Domingo 23 de Julio 2017

INCAPACIDAD

Por: Jose Maria Marquez Vigil 29-08-2016

Tratando de reducir (o al menos mantener)

 estos michelines producto mi gula, mi pereza, y para que rime vamos a mencionar también mi afición a la cerveza, suelo buscar ofertas en Internet para sudar un poco y tratar de ponerme en forma con las actividades más variopintas como un curso de yoga o el de patinaje sobre ruedas, todo por dos duros…

De ese modo conocí durante el pasado mes de junio el Fitboxing en un Gimnasio con muy buen ambiente y un instructor súper motivado. Pero un día en el que acudía con mis guantes y mis zapatillas de deporte dispuesto a darlo todo, me encontré que el Gimnasio había sido cerrado sin previo aviso por el Ayuntamiento de Madrid. La explicación que me dieron me recordaba a ese “cuento de la buena pipa” que nos contaban cuando éramos niños y que no tenía principio ni fin... Los servicios sociales del Ayuntamiento les obligaban a tener un acceso para personas con discapacidad pero a su vez en los servicios de urbanismo del mismo Ayuntamiento no les permitían aumentar el tamaño de la entrada del local dentro del edificio en el que se encontraban. 

Por supuesto que no seré yo el que trate de poner barreras a las personas con discapacidad para acceder a lugares públicos. Siempre contarán con mi apoyo, así como todo mi respeto y admiración.  Pero si existen en la zona varios gimnasios a los que tienen acceso y en este no es posible cambiar la entrada, no será mejor mantener este gimnasio abierto y ponerle una tasa-tributo que apoye de algún modo a las personas con discapacidad? Y darles la opción de acudir a los otros gimnasios… Porque cerrar este gimnasio no sólo me deja a mí sin el fitboxing y con mis michelines, sino, lo que es más importante, deja a muchas familias en el paro y entre otras al instructor que estaba muy ilusionado porque unos meses después nacería su primer hijo.

Y así, tras haber fracasado en mis propósitos saludables, decidido entonces a potenciar otros objetivos más relacionados con las cerves y el buen vino, me planté en mi querido pueblo asturiano de la Isla durante el verano dónde me encontré la Churrería, el local en el que hace ya medio siglo mi abuelo me compraba churros y que desde hace ya muchos años se había transformado en el chiringuito dónde nos tomamos todos un pulpo estupendo y veíamos los partidos de fútbol de aquella España que ganaba los Mundiales y Eurocopas, y donde tomábamos algún que otro cacharro que es como en Asturias llaman a las copas... ¡Lo habían cerrado porque la acera municipal de esta pequeña aldea no permite con facilidad el acceso al local de las personas con discapacidad! Una familia dedicada a este negocio durante tantos años y numerosas personas que trabajaban en él como camareros y cocineros o personal de limpieza se quedaban otra vez sin trabajo, y los veraneantes y residentes de esta pequeña aldea nos hemos quedado sin poder acudir durante el verano al chiringuito en el que tanto disfrutábamos para tomar un vinito sin necesidad de coger el coche, tal y como nos sugiere la DGT a base de anuncios, multas y puntos…

Ya sé que la ley es la ley pero supongo que deberíamos de ser capaces de leerla, entenderla, comprenderla y a ser posible aplicarla con cabeza ya que en una pequeña aldea no hay aceras para que pasen personas con discapacidad del mismo modo que tampoco podemos llevar a los bebés en su carrito. Hacemos una maniobra muy sencilla, y pasamos, sin más…

“No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”, como dice el Evangelio. Nuestros gobernantes y burócratas de nuestros ayuntamientos y tantas otras entidades públicas, no son capaces de entender y aplicar la norma en beneficio del pueblo y los trabajadores, de los empresarios, de los consumidores y por supuesto de las personas con discapacidad que se quedan también sin poder acudir a este chiringuito en el que llevo ya muchos años viendo a personas disfrutar de una cerveza fría sentados en su silla de ruedas con la que de un modo u otro pudieron tener acceso al local. Pero si no son capaces de ponerse de acuerdo para iniciar una legislatura, y vamos a cumplir ya un año sin Gobierno, ¿cómo les podemos pedir entendimiento, y más aún comprender el concepto del sábado?

 
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CON LA BOLSA POR LOS SUELOS

Por: Santos Urias 09-08-2016

Venía de la compra semanal:

leche, yogures, zumos, fruta, embutidos, alguna conserva… Una bolsa bien repleta que me iba pasando de mano en mano para no cargarme demasiado la espalda y que los brazos no se cansasen. De repente noté que el plástico cedía. Casi no me dio tiempo de reaccionar, apenas pude bajar un poco la compra para que los frascos de cristal no se llegaran a romper con el impacto. En apenas unos segundos alimentos y bebidas rodaban entre mis piernas, con las que intentaba sujetar lo que podía. Algunos viandantes se solidarizaron con su mirada y sus expresiones: “vaya se ha roto”, “que mala suerte”. Cuando abrazaba el mayor número de productos e intentaba ponerme en pie con ellos, un chico se acercó saliendo de una tienda de tabaco. Había ido a preguntar si tenían alguna bolsa y corría con ella hacía mi: “no es muy grande pero es resistente”. Mi cara agradecida y mis apuros para caminar lo decían todo. Me ayudo a meter algunas cosas y en ese momento apareció de la tienda de al lado una mujer china con dos bolsas más: “toma, toma”. Yo me deshacía repitiendo: “muchas gracias, muchas gracias”. Recolocamos todo en dos bolsas y con más comodidad que antes pude regresar a mi casa con la compra, entre el calor y la sonrisa.

Nunca una bolsa por los suelos me hizo sentir tan bien. A veces tienen que romperse los mimbres para poder construir algo nuevo. Esta vez en forma de preocupación, de vecindad, de ayuda. ¿Quién dice que cada uno va a lo suyo y no le importan los demás? Puede que estemos equivocando a veces nuestros acentos educativos con individualismo, competitividad, hedonismo, pero en el fondo del ser humano está el sello de la bondad, de la belleza, de la cercanía… Una bolsa rota me llenó la semana no sólo de alimentos, sino de ternura y de esperanza; de que hay gente buena; de que la gente es buena. En China, en Madrid y en Tombuctú.

Gracias. Muchas gracias. 

 

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QUE ALEGRIA NO SER MONOS

Por: Dolores Aleixandre 03-08-2016

Leo en el periódico que los monos,

 a medida que envejecen,  restringen sus interacciones sociales, pierden curiosidad  y reducen su interés al grupo de monos  que les resultan más previsibles y no les suponen riesgos; y parece ser que, con el paso del tiempo, los humanos tendemos a reaccionar de manera parecida a la de esos monos asustadizos.  Creo que la tentación de aferramiento a lo conocido y de huida de los riesgos nos acecha a todos en cualquier edad y no conozco mejor remedio que este:  exponernos cada día a la Palabra que llega a nosotros desbordando energía y chorreando vida nueva.   Así lo expresa Erri de Luca: “Cada mañana con la cabeza despejada y serena, acojo las palabras sagradas. He llegado a entender que acogerlas no significa aferrarlas, sino ser alcanzado por ellas; estar tan tranquilo que me deje agitar por ellas; tan indiferente y sin planes personales previos que pueda recibirlos de ellas, tan soso que me deje salar por ellas”. 

Los que de mi generación leíamos piadosamente el “Ejercicio de perfección y virtudes cristianas” del P. Alonso Rodríguez SJ,  esperábamos impacientes la parte  final de cada capítulo en la que “se confirmaba lo dicho con algunos ejemplos”.  Inspirada por tan sabia metodología, propongo tres textos del evangelio con poder para  “agitar” y “salar” la inercia y la sosera que amenazan nuestra existencia.

 “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Cuánto sobresalta esta imagen a nuestra tendencia  a “reclinar la cabeza” en todo aquello que creemos saber, controlar o dominar,  en  ideas apolilladas que nos dan seguridad,  en hábitos oxidados que nos sujetan a nuestras rutinas.  Un pequeño paso hacia esa forma de “intemperie” practicada por Jesús puede abrirnos a las sorpresas que el Dios de la vida va desplegando ante nosotros.

“Se levantó de la mesa, se quitó el manto…”  (Jn 13,1). El gesto describe un desplazamiento arriesgado: alejarse de los lugares de privilegio y situarse a ras de suelo y a la altura de los pies de los demás: un cambio de plano que nos pone en contacto con lo elemental de cada persona, con su desnudez, con las limitaciones de su corporalidad. Sentimos vértigo ante ese descenso y sin embargo, los que han hecho ese tránsito, hablan de  la extraña alegría que les esperaba precisamente ahí.

“Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Frente a nuestros aburridos  lamentos  por  los pesos  que decimos soportar,  la Palabra nos anuncia una bendita contradicción:  el Evangelio es  “una pesada carga ligera” y, cuando creíamos ser  nosotros quienes cargábamos con él, descubrimos que es él el que nos lleva. Y el que nos hace respirar con la frescura y el asombro de los comienzos del mundo.  

 

Qué alegría no ser monos.

 
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