Lunes 25 de Septiembre 2017

DUTY FREE

Por: Dolores Aleixandre 18-10-2016

“-¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra ¿a quiénes cobran los impuestos y contribuciones: a sus hijos o a los extraños?  Pedro contestó:  -A los extraños, Jesús le dijo:-Por tanto, los hijos están libres…” (Mt 17, 25-27). En plena temporada en que sería obligación de los partidos hablar sobre sus políticas de impuestos más que de sus enfrentamientos, aparece en la liturgia este texto sorprendente. Las autoridades judías, con intenciones  capciosas,  han preguntado a Pedro si su Maestro es culpable de evasión fiscal  y él,  convencido de que Jesús va a felicitarle por su postura virtuosa de ciudadano modélico, contesta que por supuesto que no, que a honradez y decencia tributaria no le gana nadie. Pero Jesús reacciona una vez más inesperadamente y se declara duty free,  haciendo temblar de golpe a los sistemas retributivos,  la bolsa,  las fuentes tributarias de financiación y el ministro de finanzas. 

Quizá trató de explicárselo después a Pedro: - ¿Cómo se te ocurre que entre un padre y sus hijos se interponga el IRPF? ¿No te parece absurdo pensar que Dios  reclame un IVA por querer a sus hijos? ¿No te das cuenta de que, cuando aparece el amor,  huye todo lo que suene a obligatorio e impuesto y solo fluyen la gratuidad, el derroche y la esplendidez?

No era fácil de entender, así que lo mandó a pescar al lago: en la boca del primer pez pescado estaba lo justito para cumplir los dos con sus obligaciones de Hacienda. 

Aún le faltaba tiempo para conseguir que entendiéramos hasta donde llegaba su libertad.   

 
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EL CUENTO

Por: Santos Urias 16-10-2016

Un sabio se acercó al necio y le conminó: “cuéntame un cuento.”

El necio se sentó despacito y comenzó a narrarle: Érase una vez un hombre inteligente y listo que,  por su conocimiento, creía dominar el tiempo. Tenía una cajita, pequeña y redonda, llamada reloj, donde guardaba los segundos, los minutos y las horas, pensando que, teniéndolos allí encerrados, era como si le perteneciesen. Así, siempre estaba ocupado, corriendo de un lado para otro, como si la vida se le fuese a escapar. Y, efectivamente, la vida se le escapaba. Dejó de disfrutar de las charlas con sus amigos; dejó de saborear un buen vino y de gustar una sabrosa comida; dejó de pasear por la playa o por la montaña y de respirar el aire a bocanadas; dejó de contemplar un atardecer y de dar gracias a Dios por tanta hermosura; dejó de soñar, de reír, de “perder el tiempo”, ocupado en sus asuntos, preocupado por todo.

Y, lo más importante, dejó de escuchar: escuchar el canto de los pájaros, el correr de un río, la voz de las personas, el corazón de los que sufren, el roce de las hojas de los árboles, la música, el silencio... Dejó de escuchar la voz del Espíritu. Dejó de escuchar los cuentos de los necios.

 

Al terminar su relato el sabio ya no estaba. Probablemente habría tenido que salir corriendo a hacer algo urgente, que sólo él podría hacer, en no se sabe donde por no se sabe quién.  


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Pablo VI, el papa del diálogo

Por: Juan María Laboa 13-10-2016

Pablo VI ha sido uno de los papas más sugestivos e influyentes de la historia contemporánea y, nuestros obispos, con buen criterio, han decidido homenajear a quien aprobó la creación de la Conferencia episcopal española y tanto colaboró en su renovación.

Su talante espiritual se nutrió de confianza en la naturaleza humana y de amor por sus manifestaciones más sobresalientes, como el arte y el pensamiento, y se caracterizo por el equilibrio entre hombre y Dios, entre naturaleza y gracia, con una fuerte inspiración cristocéntrica y una cálida pasión por la iglesia. La pregunta que se hará con constancia: “yo, quién soy?” atraviesa su vida, tal como aparece en su correspondencia.

Como consiliario de la pastoral universitaria, fue consciente de que era responsable de “la formación de conciencias, capaces de un fuerte testimonio cristiano, no individualista sino comunitario y eclesial, alimentado por la Sagrada Escritura y la liturgia, alejado de devociones y emociones superficiales, que mira al mundo sin temor, sin rencor, sin complejos de inferioridad, porque tiene en Cristo su centro vital”.

En Milán mantuvo un estilo episcopal de escucha a todos sin excluir a nadie, con un talante que demostraba su profundo respeto y delicadeza para con toda clase de fieles, sin dejarse arrastrar por el ímpetu personalista, ni por el intervencionismo clerical, sobre todo cuando decidía cambiar el cargo de las personas o las líneas de actuación. Transmitió siempre un sentimiento de paterna solicitud y acogida, sin atisbo de personalismo, capricho o autoritarismo.

Fue un papa no bien aceptado en España ni por los integristas ni por los radicales, al estilo de cuanto sucede hoy con el papa Francisco. Más tarde, el largo pontificado de Juan Pablo II, tan diverso en su estilo, favoreció el olvido de los años montinianos. Ahora, Francisco le cita con frecuencia con afecto y admiración.

Dirigió con mano firme las últimas tres sesiones del concilio y durante los años siguientes puso en práctica sus decisiones: la liturgia, el sínodo, las conferencias episcopales, los viajes a las Iglesias; trazó los confines netos entre lo que es perenne y cuanto puede adaptarse a los cambios culturales, y en sus encíclicas insistió en la profundización de la fe en eclesiología, la doctrina eucarística, el ministerio sacerdotal, la vida religiosa, la evangelización. A su muerte, no obstante las dificultades existentes en la sociedad y en las comunidades creyentes, dejó una Iglesia rejuvenecida, más madura y reflexiva, más consciente de que como pueblo de Dios debía comprometerse activamente en la marcha del mundo y de la iglesia.

Sobresalió su intensa conciencia del significado del cargo que ejercía, al mismo tiempo que reconocía con delicada humildad sus limitaciones personales, de forma que, en los temas importantes, se preparaba, dialogaba, reflexionaba, y cuando llegaba a una determinación la imponía sin dudar, no sin desconcierto, a veces, de muchos fieles. No era hamletiano como le acusaron a menudo sino consciente de que sus decisiones exigían una preparación exhaustiva.

Se le considera el papa del diálogo, a causa de su primera encíclica, “Ecclesiam suam”, en la que trata ampliamente del tema, pero fue su carácter y su formación los que le llevaron a ser

profundamente respetuoso y cercano a los demás. Escuchó, acogió, acompañó con enorme respeto a sus dirigidos tanto en los movimientos universitarios como en los distintos puestos en los que ejerció su ministerio. Presidiendo la Iglesia, manifestó esa misma consideración por todos sus miembros Supo armonizar su responsabilidad en la Iglesia con la concordia y solidaridad de todos los obispos. Para él como para el concilio, tanto el pontificado como la colegialidad, armonizados y corresponsables edificaban la comunidad de los creyentes.

Pablo VI aprobó en 1966 la creación de la conferencia episcopal española, dirigió y acompaño eficazmente la renovación de los obispos, apoyó una Iglesia autónoma del poder político, con unos sacerdotes más preocupados por conseguir respuestas a los cambios sociales y culturales.

Pablo VI tuvo uno de los pontificados más dramáticos de la historia al producirse inesperadamente la sorprendente convulsión eclesial posterior al concilio, aunque, ciertamente no provocada por el concilio: una comunidad profundamente dividida, en continua contestación, el cisma lefevbriano sin gran transcendencia pero siempre doloroso, el espectáculo inédito de la secularización de miles de sacerdotes, el desconcierto de algunas congregaciones religiosas importantes, el rechazo del concilio por parte de agrupaciones integristas, el debilitamiento del sentido religioso.

El modo de conducir la situación demostró su talante y personalidad. El mundo moderno reclamaba una Iglesia moderna, es decir, capaz de defender la autonomía y la dignidad del hombre. La Iglesia ha sido el tema fundamental del magisterio de Pablo VI, quien se dedicó incansablemente a la tarea de purificarla y prepararla para su confrontación con este mundo actual, consiguiendo que fuese mensaje, palabra, coloquio, según las expresiones utilizadas en su primera encíclica, verdadero programa de su acción: diálogo respetuoso y leal con las personas y las instituciones, sin dejar de ser misionera y evangelizadora.

 
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Jaima

Por: Santos Urias 11-10-2016

Como en la imagen bíblica hay momentos que invitan a descalzarse, a dejar atrás el polvo del camino, el trabajo acumulado, las urgencias y los requerimientos. Volver a pisar la fina arena del desierto o la suave tersura de las alfombras. El contacto con la madre tierra; con la inmensidad de la bóveda celeste; con las personas que te miran a los ojos y con las que te entiendes y compartes por encima de las culturas, de los credos y de las lenguas.

Allí no hay televisión; si alguna radio para escuchar las noticias o algo de música y muchas ranas que te hacen coro hasta cuando vas asearte.

“La prisa mata”: un té menta; unos panes con aceite de argán; una guitarra; una luz tenue y sintiéndote así: familia. Capaces de comer juntos, de reír juntos, de cantar juntos, de alabar juntos.

Y cuando el cansancio aprieta y las pocas lámparas se apagan, emergen las luciérnagas que vigilan desde el firmamento. Una suave brisa recorre todo e impregna todo. La respiración se detiene. Tumbado sobre una lona y un colchón crees soñar las estrellas; pero te equivocas, son ellas las que te sueñan a ti, las que dibujan con su trazo y su mano firme este instante. Te vuelven a recordar que todo es un regalo; que hay un Dios y que, como un cántaro de agua viva, se derrama y se esparce. Sólo cabe empaparse y dar las gracias.

 
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HOLA SOY DORY

Por: Dolores Aleixandre 03-10-2016

 

Pocas cosas me ponen tan contenta como encontrar coincidencias entre lo que dice la Biblia y lo que leo en el periódico o veo en el cine. Acaba de pasarme con la protagonista de la película de Disney y Pixar, Buscando a Dory: me ha hecho recordar en el acto una metáfora del profeta Oseas y un adjetivo del evangelio de Marcos (soy de la gramática antigua). Dory es una entrañable pez azul con serios problemas de memoria a la que ya conocíamos en Buscando a Nemo: se le olvida todo al momento y va de un sitio para otro diciendo: “Hola, soy Dory ¿podrían ayudarme…?” 

También a los israelitas del s. VIII a.C. se les olvidaba en seguida lo que el Señor hacía por ellos y  Oseas se lo reprochaba: “Vuestro amor es como una nube mañanera, como rocío que se evapora al alba” (Os 6,4),  y algo parecido les pasaba a los  receptores “pedregosos” de la parábola de la semilla de Mc 4,16 que aparecen caracterizados como  proskairoi (transitorios, momentáneos, ocasionales…). En  ellos podemos vernos reflejados también nosotros,  emparentados con Dory  en sus olvidos persistentes,  parecidísimos a la tierra incapaz de retener  la humedad que la había refrescado al amanecer, afectados por  esa memoria quebradiza y fugitiva que no deja echar raíces a los recuerdos que hacen vivir. 

Hagamos la prueba: ¿qué recordamos de la encíclica Laudato si  a solo unos meses de su aparición? ¿Qué huella nos ha dejado su llamada urgente a “cuidar la casa común”? ¿Qué pasos hemos dado en dirección a esa “cultura de la sobriedad y conversión ecológica”? ¿Estamos dispuestos a reemplazar el “discurso verde” (y que se nos pegue la lengua al paladar…) por la adicción  a las 3R de reducir, reutilizar, reciclar?  ¿Cómo de determinados estamos, por ejemplo,  a abrigarnos más en invierno  y bajar la calefacción? ¿A evitar plásticos,  utilizar transporte público y reducir el consumo de agua? 

“No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo”,  dice Francisco (LS 211).   

No hay que renunciar tampoco a la posibilidad de que Dory recupere la memoria.

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Pablo VI y España

Por: Juan María Laboa 03-10-2016

 

Los obispos españoles han decidido conmemorar solemnemente a Pablo VI, el papa que aprobó la erección de la Conferencia episcopal española, con una serie de conferencias sobre su pontificado. Es un acto de justicia con un papa que ha sido importante en nuestra historia contemporánea , a pesar de que tanto los integristas como los progresistas radicales lo maltrataron. Su importancia tuvo que ver no solo con el desarrollo espiritual y eclesial de muestra comunidad creyente, sino también con el influjo determinante de sus nombramientos episcopales, de sus palabras y de su seguimiento personal en el proceso de democratización de España durante el último decenio del gobierno de Franco y durante los años de la transición.

Montini fue considerado con sospecha y desconfianza por parte de los políticos del régimen desde el primer momento porque se le consideraba cercano a la Democracia Cristiana y por su amistad con Maritain, causas suficientes para que fuera juzgado antifranquista. Por los puestos que ocupó en la Secretaría de Estado, mantuvo frecuente contacto con los obispos y embajadores españoles, conoció su manera de ser y la valía de cada uno; conoció la problemática propia de una dictadura confesional católica y la incapacidad crítica de buena parte de los obispos, quienes valoraban más los continuos apoyos recibidos por parte del Estado que la falta de libertades políticas y personales de los ciudadanos.

Durante estos años, los obispos españoles se encontrarán atrapados entre su inalterable admiración y agradecimiento por Franco y su gobierno, y su indudable veneración por la Sede Romana. En cualquier caso, los obispos afectos al régimen, que fueron disminuyendo en número a partir del inicio del pontificado de Pablo VI, no perdieron nunca esa cercanía a unos políticos a quienes agradecían haberles salvado de la persecución religiosa y haber protegido y respaldado a la Iglesia en todos sus objetivos. En esta actitud se sintieron apoyados por la parte más intransigente de la Curia romana con la que siempre se mantuvieron identificados y con quienes establecieron un estrecho contacto. No olvidemos que, precisamente, algunos de estos personajes curiales tuvieron que ver con el exilio a Milán del sustituto de la secretaría de Estado.

Telegrama de Montini a Franco

Desde su nombramiento como arzobispo de Milán, Montini redujo, obviamente, sus relaciones con España, aunque se mantuvo informado de las grandes líneas de su política gracias a su amistad con algunos obispos y católicos comprometidos del país. Con quien más trató fue con Ángel Herrera, obispo de Santander, a quien creó cardenal más adelante , probablemente, con Ruiz Gimenéz.

El gran choque con las autoridades españolas se produjo con motivo del telegrama del 3 de octubre de 1962 enviado a Franco a petición de los universitarios milaneses ante la noticia de

una condena pronunciada por un tribunal militar contra Jorge Conill , joven condenado a muerte por sus actividades en las juventudes libertarias y por haber colocado una bomba en la fachada del Instituto Nacional de Previsión que no produjo víctimas. El telegrama decía: “ En nombre de estudiantes católicos milaneses y en el mío propio ruego a vuecencia clemencia con estudiantes y obreros condenados a fin de que se ahorren vidas humanas y quede claro el orden público en una nación católica puede ser defendido diferentemente que en los países sin fe ni costumbres cristianas“. Este telegrama constituyó un ataque a la línea de flotación del régimen confesional franquista, puso muy nerviosos a algunos ministros1 y sirvió para montar en España una campaña emocional contra el cardenal de Milán. Los cuatro cardenales españoles le escribieron una dura carta, cuya espontaneidad puede ser discutida. Montini quedó asombrado de que estos cardenales no solo no le hubiesen defendido sino que se hubiesen alineado con el Gobierno2 en contra de una doctrina ya común en la Iglesia.

Creo que no resulta aventurado afirmar que en el cónclave de 1963 los cardenales españoles centraron su atención en Antoniutti, nuncio en España hasta el concilio y muy compenetrados con él, y tal vez, en Siri, mucho más cercanos ambos a su sicología y a sus ideas . Sin embargo, a las pocas horas de su elección, en su primera salida fuera del Vaticano, el nuevo papa Pablo VI visitó en el Colegio Español al cardenal Pla y Deniel, arzobispo de Toledo, seriamente enfermo, en un acto de generosidad y de deseo de captación de la voluntad de los españoles. En cualquier caso, con esta visita se ganó la simpatía de buena parte del pueblo y del clero.

El Concilio Vaticano II

La convocatoria y el desarrollo del Vaticano II cogió al episcopado español desprotegido y poco preparado. Vivían en el mejor de los mundos, felices con su España confesionalmente católica, protegida su fe y su moral por las leyes del Estado. No mostraron durante las sesiones ideas y proyectos comunes, hablaron por libre y pocas veces encontraron propuestas compartidas, aunque un grupo fuerte de ellos se opuso con rotundidad a la mayoría de las propuestas renovadoras. Esta actitud encontró el rechazo de buena parte de su clero, que había aceptado la convocatoria del concilio con alegría y esperanza. En los temas de la colegialidad y la libertad religiosa, buena parte de nuestro episcopado fueron belicosos contra los esquemas a aprobados. En la mayoría de sus intervenciones hablaron a la contra, sobre todo en el tema de la colegialidad y, en el de la libertad religiosa. Los más organizados estaban en contacto con algunos cardenales de la curia y con algunos obispos italianos del sector más intransigente. Se votaban entre ellos, con un espíritu sectario3 y desconfiaban de la mayoría conciliar. En octubre de 1964, Pabló VI intentó tranquilizarles: “No tengan miedo a la libertad religiosa. Sé muy bien que las circunstancias de España son

muy especiales. Estaré siempre con España. Pero los españoles estén con el Papa. No tengan miedo a la libertad religiosa 4 . Mons. Antonio Pildaín, obispo de Las Palmas, permanente admirador de Montini, tuvo una atrevida intervención escrita en el concilio sobre un tema muy sensible para Pablo VI y el gobierno español, el de la elección de los obispos. El papa tenía claro que los obispos debían ser elegidos libremente por el Sumo Pontífice, y sin ninguna intervención del poder civil., y actuó en consecuencia.

 

El hombre de Pablo VI en España fue indudablemente el cardenal Taráncón. Al ser creados cardenales, Tarancón y Tabera (28 marzo 1969) visitaron al Papa en una audiencia que duró una hora. Tras ser informado por ellos sobre la realidad política española, las relaciones Iglesia-política, la Conferencia episcopal y los cambios que se notaban en ella, Pablo VI les confió sus preocupaciones y proyectos. Escribe Tarancón: “Nos habló de los sacerdotes, especialmente de los sacerdotes jóvenes, pidiéndonos que les dedicásemos los obispos una atención especial y que recogiésemos, en lo posible, sus inquietudes. Insistió fuertemente en la espiritualidad sacerdotal y en la necesidad de que procurásemos superar la división que se iniciaba entre el clero. Nos habló también de la postura que había de mantener el episcopado respecto al Régimen: respecto a la autoridad, colaboración sincera en todo lo que fuese para el bien del pueblo, pero independencia real de la política. Insinuó, entonces, que la Santa Sede se había propuesto una línea respecto al nombramiento de obispos para renovar la conferencia, lamentando que el privilegio de presentación que tenía Franco cortase su libertad para estos nombramientos.

Intervenciones del Papa en España

A pocos episcopados dirigió Pablo VI palabras tan concretas, tan ceñidas a la situación que sus Iglesias vivían en cada momento, como a los españoles. Fue consciente del despertar de la nación y de la comunidad cristiana española, y de la necesidad de escucharles y orientarles En una importante alocución a los cardenales de la Curia del 24 de junio de 1969 se dirigió a los obispos españoles – “de quienes nos consta su laudable empeño en el anuncio fiel del evangelio-y les rogamos que realicen también un incansable acción de paz y distensión para llevar adelante, con previsora clarividencia, la consolidación del Reino de Dios en todas sus dimensiones. La presencia activa de los pastores en medio del pueblo- y deseamos ardientemente que esta presencia pueda darse también en las diócesis vacantes- su acción, siempre inconfundible de hombres de Iglesia, lograrán evitar la repetición de episodios dolorosos y conducirán- estamos seguros- por el camino recto las buenas aspiraciones, especialmente del clero y, sobre todo, de los sacerdotes jóvenes”.

Se trató probablemente de la reflexión más seria y más directa sobre España pronunciada por un Pontífice en un acto público. No podemos olvidar que estas palabras se incluían en un contexto de defensa de los derechos humanos. De hecho, se trató de una comprometida

llamada de atención tanto a los poderes públicos como a los eclesiásticos. El papa llamó la atención sobre la grave crisis de la Acción Católica y sobre la falta de sintonía de buena parte del episcopado con el clero más joven. El embajador Garrigues, como conclusión de la audiencia que tuvo poco después con el papa, escribió a Franco: “La no elevación al cardenalato en el último Consistorio del Arzobispo de Madrid ha tenido sin duda que ver con este asunto”. Por otra parte, las tensiones entre algunos obispos y la juventud, tanto clerical como laical, resultaban incontenibles. La llamada a una vigilancia más sensible para con las inquietudes y aspiraciones de los jóvenes alcanzó sin duda la diana.

No cabe duda de que el tema del nombramiento de obispos constituyó uno de los núcleos centrales de la preocupación del Papa por la Iglesia española. En la citada audiencia el Papa insistió al embajador que “todos estos eran problemas urgentes, alarmantes, de verdadera apostasía que no admitían demora. Y que el remedio más inmediato y más importante era el restablecimiento del prestigio y de la autoridad del Episcopado español. Que los obispos fueran obispos, obispos en la mejor armonía con el poder civil, pero sin sombra de politización”. Es decir, Pablo VI deseaba unos obispos libres de toda atadura política, respetados por su pueblo, cercanos a los jóvenes, capaces de liderar la nueva etapa española. Por otra parte, el gobierno español, que durante tanto tiempo mantuvo óptimas relaciones con el episcopado, no reconoció la figura jurídica de la Conferencia episcopal, apoyado tácitamente por la minoría episcopal, que se identificaba más fácilmente con las ideas de los ministros que con las de la nueva mayoría episcopal.

El complicado año de la reconciliación

Cuando Pablo VI declaró 1975 como año de la reconciliación, tuvo en cuenta una Iglesia desgarrada y desorientada y, en el caso de nuestro país, una España dividida con un futuro inmediato incierto. Durante el mes de setiembre de 1975 la ETA y otros grupos terroristas cometieron diversos .atentados con diversos muertos. Tras unos juicios sumarísimos cinco terroristas fueron condenados a muerte. Pablo VI intervino directamente ante el Gobierno español y ante Franco con la finalidad de que se conmutasen las sentencias de muerte, pero la ejecución programada se llevó a cabo. El 27 de setiembre, Pablo VI habló claramente de su disgusto y malestar por no haber sido atendida su petición de clemencia.

La reacción de los políticos del Régimen y de no pocos españoles, incluidos sacerdotes y un grupo de obispos, fue muy fuerte. El Papa era consciente de estas consecuencias, pero explicó posteriormente que lo hizo “por respeto al valor sagrado de la vida, por imperioso deber de su universal ministerio pastoral y por su entrañable amor a la noble y amadísima España”. Asumió con plena conciencia el riesgo de una impopularidad en España, como asumió riesgos parecidos con otras decisiones a nivel universal. Buscó fomentar los sentimientos de pacífico entendimiento y de fraternal comprensión del pueblo español entre sí. Buscó su reconciliación. Al final de su pontificado, casi todos los obispos y gran parte del pueblo español fueron conscientes de su generosa y profética aportación a la reconciliación de las llamadas dos Españas, a la purificación de la Iglesia y a su diálogo con el mundo moderno.

 
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