Domingo 23 de Julio 2017

EL DESALOJO DEL ADIOS

Por: Dolores Aleixandre 15-09-2016

 

De un tiempo a esta parte  despedirse diciendo adiós empieza a resultar raro y está siendo desalojado por otras fórmulas: “Hasta luego” (aunque el luego no esté en el horizonte), “Suerte”, “Cuídate”  o  “Que tengas un buen día”. Lo del buen día te lo desean por  igual  los que te asaltan a la salida del metro con sus carpetas de causas benéficas, o la  gitana del ramito de romero, y además te lo repiten aunque no firmes nada ni cojas el ramito,  dejándote un poco abochornada ante su amabilidad. Quizá sea una consigna municipal y diocesana: hasta los curas que parecían más adustos han sucumbido a la frase y nos lo desean al final de la misa, esbozando un amago de sonrisa. 

Si pienso en lo que considero “tener un buen día” (que las cosas salgan según mis planes, no tener contratiempos…), veo que mi coincidencia con el Evangelio es nula porque  Jesús pone como modelo de “buen día” el de aquel samaritano al que se  le fastidió su itinerario por atender al herido. En todo caso me suena bien la posibilidad de que le dijera  al joven rico aunque le dejaba plantado y se alejaba a toda prisa para consultar el IBEX 35: “¡Que tengas un buen díaaaaa!”.

 
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TAN LEJOS, TAN CERCA

Por: Santos Urias 07-09-2016

Me llamó mi amigo Alejandro desde México.

 Era un día de esos que los medios no funcionaban demasiado bien. La voz entrecortada, los continuos: “oye, oye”. Al final me envió un audio. Su voz serena, y sus palabras sencillas pero agradecidas. Me decía lo que para él había supuesto que siempre hubiera estado ahí: sin juzgar, acompañando, dialogando, escuchando… Momentos difíciles, sombras. Celebraciones, disfrute, fiesta. Sus palabras conmovieron estas entrañas que se debaten entre el barro y lo sublime. Nadando en las pobrezas propias y ajenas. Lo que mi hermano Alejandro me estaba recordando, casi sin darse cuenta, es que lo más parecido a como Dios nos trata es como el sentía que yo le había acompañado: sin juzgar, escuchando, confrontando y, siempre, siempre, queriendo. Su voz en ese audio descubrió en mi corazón esas flores que crecen en las basuras, ese milagro de poder rezar sabiendo que es el Señor el que nos hace portadores de su capacidad de comprender, de compadecer, a veces sin ser conscientes del todo.

Tú seguirás cantando a la belleza, a los ojos que te miran, a los que vienen con el sol, al Dios que te conforta. Yo pondré el altar de una ofrenda sincera, agradable, con cuerpo y sangre en tiempo real. 

Tan lejos y, sin embargo, tan cerca. Como la distancia; como el propio Dios; como el tiempo; como lo que nos enseña cada día la vida.

 

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TRES DEPORTES APOSTOLICOS

Por: Dolores Aleixandre 01-09-2016

 

A saber: saltar, nadar, correr. No se asusten quienes se consideren  de condición artrítica, endeble o extenuada: aunque sean tres verbos asociados con el deporte (estamos en plenas olimpiadas…), su ejercicio está al alcance de todos. Tienen como sujeto a tres personajes evangélicos cuya fiesta hemos celebrado recientemente: Pedro, Pablo y María Magdalena. Es verdad que no representan las acciones más significativas de cada uno, pero sí  dicen algo de algunos rasgos vitales compartidos por los tres:  ímpetu, energía, prisa, vigor, prontitud, ardor y urgencia.  Todo lo contrario de la lentitud, apatía, tibieza, indolencia o parsimonia que caracterizan tantas veces nuestra vida cristiana. 

Lo de saltar y nadar fueron cosa solo de Pedro: saltó de la barca a las frías aguas del lago en la madrugada del primer día de la semana y se echó a nadar hacia la playa donde esperaba Jesús. Le recordamos también corriendo hacia el sepulcro en aquella misma mañana de entrenamiento intensivo para todos: María de Magdala  corría  también a toda prisa después de su encuentro con el Viviente para anunciar a los discípulos: “-¡He visto al Señor!” Años más tarde no había decaído el vigor atlético de los orígenes: Pablo se ve a sí mismo como un corredor sin aliento, lanzado detrás del Señor y sin otra meta que alcanzarle. 

Pedro, Pablo y María de Magdala, en expresión de Galeano, “ardieron la vida con ganas” y de ahí mi propuesta: que se celebre conjuntamente el 29 de Junio la fiesta de los tres, añadiendo el nombre de ella a los de Pedro y Pablo.  Intuyo que la idea puede sobresaltar a muchos, pero al menos no se pueden objetar incompatibilidades litúrgicas: el Papa Francisco ha convertido en “fiesta” del Calendario Romano lo que antes era  “memoria obligatoria” de María Magdalena, reconociéndola como una figura de indiscutible relevancia en la historia del cristianismo.  Y si este ascenso en el escalafón la equipara al resto de los apóstoles ¿qué inconveniente habría para una celebración conjunta?

 

Después de escribir esto me acomete el desánimo: he buscado el icono de Pedro y Pablo y los he visto tan pegados el uno al otro, con las cabezas tan unidas que parecen siameses, que preveo la dificultad de encontrar un hueco para nadie más, por muy “Apostola apostolorum” que sea ella. 

El 22 de Julio le he dicho con mucho cariño a María Magdalena: -“Siento decírtelo, bonita, pero me temo que te queda aún bastante tiempo de esperar sentada en esta fecha. A pesar de lo bien que supiste correr”.

 
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