Martes 21 de Noviembre 2017

DIFÍCIL DE ENTENDER

Por: Santos Urias 25-03-2016

que la guerra se instale en nuestras casas.

 Que los niños se acostumbren a las bombas. Que alguien rechace a otro por el color de su piel o su procedencia. Que los ancianos se apaguen en soledad sin el roce de una caricia. Que alguien se inmole por odio y no por amor. Que maltratemos nuestro planeta sobreexplotando o acumulando basura. Que se mire por encima del hombro. Que los jóvenes se conmuevan con las imágenes de los móviles y pasen de largo ante el que sufre a su lado. Que se utilice el nombre de Dios en vano. Que las niñas comercien con su cuerpo. Que alguien viva bien a costa del sufrimiento de otros. Que se pierda el respeto, la educación, la cortesía. Que la poesía se tenga que esconder en las alcantarillas. Que las ideologías se conviertan en armas arrojadizas contra nuestra esencia común de seres humanos. Que se comercie y se manipule el valor de la vida. Que no aceptemos al diferente. Que acumulemos y no disfrutemos de los regalos que nos trae cada día. Que las sonrisas se vendan tan caras. Que el agua no alcance para todos. Que se abuse y se maltrate. Que se manipule la información. Que robemos los sueños con guante blanco. Que la hospitalidad sea una amenaza. Que cueste tanto pedir perdón. Que cueste tanto perdonar. Que escondamos la cabeza cuando el dolor llama. Que la muerte sea una extraña.

Hermana vida, hermana muerte. Tú caminas con nosotros. En tu fraternidad se fraguan nuestras ausencias y nuestras presencias. Si te perdemos el miedo todo es posible… por amor.

Eso significa vivir agarrado a una cruz, por difícil que sea de entender.

 
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Al atardecer llegó con los doce

Por: Dolores Aleixandre 22-03-2016

El relato de Marcos

 sobre los preparativos de la cena pascual, hay un significativo  desplazamiento de lenguaje. El texto comienza diciendo: «El primer día de los ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?… » (Mc 14,12). Sin embargo,  cuando es Jesús quien  da las instrucciones para el dueño de la casa,  habla de «cenar con mis discípulos»,  desaparecen las alusiones a lo litúrgico y no hay ya ni una palabra  sobre ázimos, cordero, hierbas amargas,  oraciones o textos bíblicos: solo pan y vino, lo esencial en una comida familiar. Quiere cenar con los suyos y para eso necesitan encontrar una sala en la que haya espacio para estar juntos: ese es el único objetivo que permanece y que Lucas subraya  aún con  más fuerza « ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua!» (Lc 22, 15). El «con vosotros»  es más intenso que la conmemoración del pasado,  lo ritual deja paso a los gestos elementales que se hacen entre amigos: compartir el pan, beber de la misma copa, disfrutar de la mutua intimidad,  entrar en el ámbito de las confidencias.

Su relación con ellos venía de lejos: llevaban largo tiempo caminando, descansando y comiendo juntos, compartiendo alegrías y rechazos, hablando de las cosas del Reino. Él buscaba su compañía, excepto cuando se marchaba solo a orar: había en él una atracción poderosa hacia la soledad y a la vez una  necesidad irresistible de contar con los suyos como amigos y confidentes. Al principio ellos creyeron merecerlo: al fin y al cabo lo habían dejado todo para seguirle y se sentían orgullosos de haber dado aquel paso; les parecía natural que el Maestro tomara partido por ellos, como cuando los acusaron de coger espigas en sábado y él los defendió (Mc 2,23-27); o cuando el mar en tempestad casi hundía su barca y él le ordenó enmudecer (Mc 4,35-41); o cuando volvieron exhaustos de recorrer las aldeas y se los llevó a un lugar solitario para que descansaran (Mc 6,30-31). 

Sin embargo,  las cosas que él decía y las conductas insólitas que esperaba de ellos les  resultaban ajenas a su manera  de pensar y de sentir, a sus deseos, ambiciones y discordias y una distancia en apariencia insalvable se iba creando  entre ellos: le sentían  a veces como un extraño venido de un país lejano que les hablaba en un lenguaje incomprensible.

Pero aunque ninguno de ellos se sentía capaz de salvar aquella distancia, Jesús encontraba siempre la manera de hacerlo. El día en que admiró la fe de los que descolgaron por el tejado al paralítico (Mc 2,5), estaba en el fondo reconociéndose a sí mismo: también él removía obstáculos con tal de no estar separado de los suyos y nada le impedía seguir contando con su presencia y con su compañía, como si los necesitara hasta para respirar.  Ellos se comportaban tal y como eran, más ocupados en sus pequeñas rencillas de poder que en escucharle, más interesados en lo inmediato que en acoger sus palabras,  torpes de corazón a la hora de entenderlas.  Pero  él se había ido inmunizando contra la decepción: los quería tal como eran sin poderlo remediar, los disculpaba,  seguía confiando en ellos.

« Todos vais a tropezar, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mc 14,27),  dijo  durante la cena. No habló de culpa, ni de abandono, ni de traición: eran amigos frágiles que tropezaban y no se puede culpar a un rebaño desorientado cuando se dispersa y se pierde. Sabía que iban a abandonarle pronto  y que, si no habían sido capaces de comprenderle cuando les hablaba de sufrimiento y de muerte, tampoco lo serían para afrontarlo a su lado, pero sobre sus hombros no pesaba  carga alguna de reproches o de recriminaciones. Libre de toda exigencia de que correspondieran a su  amor, estaba seguro de que, lo mismo que su abandono en el Padre le daría fuerza para enfrentar su hora, aquel extraño apego que sentía por los suyos sería más fuerte que su decepción por su torpeza.  

Y seguiría considerándolos amigos, también cuando uno de ellos llegara al huerto para entregarle con un beso

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