yema. Refugiados sin hospitalidad. Desplantes sin explicación. Identidad sin género. Vejez sin parecerlo. Acuerdos sin moral. Labios sin besos. Aprendizaje sin constancia. Ajedrez sin figuras. Tratamientos sin dolor. Sociedades sin diversidad. Bosques sin árboles. Trabajos sin sueldo. Arte sin sentido. Veranos sin calor. Personas sin compañía. Negocios sin escrúpulos. Películas sin argumento. Días sin atardeceres. Viajes sin aventura. Oración sin silencio. Ideologías sin alma. Familias sin calor. Actos sin responsabilidad. Amigos sin confianza. Cárceles sin reinserción. Guerras sin escándalo. Problemas sin solución. 

Yo soy de “con”. Lo aprendí desde niño cuando poníamos el Belén. Preguntaba: ¿Quién es ese niño de ahí? Es Dios con nosotros. Está contigo. Cuenta contigo. Está en ti. En todos. Dios con nosotros. 

Por eso, y aunque la vida se haga más complicada o más corta, soy de “con”. 

 
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PASARSE

Por: Dolores Aleixandre 19-12-2016

Según el Diccionario de la RAE: sobrar, superar, rebasar, aventajar, desbordar, abundar, extralimitarse, propasarse, desmadrarse, excederse; entre sus antónimos: contenerse, reprimirse, limitarse y quedarse corto.

El verbo ha entrado recientemente en el lenguaje coloquial (“te has pasao”, “pasarse tres pueblos…”) y  hay que reconocerle el mérito de describir divinamente, y nunca mejor dicho, las costumbres de Dios según las cuenta la Biblia: el éxodo no fue un vadear arremangados el Mar de los Juncos buscando la orillita, sino un paseo triunfal sobre lo seco entre murallas de agua;  llovió tanto maná  que, como dicen los gallegos, “no daban acabado”;  las codornices fueron otro diluvio inesperado;  las murallas de Jericó se vinieron abajo solo con tocar  las trompetas.   En los evangelios siguen desbordándose las cosas: la abundancia de peces casi hunde la barca en el lago; el vino que  sobró en Caná bastaba para emborrachar a los paisanos de media Galilea;  sobraron tantos panes y peces después del banquete en el descampado, que hicieron falta doce canastos para recogerlos;  Nicodemo se presentó en el Calvario con 35 kilos de perfume para ungir el cadáver de Jesús. 

Cuando nosotros, europeos comedidos y formales, queremos hablar de algo desmedido que nos desborda, echamos mano,  todo lo más, a  signos de admiración o a  mayúsculas, pero lo de los orientales es otra cosa y “se pasan” mucho a la hora de contarlo.  Si en vez de en Galilea Jesús hubiera nacido en Escandinavia o en Pomerania Occidental, su discurso hubiera sido probablemente más contenido y circunspecto y no hubiera usado imágenes tan disparatadas como las que de vez en cuando se le ocurrían. Pero era un judío de imaginación calenturienta y se le ocurrió un día aquello de la morera ultraobediente que, ante la orden de alguien con fe, se arrancaba ella sola y se plantaba en medio del mar (Lc 17,10). 

Lo descabellado del ejemplo nos invita a hacernos preguntas: qué fe tan rara es esta de la que habla, qué poco se parece a aquello que decía el catecismo  de “creer lo que no vemos”, qué falta de homologación  con el lenguaje habitual de las encíclicas  anteriores a Francisco. A lo que de verdad recuerda es a ese estado de exaltación y  arrebato que produce el enamoramiento: quien está viviendo esa experiencia de éxtasis, se siente empujado  más allá del umbral de la lógica y no se detiene ante lo que parece imposible: saltar tapias,  andar sobre telas de araña, escuchar en plena noche el canto de los pájaros. Son imágenes que emplea el Romeo de Shakespeare para describir la exaltación de su amor y solo el Evangelio supera su audacia: perdedores que ganan,  caminantes descalzos pisando escorpiones,  granitos de mostaza convertidos en árboles, céntimos que valen una fortuna, hijos encontrados y cubiertos de besos, últimos que resultan primeros,  el paraíso prometido por un crucificado a otro que agoniza a su lado. 

La noche de Belén fue “de eso”: de pasarse, de excederse y derrochar, de saltarse todos los límites, todas las medidas, todo lo convenido, todo lo adecuado:  oscuridad inundada de resplandor, silencio estallando en himnos, pastores corriendo en busca del Pastor, una cuadra convertida en palacio del Rey. En palabras de  Efrén de Nísibe, allá por el s. IV: el Grande se hacía pequeño, el Silencioso se volvía Palabra, el Señor se convertía  en siervo, el Centinela se quedaba dormido sobre un pesebre. 

Cuando decimos  “felices Pascuas” estamos diciendo sencillamente eso:  para alegría de la buena, la de quienes acompañan en su camino a Aquel que se pasó primero. 

 

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DAR LA VIDA

Por: Santos Urias 09-12-2016

 

Vivimos en el tiempo de la comunicación: Medios de comunicación, internet, telefonía móvil, televisión digital, alta velocidad... Pero la comunicación verdadera radica en la comprensión. En que detrás de cada significante se esconda un verdadero significado.

Hoy en día muchas teorías, muchos discursos, muchas palabras, se han vaciado de sentido. Es una de las realidades que tiene que afrontar nuestra fe del siglo veintiuno, y en un país como el nuestro, acomodado, burgués, de misa de Domingo y gente “bien.”

De ahí, que cuando se habla de estar dispuestos a dar la vida, no conviene reducirlo a un concepto, a un sentido figurado, a una forma de hablar.

Es entonces cuando la miro. Cuando veo su fragilidad, su debilidad, el silencio de sus heridas y me digo: Yo daría la vida por esta persona, ya la he dado en muchos momentos.

Y si estamos dispuestos a dar la vida realmente por alguien, por alguien concreto, con su nombre y apellidos, ya no hay utopía. 

Por eso Cristo sigue vivo.

 
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NAVIDADES EN SUR SUDAN: VUELTA A CASA Y REGALITOS

Por: Jose Maria Marquez Vigil 08-12-2016

A excepción de la vecina Etiopía, donde lo que se celebra es el Bautismo de Jesús, tradicionalmente las celebraciones cristianas se centraban principalmente en la Semana Santa: la pasión, la cruz y la resurrección. Y así siguió celebrándose tan solo la Semana Santa hasta que hace unos 800 años San Francisco de Asís se acordara también de retratar la belleza e importancia del momento de la Natividad del Señor.

En verdad todo comienza con una vuelta a casa, la de José que vuelve con su familia a Belén... Y es de todos conocida la historia del pesebre, y la mula, los pastorcitos, los Magos de Oriente, etc. En nuestro caso no hay necesidad de censarnos ni pasaremos esta fría noche en ningún pesebre, pero la vuelta a casa que proclaman en los anuncios algunas marcas de turrón y café se ha convertido en una marca indispensable de la Navidad.

Los regalitos navideños pueden tener también su origen en aquellas ofrendas de los Reyes Magos, aunque probablemente fuera más fácil en su día venir a camello desde el lejano oriente con sus frascos de incienso y de mirra sin que se te rompieran, que atravesar las calles cerradas al tráfico por nuestra alcaldesa madrileña con cientos de miles de padres y madres enloquecidos buscando el regalo perfecto... (Por cierto que, si les contara yo a los habitantes de Sur Sudán con los que estoy ahora, que no han visto una carretera asfaltada en su vida, que tenemos una calle preciosa iluminada y asfaltada pero que la cerramos al tráfico y que no tiene nada que ver con una estrategia de defensa militar, os aseguro que no entenderían nada).

Aquí en Sur Sudán se respira mucho miedo por el conflicto bélico en el que se encuentra inmerso el país. Por supuesto que las Misioneras esperan con mucha ilusión la Navidad, que piensan celebrar con mucha alegría, pero su empatía con los vecinos refleja cierta tristeza en el semblante...

Para empezar, la vuelta a casa es aquí un gran problema, y no me refiero ya a los millones de desplazados y refugiados que por supuesto no pueden volver a casa... Estamos ya en temporada seca y el final de diciembre suele ser el momento en el que se secan por fin los pantanos provocados por las lluvias y las crecidas del Nilo, dejando vía libre para que los rebeldes puedan quemar los campos y atravesarlos con impunidad para acercarse a las poblaciones. La “vuelta a casa por Navidad” es por tanto algo muy diferente a un anuncio de turrón. Es muerte, violaciones, robos, llamas, destrucción, sufrimiento y desesperación para miles de familias... ¡Hay verdadero pánico con "la vuelta a casa"!

¿Y los regalitos? ¿Qué pueden tener de malo las compras navideñas? En toda guerra hay siempre dos bandos y aquí probablemente no está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos... Los soldados del Gobierno, del SPLA, llevan varios meses sin cobrar y tendrán que hacer regalitos navideños...  En España contamos con el aguinaldo o con créditos al consumo, pero aquí en Sur Sudán la tarjeta no es black ni de ningún otro color... La llave que abre las puertas es una bota militar con ayuda de un AK-47... Todas las noches oímos disparos desde la Misión y sabemos que han entrado en alguna casa y es probable que alguien haya muerto... Pero la gente sigue teniendo mucho miedo a la Navidad porque saben que este procedimiento se va a multiplicar con los que se hayan quedado rezagados con “compras de última hora”...

Aquí no son los peces del río los que beben y beben y vuelven a beber, ni se presenta muy blanca de Navidad... Al final, aunque sea en diciembre, volvemos a las celebraciones anteriores a San Francisco: la Pasión y la Cruz que viven cada día estas pobres gentes, también en Navidad. A ver si el Año Nuevo les trae Paz y Prosperidad, pero no creo que tengan la posibilidad de comprar uvas de la suerte este año tampoco...

Todo mi cariño y mejores deseos navideños para estas familias, y en especial para las familias a las que el otro día los rebeldes les secuestraron a sus hijos para reclutarlos como niños soldado. Me descompuse al enterarme que los disparos que había escuchado mientras dormía plácidamente en la Misión y de los que estuvimos hablando durante el desayuno habían dejado el saldo de varios heridos, varias familias destrozadas, y tres nuevos niños soldado que acabarán viviendo también en primera persona esta “vuelta a casa” y estos “regalitos navideños”… ¡No soy capaz de imaginarme como se sentirán ellos y sus padres!

 
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MONÓLOGOS Y SOLILOQUIOS

Por: Dolores Aleixandre 08-12-2016

Al evangelista Lucas parecen interesarle los monólogos internos de sus personajes: al administrador sinvergüenza lo presenta como si lo  conociera hasta los tuétanos y sus pensamientos le fueran transparentes:  “El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer…? Para cavar no tengo fuerzas, mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer…” (Lc 16, 3). Del rico que había tenido abundante cosecha también nos revela cuáles eran sus cavilaciones: “Empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha».  Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes, y me diré…” (Lc 10, 17).

Es una  lástima  que el contenido de las reflexiones de ambos gire en torno a cómo enriquecerse más y tampoco  consuela mucho que el hijo pródigo salga del agujero negro en el que estaba gracias a que “entró en sí” y se dijo  “me levantaré…, iré…le diré…” (Lc 15, 17): la realidad es que tenía un hambre tan feroz que sus pensares le fluían desde el estómago.

Menos mal que aparece María, la madre de Jesús, con una interioridad “decente” y respiramos al saber que ella rumiaba otras cosas y todo lo que tenía que ver con su Hijo “lo guardaba dándole vueltas en su corazón” (Lc 2,19). Santa Teresa hablará después de “un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma…”

Qué suerte contar con maestras que orienten nuestros soliloquios en otra dirección…

 
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El sentido de la muerte

Por: Juan María Laboa 08-12-2016

 

Una reflexión del papa Francisco sobre la incineración ha puesto de actualidad un tema tan antiguo como la humanidad y que me parece oportuno plantear ahora porque estimo que no debe permanecer ausente de la educación juvenil .Sabemos que la inhumación de los muertos ha sido la tradición permanente del cristianismo de acuerdo con su convicción de la resurrección de los cuerpos, aunque en los últimos tiempos, a causa del aumento desmesurado de la población , la Iglesia aceptó la incineración con algunas condiciones. Las reacciones a las palabras del papa, sobre todo en los aledaños de los cristianos practicantes, han sido, a veces desconsideradas o ignorantes . Conviene plantearlo.

Honrar a los muertos y relacionar los ritos de la muerte con el reconocimiento de la trascendencia es tan antiguo como el homo sapiens. Los antropólogos llaman lo” sagrado pedagógico” a los ritos de muertos, en cuanto se refieren implícitamente a la resurrección; es decir, a la relación con Dios a través de la muerte. Las tumbas y los ritos funerarios manifiestan la fe en la inmortalidad, manifiestan la creencia de la vida tras la muerte. Podríamos afirmar, pues, que el conjunto de ritos presentes en todas las civilizaciones a partir del Paleolítico manifiestan una experiencia religiosa de la muerte.

Resulta sugerente denominar nostalgia del futuro, a ese anhelo que acompaña al ser humano de que su breve vida se prolonga indefinidamente más allá de la muerte. “Y si muero, ya nada tiene sentido”, comentó Unamuno, expresando de manera clara lo que la interminable serie de tumbas, monumentos y cementerios a lo largo de la historia humana han manifestado en las cavernas, en el campo y los cementerios de diversa clase.

En el Libro de los Macabeos leemos: “Alegraos de que vuestros muertos estén escritos en el cielo” y el cristianismo siempre ha enterrado con veneración a sus muertos con la convicción de que resucitarían conCristo. Todos los ritos funerarios cristianos están vinculados con las palabras de Jesús de que Dios es Dios de vivos y toda nuestra liturgia se basa en ese dogma de fe que encontramos en el Credo. En el Medioevo los cristianos fundaban cofradías con el fin de que todo muerto gozara de sepultura y de las oraciones de la comunidad. La oración permanente de la Iglesia es tanto por los vivos como por los muertos porque todos están igualmente vivos en El. Durante siglos, los cementerios se levantaban junto a la parroquia para que la comunidad expresara con su cercanía su comunión de fe y de esperanza en la resurrección. El cementerio es también una manifestación palmaria de una comunidad cristiana que se reúne en la eucaristía para manifestar su de acción de gracias al Dios que salva, y entierra a sus muertos en el mismo espacio bendecido porque como creyentes esperan que sus muertos resucitarán.

Todavía hoy, el ser humano necesita de ritos, signos y símbolos para manifestar sus creencias, amores y aspiraciones. Tenemos museos, árboles genealógicos, conocimiento de las raíces, fotografías y recuerdos de nuestros seres queridos, venerando a los testigos del pasado para alimentar y sustentar nuestras ideas y sueños. El hombre sin memoria es hombre sin atributos y permanece en un presente inexplorado y sin mucho sentido.

Sin embargo, en nuestros días, asistimos a una situación inédita : intentamos olvidar o ningunear la muerte por insólito que parezca. No colocarán nuestro cuerpo en la tierra sino que lo incinerarán, no guardarán nuestras cenizas en lugar sagrado sino que las esparcirán. Celebrarán poco el día de los difuntos y algunos lo sustituirán por el halloween. Por primera vez en la historia de la humanidad las familias no tendrán un punto de referencia en el que encontrar los restos y el monumento al que acudir para rezar, reconducir la memoria, entrecruzarse sus descendientes a lo largo de las generaciones.

¿Es por pura comodidad y economía o, por desidia religiosa? Señalo algunas preguntas desde el punto de vista de la comunidad creyente. ¿Tienen en cuenta los familiares el sentido y los efectos que pueden tener ese voleo de cenizas por mar, tierra y aire? ¿Son conscientes de que el difunto se mantiene en vida, sigue amándoles y se ha encontrado ya con el Dios de la vida? ¿Sienten la nostalgia del futuro? ¿Rezarán por sus difuntos y por ellos mismos conscientes de que van a morir? Consideremos que al dar un sentido a la muerte, estamos dando un sentido a la vida.

 
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